Solía creer que la seguridad financiera era lo que faltaba en nuestras vidas. Si la presión disminuía, si las facturas dejaban de parecer tan apretadas, todo lo demás encajaría.
Esa creencia me acompañó durante años, hasta la mañana en que descubrí que la suerte puede abrirte los ojos con la misma facilidad con la que abre puertas.
Ganar cincuenta millones de dólares debería haber sido el momento más feliz de mi vida. En muchos sentidos, lo fue. Pero no por la razón que la mayoría de la gente esperaría.
Ese dinero no arregló mi matrimonio ni calmó preocupaciones de larga data. En cambio, me dio claridad, independencia y el coraje para protegerme a mí misma y a mi hijo cuando más lo necesitaba.
En ese momento, me llamaba Arielle Thompson y tenía treinta y dos años. Vivía en el área de Atlanta con mi esposo, Reggie, y nuestro hijo de tres años, Malik.
Como muchas familias, vivíamos con cuidado. Me quedé en casa para criar a nuestro hijo, administré la casa y aprendí a aprovechar al máximo cada dólar.
Reggie dirigía una empresa de logística de construcción que siempre se describía como al borde de la estabilidad, aunque esta nunca llegó del todo.
No teníamos dificultades evidentes, pero tampoco nos sentíamos cómodos. Los ahorros eran escasos. Los planes siempre se posponían. Confiaba plenamente en Reggie en cuanto a finanzas, porque insistía en que esa era su función. Me decía que no me preocupara, que las cosas mejorarían cuando el negocio pasara a la siguiente etapa.
En retrospectiva, esa confianza moldeó todo lo que siguió.
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