Parte 1: La parada que lo cambió todo

La autopista 49 estaba tranquila al final de la tarde, la clase de tranquilidad que se instala justo antes del atardecer. El cielo brillaba con un tono ámbar, extendiéndose sobre el largo tramo de carretera que Robert McAllister había recorrido incontables veces. El zumbido constante de su motocicleta siempre había sido su consuelo, un ritmo familiar que lo ayudaba a seguir adelante cuando el pasado amenazaba con detenerlo.

Entonces, las luces intermitentes aparecieron en su retrovisor.

Rojas y azules. Intensas. Inevitables.

Robert colocó la moto en el arcén y apagó el motor. Suspiró, adivinando ya la razón. Su luz trasera había vuelto a fallar. Había pensado arreglarla esa mañana, pero perdió la noción del tiempo, como solía ocurrir. Algunos hábitos vienen con la edad. Otros, de vivir una vida casi solo.

Esperó, con el casco puesto y las manos apoyadas en el manillar. Se acercaron pasos. Seguros. Mesurados.

"Buenas tardes, señor".

La voz era tranquila y profesional. Femenina. Joven, pero firme.

"¿Sabe por qué lo detuve hoy?", preguntó el agente.

Robert negó lentamente con la cabeza. "Probablemente la luz trasera", dijo. Su voz era áspera, desgastada por años de viento y largos caminos.

"Así es", respondió ella. "Licencia y matrícula, por favor".

Metió la mano en el bolsillo de la chaqueta; sus dedos temblaban ligeramente al sacar la cartera. Entregó los documentos y levantó la vista por primera vez.

Fue entonces cuando todo en su interior pareció detenerse.

La agente estaba a solo unos metros de distancia. Su uniforme estaba impecable, su postura erguida. La placa en su pecho reflejaba la luz del sol que se desvanecía mientras miraba sus papeles. Oficial Sarah Chen, decía.

Sarah.

El nombre lo impactó más fuerte que las luces intermitentes.

Se le encogió el pecho. Respiraba entrecortadamente. Se dijo a sí mismo que estaba imaginando cosas, que la memoria tenía una forma de jugarle malas pasadas a la gente que había vivido demasiado tiempo con arrepentimiento. Pero sus ojos se negaban a apartar la mirada.

Tenía los ojos de su abuela. Los habría reconocido en cualquier lugar. Oscuros, observadores, con una dulzura que solo se notaba cuando creía que nadie la observaba.

 

 

 

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