Señor, ese niño jugó a la pelota conmigo ayer”, dijo el niño al millonario. “La verdad es impactante.” Las palabras atravesaron el silencio del cementerio como un cuchillo. Ricardo Valente se quedó paralizado frente al monumento de mármol blanco. Su traje Armani de $,000 tan fuera de lugar entre las lápidas modestas como él mismo se sentía en su propia piel.
4 meses, 4 meses desde que enterró a Mateo y el dolor seguía tan fresco como las rosas rojas que había traído aquella mañana. La mano pequeña sobre su espalda era imposible. Nadie se atrevía a tocarlo. Nadie se había atrevido en años. “¿Qué? ¿Qué dijiste?” Su voz salió ronca, irreconocible. El niño no retrocedió ante el tono amenazante. Tenía tal vez 11 años. Rizos oscuros despeinados, una camisa a cuadros desgastada que probablemente era de segunda mano, pero sus ojos cafés brillaban con algo que Ricardo no había visto en mucho tiempo. Certeza absoluta. Ese niño de la foto. Diego señaló el
retrato ovalado de Mateo con su sonrisa tímida y sus ojos que nunca pedían nada porque había aprendido que papá siempre estaba ocupado. Se llamaba Teo. Jugábamos en el parque municipal casi todas las tardes. El corazón de Ricardo se detuvo. Luego comenzó a galopar tan fuerte que sintió el pulso en las cienes.
¿Estás mintiendo? Se giró bruscamente y el niño dio un paso atrás, pero no huyó. Mi hijo estaba enfermo. No podía. Él nunca. Usaba una gorra azul de los yankeis para esconder que no tenía mucho pelo, interrumpió Diego. Y cada palabra era una bofetada. Decía que era su gorra de la suerte, pero yo sabía que había algo más. Nunca corrió muy rápido, se cansaba fácil, pero insistía en ser portero. Era malísimo.
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