SE ESCUCHABA LLANTO EN LA PARED DE LA MANSIÓN — PADRE ROMPE EL YESO Y HALLA LO IMPOSIBLE
La piel estaba irritada, roja, lastimada.
Y los ojos… los ojos miraban con un terror demasiado adulto para ser de un bebé.
Sebastián dejó caer el martillo. El golpe metálico contra el mármol resonó como disparo.
Él no respiraba.
Se giró lentamente hacia Mariana.
Ella estaba pegada a la pared opuesta. Pálida. Con manchas rojas en las mejillas.
—Mariana… —dijo Sebastián con una calma rara, la calma del shock puro—. Hay un bebé en nuestra pared.
Mariana abrió la boca. No salió sonido.
—¿Puedes explicarlo?
Ella tragó saliva, temblando.
—No es… lo que piensas.
Sebastián sintió que la sangre le subía a la cabeza.
—¡¿No es lo que pienso?! ¡Hay un bebé encerrado dentro de esta casa! ¡Dentro de un muro! ¿Qué otra cosa podría pensar?
Y entonces lo entendió.
Como si algo encajara de golpe, horrible y perfecto.
—Tú… tú hiciste esto —dijo, y la voz se le rompió—. ¿De quién es ese bebé, Mariana?
Mariana bajó la mirada.
—No puedo explicarlo aquí… tenemos que hablar en privado…
Sebastián le bloqueó el paso.
—No vamos a ningún lado. Voy a sacar a ese bebé ahora mismo y voy a llamar a la policía.
Volvió al muro y comenzó a golpear con furia. Ya no le importaba el yeso. Ni los cuadros. Ni la mansión.
Solo el cuerpo pequeño que ya no lloraba igual.
Ahora el llanto era un gemido débil… como si se estuviera apagando.
Cuando la abertura fue lo suficiente, Sebastián metió el brazo con cuidado y levantó al bebé.
Y el mundo se rompió otra vez.
Era una niña.
Su cuerpo estaba peligrosamente delgado. Costillas visibles. Piel pálida. Ojos café profundo, vidriosos.
Y el olor…
Orina. Encierro. Negligencia.
Un olor que no debería existir en la vida de ningún bebé.
Sebastián apretó a la niña contra su pecho, intentando darle calor.
—¿Cuánto tiempo…? —susurró, mirándola con desesperación—. ¿Cuánto tiempo ha estado ahí?
Mariana no respondía. Solo lloraba.
Sebastián sacó el celular con la mano temblorosa y marcó 911.
—Emergencias, ¿cuál es su urgencia?
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