Parte 1: La mañana en que mi perro no dejaba de arañar la puerta

Habían pasado tres semanas, pero el tiempo se sentía congelado, como si mi vida hubiera dejado de avanzar mientras el resto del mundo seguía sin mí.

Soy Erin, y a mis cuarenta años, estaba aprendiendo lo silenciosa que puede ser una casa cuando la luz que una vez la llenaba desaparece de repente. Mis días se entremezclaban, marcados solo por noches de insomnio y mañanas largas y vacías. Recorría mi casa en piloto automático, haciendo lo mínimo para parecer funcional mientras mi corazón permanecía en algún lugar lejano.

Mi hija Lily tenía diez años. Brillante, curiosa e infinitamente amable, tenía una forma de hacer que los momentos cotidianos parecieran importantes. Una mañana lluviosa de sábado lo cambió todo para nuestra familia, dejando un silencio demasiado pesado para soportarlo.

No suelo hablar de lo que pasó. Incluso ahora, parece irreal. Pero para entender lo que siguió, es necesario comprender el espacio en el que me encontraba. Sobrevivía, no vivía. Respiraba, pero apenas.

La casa se sentía mal sin ella. Demasiado quieta. Demasiado ordenada. Demasiado vacía.

La habitación de Lily seguía intacta. Sus materiales de arte seguían esparcidos por su escritorio, con crayones rodando cerca de un girasol a medio colorear que nunca terminó. Su lámpara rosa seguía enchufada, brillando suavemente por la noche como si esperara su regreso. Me detenía en el pasillo, frente a su puerta, casi esperando que saltara y me asustara como solía hacerlo.

Nunca lo hizo.

Mi esposo, Daniel, había regresado a casa hacía solo unos días. Se movía despacio, con cuidado, como si cualquier movimiento repentino pudiera quebrar las pocas fuerzas que le quedaban. Apenas hablaba. Cuando lo hacía, su voz sonaba distante, hueca. Las noches eran las más duras para él, y rara vez dormía sin esfuerzo.

Casi todas las mañanas me despertaba antes del amanecer. Me sentaba a la mesa de la cocina, con las manos agarrando una taza fría hacía tiempo, mirando el patio trasero a través del cristal empañado. La taza decía "La mejor mamá del mundo", escrito con rotulador de colores. Lily me la había regalado la primavera anterior.

Esa mañana, me dije que tomaría un sorbo. Solo uno. Algo normal.

Mis manos no se movieron.

Le habían quitado algunas pertenencias a Lily después del accidente. Entendía por qué, pero eso no lo hacía más fácil. Cada objeto se sentía como una parte de ella que había quedado encerrada tras una puerta que no podía abrir. Entre ellas estaba su suéter amarillo favorito. Suave, brillante y alegre, había sido su prenda favorita los fines de semana. Cuando lo usaba, la reconocía en cualquier lugar.

Echaba de menos ese suéter más de lo que esperaba.

Daniel seguía dormido arriba, respirando con dificultad. No quería despertarlo. Necesitaba descansar, aunque fuera a ratos cortos e intermitentes.

Estaba mirando fijamente la niebla cuando lo oí.

 

ver continúa en la página siguiente