Poco antes de la boda, la novia escuchó la confesión del novio y decidió vengarse de él.

“Gracias, Julián”.

Con el tiempo, ese “gracias” se convirtió en conversaciones. Luego en confianza. Y luego, lentamente, sin máscaras, sin estrategias ocultas, en algo que Camila no esperaba recuperar tan pronto: la fe.

Una noche, en el mismo jardín donde todo empezó, Camila se detuvo bajo la pérgola. La buganvilla seguía allí, pero ahora olía diferente: ya no a traición, sino a renacimiento.

Julián se acercó, prometiéndole nada de cuentos de hadas, solo verdad.

“No quiero salvarte”, le dijo. “Quiero caminar contigo, si quieres”.

Camila sonrió, esta vez con sinceridad.

“Eso… eso sí suena a amor”. Y así, el final fue bueno, no porque "ganó" ni porque "se vengó", sino porque recuperó lo más preciado: su dignidad, su familia y la certeza de que el amor verdadero no necesita prisas, acuerdos ocultos ni risas crueles tras las palmeras. Solo necesita una cosa: carácter.

Y Camila, por fin, estaba rodeada de él.

 

 

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