SU MARIDO LE DIO UN LADRILLAZO Y LA ENTERRÓ… SU SUEGRA CRUEL LO AYUDÓ, PERO NO IMAGINABAN LO QUE…
Era floja, respondona, y no sabía cuidar una casa como Dios manda. Su abogado hizo una mueca. Esa no era la respuesta que habían ensayado, pero eso justificaba la violencia. Los hombres de verdad saben cómo poner a sus mujeres en su lugar. En mis tiempos, las esposas sabían respetar a sus maridos.
Señora Herrera, ¿pt participó usted en enterrar a Dolores? Ella estaba muerta. Le tomé el pulso y estaba muerta. Solo estábamos tratando de proteger a mi hijo. Entonces, ¿dad que participó en el entierro? Doña Ramona se dio cuenta demasiado tarde de que había confesado su participación. Yo yo solo ayudé porque mi hijo estaba muy alterado.
Cuando el fiscal la interrogó, doña Ramona perdió completamente la compostura. Señora Herrera, ¿cuántas veces presenció usted que su hijo golpeara a su esposa? No sé de qué habla. Nunca vio moretones en el cuerpo de Dolores. Si tenía moretones, era porque era torpe. Nunca escuchó gritos provenientes de la casa principal cuando su hijo y su nuera discutían. Los matrimonios tienen sus problemas.
Señora Herrera, ¿qué sintió cuando vio que Dolores había sobrevivido a ser enterrada viva? La pregunta tomó a doña Ramona completamente desprevenida. Yo yo no entiendo cómo pudo pasar eso. Le sorprendió verla viva. Sí. ¿Por qué le sorprendió? Porque estaba muerta cuando la enterramos. Otra confesión involuntaria. Entonces, admite usted que la enterraron.
Solo queríamos proteger a mi hijo. El juicio duró 5 días. Además de los testimonios de los acusados y la víctima, desfilaron por el estrado el empleado de la gasolinera, que había encontrado a Dolores, los paramédicos que la habían atendido, los médicos del hospital, el detective que había investigado el caso y varios expertos forenses. Toda la evidencia apuntaba hacia la misma conclusión.
Ezequiel Mendoza había intentado asesinar a su esposa golpeándola con un ladrillo y junto con su madre había enterrado lo que creían que era su cadáver. El viernes primero de marzo, el juez anunció el veredicto. Después de analizar toda la evidencia presentada y los testimonios escuchados, dijo con voz solemne, “Este tribunal encuentra a Ezequiel Mendoza Herrera, culpable de tentativa de homicidio calificado en primer grado.
También encuentra a Ramona Herrera, viuda de Mendoza, culpable de complicidad en tentativa de homicidio y ocultación de evidencia. Un murmullo de satisfacción recorrió la sala. Ezequiel Mendoza Herrera es sentenciado a 25 años de prisión sin posibilidad de libertad condicional antes de cumplir 20 años de su sentencia.
Ramona Herrera, viuda de Mendoza, es sentenciada a 15 años de prisión sin posibilidad de libertad condicional antes de cumplir 12 años de su sentencia. Cuando escuchó su sentencia, Ezequiel se desplomó en su silla y comenzó a llorar. Doña Ramona, por el contrario, se puso de pie y gritó, “Esto es injusto. Esa vieja debería haber estado agradecida de tener un marido que la mantuviera.
” Los guardias tuvieron que forcejear con ella para sacarla de la sala. Dolores se quedó sentada en silencio con las manos dobladas sobre su regazo. No mostró ni satisfacción ni venganza, solo una paz profunda que parecía emanar desde muy adentro de su ser. Cuando salió del tribunal, cientos de personas la esperaban afuera. Mujeres de todas las edades se acercaron a tocarla, a abrazarla, a pedirle que las bendijera.
“Señora Dolores”, le gritó un reportero. “¿Cómo se siente ahora que se hizo justicia?” Dolores se detuvo en las escaleras del tribunal y miró hacia las cámaras de televisión. “No se hizo justicia hoy.” Dijo con voz clara que se escuchó por encima del ruido de la multitud.
La justicia se hizo el día que Dios me permitió respirar bajo la tierra y me dio fuerzas para salir de mi tumba. Hoy solo se cumplió con la ley de los hombres. Hizo una pausa y miró directamente a las cámaras. Pero quiero que todas las mujeres que están viendo esto sepan algo. Cuando alguien trata de enterrarte, puede estar sin saberlo plantándote para que florezcas más fuerte que antes.
Esas palabras se convirtieron en el grito de batalla de miles de mujeres en todo México y América Latina. Dolores había ganado más que un juicio. Había ganado una nueva vida, una nueva identidad y una nueva misión. Su verdadera historia apenas estaba comenzando. 5 años después del milagro.
En diciembre del 2018, Dolores Herrera vivía en una pequeña casa de adobe pintada de blanco en las afueras de Tequila, Jalisco. La casa estaba rodeada por un jardín exuberante lleno de flores de todos los colores, rosas rojas, margaritas amarillas, bugambilias moradas y geranios que había plantado en honor a aquellos que cuidaba en su vida anterior.
tenía 28 años, pero sus ojos cargaban la sabiduría de alguien que había visto el fondo del abismo y había regresado con una misión divina. Su cabello negro ahora le llegaba hasta la cintura y siempre llevaba puesto el mismo crucifijo de plata que le había regalado la monja del hospital el día de su resurrección.
Cada mañana Dolores se levantaba a las 5:30, preparaba café de olla en una estufa de leña y salía al jardín a regar sus plantas mientras leía pasajes de la Biblia en voz alta. A las 7 alimentaba a los 15 perros callejeros que había adoptado a lo largo de los años, cada uno rescatado de situaciones de abandono o maltrato.
“Buenos días, Esperanza”, le decía a una perra café de ojos tristes que había encontrado atropellada en la carretera. “Buenos días, fe”, le susurraba a un perro negro que había llegado a su casa con una pata rota. Cada animal tenía un nombre relacionado con virtudes espirituales, esperanza. fe, caridad, paciencia, fortaleza. Pero los perros no eran sus únicos compañeros.
La casa de Dolores se había convertido en un refugio informal para mujeres víctimas de violencia doméstica. No era una institución oficial registrada ante el gobierno, pero las mujeres de toda la región sabían que si necesitaban un lugar seguro donde quedarse, Dolores nunca les cerraría la puerta. Casa Esperanza, así había nombrado su hogar, había albergado a más de 150 mujeres en 5 años.
Algunas se quedaban solo una noche, el tiempo suficiente para encontrar el valor de denunciar a sus agresores. Otras permanecían meses mientras sanaban física y emocionalmente de años de maltrato. En el momento actual, cinco mujeres vivían con dolores. María del Carmen, una joven de 23 años que había escapado de un marido que la golpeaba diariamente.
Rosa Elena, una mujer de 40 años cuyo esposo la había quemado con cigarrillos. Leticia, una adolescente de 17 años que había sido violada por su padrastro, Fernanda, una madre soltera de 32 años que había huído con sus dos hijos pequeños y Guadalupe, una anciana de 65 años que había sido maltratada por sus propios hijos.
Cada una tenía su propia historia de horror, pero todas compartían algo en común. Habían encontrado en Dolores no solo un refugio físico, sino una esperanza espiritual que les devolvía las ganas de vivir. Dolores le había dicho María del Carmen una mañana mientras desayunaban. ¿Cómo hace usted para no odiar a los hombres después de todo lo que le pasó? Dolores había sonreído con esa serenidad que nunca la abandonaba. Porque el odio es como una tumba, María del Carmen.
Si te quedas en él, te conviertes en lo mismo que te lastimó. Yo ya estuve enterrada una vez. No pienso volver a estarlo. Los días de Dolores tenían una rutina establecida que le daba estructura a su nueva vida. Después del desayuno se dedicaba a las tareas domésticas junto con las mujeres que vivían con ella. No había empleadas ni jerarquías.
Todas participaban en el cuidado de la casa y el jardín. A las 10 de la mañana, Dolores impartía clases de alfabetización para las mujeres que no sabían leer ni escribir. Había aprendido técnicas de enseñanza a través de cursos por correspondencia y tenía una paciencia infinita con sus alumnas. “La educación es libertad”, les decía mientras les enseñaba a formar las letras del alfabeto.
“Nadie puede controlarte si sabes leer, escribir y pensar por ti misma.” Al mediodía preparaban la comida entre todas. Dolores había aprendido a cocinar platillos nutritivos y económicos que pudieran alimentar a ocho o 10 personas con un presupuesto limitado. El dinero para sostener Casa Esperanza venía de donaciones de personas que habían conocido su historia, de ventas de flores y verduras que cultivaban en el jardín y de conferencias que Dolores daba en universidades y organizaciones de mujeres. Las tardes estaban dedicadas a actividades terapéuticas. Dolores
había estudio, por su cuenta técnicas de sanación emocional y terapia de grupo. Había leído libros sobre trauma, había tomado cursos en línea sobre violencia doméstica y había desarrollado su propio método de sanación que combinaba terapia psicológica con espiritualidad. Vamos a hacer un ejercicio.
Les decía a las mujeres mientras se sentaban en círculo en el jardín bajo la sombra de un árbol de mango que había plantado el primer año. Cada una va a decir en voz alta tres cosas buenas de sí misma. Y no vale decir que no tienen nada bueno. Todas somos hijas de Dios y Dios no hace basura. Era impresionante ver como mujeres que habían llegado destrozadas, que creían que no valían nada, poco a poco comenzaban a redescubrir su autoestima y su valor personal.
Los fines de semana, Dolores viajaba por todo Jalisco y Estados vecinos para dar conferencias sobre violencia doméstica y supervivencia. Su historia había sido documentada en libros, documentales y programas de televisión. Había aparecido en programas de Univisión, Telemundo y hasta en cadenas internacionales como CNN en español.
Pero a pesar de su fama, Dolores nunca había perdido la humildad. Siempre viajaba en autobuses de segunda clase, se hospedaba en hoteles económicos y donaba el 100% de los honorarios que recibía por sus conferencias a Casa Esperanza. No vine de vuelta de la muerte para hacerme rica.
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