El vestido blanco de Dolores Herrera colgaba pesado sobre sus hombros delgados, como si fuera un sudario en lugar de un traje de novia. Era el sábado 27 de abril del 2013 y el sol de Jalisco caía implacable sobre el pequeño pueblo de Arandas, haciendo que el encaje barato se pegara a su piel sudorosa.
Dolores tenía apenas 19 años, pero sus ojos ya cargaban el cansancio de quien había trabajado desde niña en los campos de agaban el pueblo. Sus manos callosas por las labores del hogar temblaban mientras sostenía el ramo de flores silvestres que había cortado esa misma mañana del jardín trasero de la casa donde vivía con sus padres.
“Apúrate, mi hija, que ya es hora”, le gritó su madre. Esperanza desde la puerta de la habitación. La mujer de 45 años había envejecido prematuramente con el rostro curtido por el sol y las preocupaciones económicas que nunca abandonaban su hogar. Dolores se miró por última vez en el espejo rajado que colgaba en la pared de adobe. No reconocía a la mujer que le devolvía la mirada.
Sus ojos café, que antes brillaban cuando reía con sus amigas en la plaza del pueblo, ahora se veían opacos, vacíos, como si ya supiera que estaba caminando hacia su perdición. ¿Estás segura de esto, Dolores?, le preguntó en voz baja su hermana menor Carmen, una niña de 16 años que había sido testigo de todas las dudas que su hermana había expresado en las últimas semanas. Ya no hay vuelta atrás, Carmen. Papá ya habló con don Ezequiel.
Ya se arregló todo, respondió Dolores con una voz que sonaba más resignada que feliz. Ezequiel Mendoza tenía 32 años y era dueño del taller mecánico más próspero del pueblo. Era un hombre alto, de complexión robusta, con el cabello negro siempre peinado hacia atrás con brillantina y un bigote tupido que le daba un aire de severidad constante.
Sus ojos pequeños y oscuros rara vez mostraban emociones y cuando hablaba lo hacía con la autoridad de quien estaba acostumbrado a que le obedecieran sin cuestionamiento. La propuesta de matrimonio no había sido romántica. Había sido un acuerdo entre hombres, sellado con un apretón de manos entre Ezequiel y Esteban Herrera, el padre de Dolores.
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