Prometió 100 millones de dólares por una tarea imposible. Lo que sucedió después cambió la sala para siempre.
Se llamaba Rosa. Había pasado años en empleos como este, limpiando oficinas que estaban vacías al llegar e impecables al salir. Con el tiempo, había aprendido a hacerse casi invisible. No interrumpir. No llamar la atención. No ocupar espacio. Simplemente hacer el trabajo, cobrar la nómina y volver a casa.
Junto a ella estaba su hijo pequeño.
No debería haber estado allí. Rosa había intentado por todos los medios evitar llevarlo al trabajo, pero la niñera había cancelado a última hora. Perder un turno no era una opción. Había que pagar el alquiler. La comida se estaba acabando. La vida tenía una forma de obligar a tomar decisiones que no parecían decisiones en absoluto.
Su hijo permanecía en silencio, con los dedos de los pies apoyados en el frío suelo de mármol.
Estaba descalzo.
Sus zapatos se habían roto hacía semanas. Rosa había estado esperando su siguiente nómina para comprarse un par nuevo. Hasta entonces, se las arreglaban. Mantenía la mirada baja, esperando que nadie se diera cuenta, esperando que pudieran terminar el trabajo e irse sin incidentes.
Pero en una sala diseñada para el control, nada pasaba desapercibido.
El multimillonario a la cabecera de la mesa fue el primero en ver al chico. Se reclinó en su silla, observando la escena con cierta diversión, como si la reunión le hubiera proporcionado de repente un entretenimiento inesperado.
"Bueno", dijo, lo suficientemente alto para que todos lo oyeran, "parece que tenemos visita".
Algunos hombres rieron entre dientes. Otros se giraron en sus sillas.
Rosa sintió un nudo en el estómago. Bajó la cabeza y habló en voz baja: "Lo siento, señor. Si esto es un problema, puedo irme antes".
El multimillonario hizo un gesto de desdén con la mano. "No hace falta. Ya casi terminamos. Además", añadió, mirando al chico, "esto podría ser interesante".
La palabra quedó flotando en el aire.
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