Parte 1: La mañana en que mi perro no dejaba de arañar la puerta

Empezamos a hablar más. No de todo. No de todo a la vez. Pero hablamos de Lily de maneras que no nos separaran. Compartimos pequeños recuerdos. Su risa. Su forma de cantar desafinada. Las notas que dejaba en lugares extraños de la casa.

El dolor seguía ahí, pesado y real, pero ya no llenaba cada rincón.

Una noche, Daniel me sorprendió al preguntarme si podíamos volver juntos al cobertizo.

Nos quedamos allí en silencio, uno al lado del otro, con el aire fresco y quieto. Pasó la mano por la pared de madera deformada, con la mirada fija en el rincón donde había estado el nido.

"Debió de sentirse orgullosa", dijo en voz baja. "Ayudándolos. Guardando un secreto así".

“Siempre lo hacía”, respondí. “Le gustaba saber que marcaba la diferencia”.

Limpiamos el espacio juntas, no porque ya no fuera necesario, sino porque se sentía bien. Como cerrar un capítulo con delicadeza, en lugar de cerrarlo de golpe.

En casa, la habitación de Lily empezó a cambiar poco a poco.

No se borró. No se guardó.

Sino que se suavizó.

Enmarqué su dibujo del girasol y lo coloqué sobre su escritorio. Moví las luces de colores para que brillaran cálidamente en lugar de parpadear en la oscuridad. A veces, me sentaba en su silla y escribía cartas que nunca planeé enviar.

Notas de agradecimiento.

Disculpas.

Historias del día.

La pulsera que hizo se quedó en mi muñeca, desgastada pero fuerte. Un recordatorio de que el amor no necesita terminarse para importar.

Los amigos volvieron a visitarme. Con cuidado. Con respeto. Trajeron comida, flores, compañía tranquila. Cuando vieron a los gatitos, sus rostros se suavizaron.

“A Lily le habría encantado esto”, dijeron. Y cada vez, respondía con sinceridad.

"Sí."

Pasaron las semanas. Los gatitos crecieron. Sus personalidades surgieron: audaces y curiosas, tiernas y cautelosas. Encontramos buenos hogares para dos de ellos, con personas que prometieron actualizaciones y fotos.

El tercero se quedó.

La gata madre también se quedó.

Me pareció la decisión correcta.

Daniel la llamó Sunny.

No pregunté por qué. No hacía falta.

Algunas noches, la tristeza regresaba con fuerza. Había momentos en que el silencio todavía dolía, en que las risas en el pasillo del supermercado me pillaban desprevenida, en que el suéter amarillo de un niño en público me oprimía el pecho.

Pero ahora, cuando llegaban esos momentos, tenía dónde guardarlos.

Me senté en el suelo con Sunny y su gatito. Pasé los dedos por el pelaje de Baxter. Abrí el cuaderno de dibujo de Lily.

La recordaba no como alguien que perdí, sino como alguien que había estado aquí.

Una noche, mientras el sol se ponía y la casa se llenaba de una luz cálida, Daniel y yo nos sentamos juntos en el sofá. El gatito dormía acurrucado entre nosotros. La cabeza de Baxter descansaba sobre el pie de Daniel.

"No me siento roto ahora mismo", dijo en voz baja.

Le tomé la mano. "Yo tampoco".

 

ver continúa en la página siguiente