Solo era un padre humilde que encontró una cartera en el estacionamiento. Nunca imaginó que devolverla lo llevaría directo a un tribunal. Ni que la justicia, esta vez, no venía a castigarlo, sino a cambiarle la vida.

Cerró la cartera con firmeza y entró al mercado.

En el módulo de atención, la joven que lo recibió lo miró con desconfianza.

¿Está seguro de que quiere entregarla? —preguntó.

—Sí —respondió Julián—. Solo quiero que vuelva a manos de su dueña.

La muchacha levantó las cejas, sorprendida.

—Ya casi nadie hace eso.

—Yo quiero que mi hija crea que todavía vale la pena ser honesto —dijo Julián, antes de darse cuenta de la vuelta.

Ese día trabajó con una sensación extraña en el pecho. No era orgullo. Era algo más silencioso. Como haber cumplido consigo mismo.

Por la tarde recogió a Lupita. Ella le mostró un dibujo donde aparecían los dos tomados de la mano frente a una casa con flores.

—Es nuestro futuro, papá —dijo convencida.

Esa noche, mientras la niña dormía, Julián se sentó en el pequeño balcón. El barrio estaba lleno de ruidos: motos, voces, radios prendidos. Pensó que, al menos por ese día, había hecho algo bien.

A la mañana siguiente, un golpe seco en la puerta lo sobresaltó.

Un mensajero le entregó un sobre oficial.

TRIBUNAL SUPERIOR DE JUSTICIA DEL ESTADO DE PUEBLA

El estómago de Julián se cerró.

 

 

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