Solo necesito una confirmación . Pensaron que la anciana ya no tenía nada, hasta que el inversionista más poderoso de la ciudad se quedó en silencio

Excepto, aparentemente, la mujer que estaba de pie frente al mostrador.

Su nombre era Elena Robles. Tenía setenta y tres años. Era de complexión pequeña, el cabello plateado recogido con cuidado en un chongo bajo. Su abrigo era sencillo, sus zapatos prácticos. Su presencia era tan discreta que al personal le tomó unos segundos darse cuenta de que, de algún modo, estaba fuera de lugar.

Esa invisibilidad era algo con lo que Elena había vivido durante años.

—Me temo que no damos confirmaciones sin cita previa —dijo la recepcionista, con una sonrisa profesional pero distante—. ¿Quién agendó su visita?

—Nadie —respondió Elena—. Me dijeron que podía venir personalmente.

—¿Quién se lo dijo?

—El señor Finch —dijo Elena—. Hace muchos años.

La recepcionista se quedó inmóvil, con los dedos suspendidos sobre el teclado.

¿Finch?

¿Como Daniel Finch, socio fundador, estratega principal, el hombre cuya opinión podía sacudir mercados y redirigir capital en todo el país? Hacía décadas que no recibía a nadie sin cita.

—Permítame verificar —dijo finalmente.

Elena asintió. Estaba acostumbrada a esperar.

Mientras la recepcionista hacía llamadas en voz baja, los murmullos comenzaron a recorrer el área abierta detrás del mostrador.

—¿Se perdió?
—Tal vez es una ex empleada.
—O alguien confundido…

Elena los escuchó todos. No volteó.

Apoyó las manos con calma sobre el mostrador, aunque en su pecho una presión conocida se apretaba contra sus costillas. No era miedo. Era memoria.

Recordó otro edificio, otro escritorio, otro tiempo en el que le pidieron esperar mientras otros decidían sobre su vida sin saber siquiera su nombre.

Tras varios minutos, un joven ejecutivo se acercó, visiblemente incómodo.

—¿Señora Robles? —preguntó.

—Sí.

—Voy a acompañarla a una sala de juntas.

—Gracias —respondió ella.

La sala era elegante y fría, con paredes de cristal que ofrecían una vista amplia de la ciudad. Elena se sentó con cuidado, colocó su bolsa a sus pies y cruzó las manos sobre el regazo.

Esperó.

Cuando Daniel Finch entró, el ambiente cambió.

Era alto, de rasgos afilados, traje impecable, uno de esos hombres que parecían siempre en movimiento incluso cuando estaban quietos. Su presencia imponía sin necesidad de elevar la voz.

Miró a Elena, y por un instante la confusión cruzó su rostro.

—¿Sí? —dijo—. Me informaron que solicitó una confirmación de cuenta.

—Así es —respondió Elena.

—¿De qué cuenta?

Ella deslizó un documento doblado sobre la mesa.

Daniel lo tomó con aparente despreocupación… luego con más atención.

Su expresión cambió.

No de forma exagerada. Daniel Finch no era un hombre de reacciones visibles….

Nadie lo sabía todavía, pero ese simple papel estaba a punto de darle la vuelta a todo… y dejar a más de uno sin palabras.

 

Pero algo en su mirada se detuvo.

—Esto —dijo con cuidado— es un libro original de participación societaria.

—Sí.

—Tiene cuarenta y seis años.

—Sí.

 

 

 

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