Pasó décadas cuidando de todos los demás. Luego compró un billete y zarpó.

Hubo una breve pausa en la línea. Luego, una risita, de esas que transmiten verdadera felicidad.

—¡Por fin, Carmen! —dijo Elena—. ¡Por fin!

Pasaron la mañana juntas ocupándose de los aspectos prácticos. Pagaron las facturas. Organizaron los documentos en una carpeta transparente. Prepararon una libreta con números de cuenta, certificados e información de contacto.

Carmen no iba a desaparecer. Se iba como una mujer adulta se va: con todo en orden y sus asuntos en orden.

También llamó a una residencia canina autorizada cerca de la ciudad. Había plazas disponibles. Reservó dos plazas durante un mes, a nombre de su hijo, y solicitó que le enviaran la confirmación.

 

 

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