“Soy dueño de esta casa, hijo, y acabas de violar la cláusula de moralidad”. — El misterioso padre de la esposa apareció para recordarle al arrogante CEO que su estilo de vida dependía de la mujer a la que acababa de traicionar.
De repente, las puertas principales se abrieron de golpe. No era Isabella pidiendo clemencia. Era Arthur Rossini, flanqueado por cuatro abogados corporativos y el sheriff del condado.
"¿Quién te crees que eres para entrar así?", gritó Max, poniéndose de pie.
Arthur, un hombre de 83 años con mirada de halcón, arrojó un sobre sobre la mesa, derramando el zumo de naranja de Camilla. —Soy el dueño de esta casa, muchacho. Y tú eres un inquilino moroso que acaba de violar la cláusula de moralidad de tu contrato.
Max palideció. —Eso es imposible. Esta es mi casa. Isabella dijo... —Isabella tuvo la amabilidad de dejarte vivir aquí y fingir que eras rico para alimentar a tu...
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