El último piso del edificio estaba destinado a abrumar a cualquiera que entrara. Ese era el objetivo. Desde los pulidos suelos de mármol hasta las paredes de cristal que se extendían hacia el cielo, todo en la suite ejecutiva anunciaba poder, riqueza y distancia. Desde allí arriba, la ciudad parecía pequeña y silenciosa, como si las vidas que se movían por sus calles no fueran más que un tenue ruido de fondo.
Aquí era donde se reunía la gente importante. Aquí se hacían tratos. Las fortunas cambiaban de manos. Se tomaban decisiones que repercutirían en familias y futuros mucho más allá de esta sala, a menudo sin pensarlo dos veces.
Esa tarde, una larga mesa de conferencias dominaba el espacio. A su alrededor se sentaban una docena de hombres con trajes a medida, con una postura segura y expresiones relajadas. Los portátiles brillaban con gráficos y proyecciones. Las tazas de café estaban medio llenas, olvidadas.
Una gran pantalla al frente de la sala mostraba números que representaban más dinero del que la mayoría de la gente vería en toda su vida.
Y cerca de la puerta, casi fundiéndose con el fondo, estaba una mujer con una fregona.
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