SE ESCUCHABA LLANTO EN LA PARED DE LA MANSIÓN — PADRE ROMPE EL YESO Y HALLA LO IMPOSIBLE

SE ESCUCHABA LLANTO EN LA PARED DE LA MANSIÓN — PADRE ROMPE EL YESO Y HALLA LO IMPOSIBLE

A las 3:07 de la madrugada, el silencio de la mansión Mendoza en Lomas de Chapultepec era tan limpio que parecía de museo. Ni un auto pasaba por la avenida. Ni un perro ladraba. Ni siquiera el aire se atrevía a moverse.

Y aun así… se escuchaba.

Un llanto.

Agudo. Desesperado. Primitivo.

Llanto de bebé.

Sebastián Mendoza caminaba descalzo por el pasillo del tercer piso con el corazón golpeándole el pecho como si alguien lo persiguiera. Era la quinta noche consecutiva que se despertaba con el mismo sonido, y cada vez era peor, más claro, más imposible de ignorar.

Lo primero que había hecho, como cualquier padre, fue correr al cuarto de su hijo.

Matías, cuatro meses, dormía profundamente en su cuna de madera importada. El monitor marcaba respiración normal. Sin fiebre. Sin sobresaltos. Un bebé en paz.

Sebastián regresó al pasillo con la piel erizada.

Porque el llanto seguía ahí.

Y no venía de ningún cuarto.

 

 

 

 

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