REPARA ESTE MOTOR Y ME CASO CONTIGO” —La CEO se burló del mecánico … PERO ÉL LO …

Vitória Sampaio soltó una risa nerviosa y dijo:

—Arregla este motor y me caso contigo.

Lo dijo mirando al hombre del uniforme gris que empujaba un carrito de limpieza en el pasillo de la sede de Megatec en Ciudad de México. Lo dijo alto, delante de quince ejecutivos alemanes, de su equipo de ingeniería agotado, de pantallas llenas de gráficas rojas y de un prototipo de diez millones de reales que, en ese instante, parecía más un monumento a la vergüenza que el futuro de la industria automotriz.

La sala olía a café frío, plástico caliente y ansiedad. Vitória tenía 35 años y una reputación construida a golpes de disciplina: quince años trepando desde una oficina pequeña hasta el piso ejecutivo, aprendiendo a hablar como los poderosos, a vestir como los que mandan, a sonreír incluso cuando por dentro todo temblaba. Aquella mañana, el sudor le recorría la espalda como si su cuerpo supiera algo que su orgullo se negaba a aceptar: estaban a minutos de perder un contrato de quinientos millones de reales.

Los directores de VW y Mercedes revisaban los datos con ojos críticos. Habían volado desde Frankfurt para ver el motor híbrido que Megatec prometía: el corazón de una nueva generación de vehículos autónomos. Pero el motor estaba mudo. Silencioso. Interte.

—Señora Sampaio —dijo Klaus Müller con acento pesado—, esperábamos una demostración funcional hoy. Nuestro acuerdo depende de esto.

Vitória mantuvo una sonrisa que no le pertenecía:

—Tuvimos un contratiempo técnico. Pequeño. Mi equipo lo está resolviendo ahora mismo.

“Pequeño” era un insulto. Tres equipos de universidades brasileñas habían pasado una semana intentando corregir la falla. Todos concluyeron lo mismo: el proyecto estaba “comprometido”, una forma elegante de decir “perdido”.

Vitória llamó a Cláudio Mendes, jefe de ingenieros, y le pidió traer al equipo técnico. Mientras esperaban, el sonido de ruedas de goma en el corredor atravesó el vidrio. Era Jamal Santos, el hombre de limpieza. Cinco años de ser invisible, cinco años de silencio, avanzando con serenidad, como si el mundo no estuviera a punto de explotar.

—Disculpe la molestia —murmuró, bajando la cabeza.

—¿No ves que estamos en una reunión ejecutiva? —explotó Vitória.

 

 

 

 

 

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