"¿Por qué rechazaron la tarjeta?", gritó mi esposo. Esa fue solo la primera ficha de dominó.
La tarjeta en sí misma ya no tenía sentido. Apenas la usaba. Pero marcaba el momento en que se eligió a sí misma. El momento en que dejó de pedir permiso para existir.
Lily devolvió la tarjeta a la caja fuerte y la cerró con cuidado.
Apagó las luces, se detuvo un momento en la calma de su apartamento y escuchó la paz que había construido con cada decisión deliberada.
Su vida ahora le pertenecía.
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