Parte 1: La mañana en que mi perro no dejaba de arañar la puerta

La gata madre también se quedó.

Me pareció la decisión correcta.

Daniel la llamó Sunny.

No pregunté por qué. No hacía falta.

Algunas noches, la tristeza regresaba con fuerza. Había momentos en que el silencio todavía dolía, en que las risas en el pasillo del supermercado me pillaban desprevenida, en que el suéter amarillo de un niño en público me oprimía el pecho.

Pero ahora, cuando llegaban esos momentos, tenía dónde guardarlos.

Me senté en el suelo con Sunny y su gatito. Pasé los dedos por el pelaje de Baxter. Abrí el cuaderno de dibujo de Lily.

La recordaba no como alguien que perdí, sino como alguien que había estado aquí.

Una noche, mientras el sol se ponía y la casa se llenaba de una luz cálida, Daniel y yo nos sentamos juntos en el sofá. El gatito dormía acurrucado entre nosotros. La cabeza de Baxter descansaba sobre el pie de Daniel.

"No me siento roto ahora mismo", dijo en voz baja.

Le tomé la mano. "Yo tampoco".

No fingimos que todo estaba bien.

Pero sabíamos que lo estaríamos.

 

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