SE ESCUCHABA LLANTO EN LA PARED DE LA MANSIÓN — PADRE ROMPE EL YESO Y HALLA LO IMPOSIBLE
Venía… de las paredes.
Y mientras bajaba, entendió algo que le apretó la garganta:
Mariana tenía miedo.
No del dinero.
No del yeso.
Tenía miedo… de lo que él iba a encontrar.
El garage era tan grande como un departamento. El Mercedes de Mariana brillaba bajo las luces. El Porsche de Sebastián parecía una escultura. Había espacio para más autos, porque cuando tienes demasiado, siempre quieres más.
Sebastián abrió la caja de herramientas como si fuera la primera vez que lo hacía en su vida. Tomó el martillo más grande. Agarró una linterna industrial.
Y, por instinto, se metió el celular al bolsillo.
Si había algo ahí, lo iba a registrar.
Subió de nuevo.
Mariana seguía parada en el pasillo, ahora con el teléfono en la mano, escribiendo algo con desesperación. Cuando vio el martillo, guardó el celular de golpe.
—Sebastián… por favor —susurró, y lágrimas le llenaron los ojos—. Si rompes esa pared… no habrá vuelta atrás. Para nosotros. Para esta familia.
Sebastián sintió un vacío helado recorrerle la espalda.
—¿Qué significa eso? —preguntó, casi sin voz—. ¿Qué hay en esa pared?
Mariana negó con la cabeza, llorando.
—Solo… no digas que no te advertí.
Eso fue todo.
Sebastián se giró hacia el muro.
El llanto seguía.
Y él levantó el martillo.
El primer golpe rompió el yeso con un crujido brutal. Astillas blancas cayeron al piso.
El llanto se volvió más frenético.
Segundo golpe. Tercer golpe. Cuarto golpe.
Hasta que abrió un agujero lo bastante grande para meter la linterna.
Encendió la luz. Pegó el rostro a la abertura.
Y lo que vio le apagó el cerebro.
Había un bebé ahí dentro.
No una grabadora. No un animal. No un error acústico.
Un bebé vivo.
Dos… tal vez tres meses.
Acostada en una “cuna” improvisada de mantas sucias. Una botella de fórmula vacía a un lado. Un pañal tan saturado que parecía haber estado ahí días.
El cuerpo temblaba de frío.
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