SU MARIDO LE DIO UN LADRILLAZO Y LA ENTERRÓ… SU SUEGRA CRUEL LO AYUDÓ, PERO NO IMAGINABAN LO QUE…

Una tarde de febrero, mientras bebían cerveza en la cantina, el agro. “Tu hija es trabajadora y decente”, había dicho Ezequiel como si estuviera evaluando una herramienta en su taller. Yo necesito una mujer que sepa llevar una casa. Puedo darle una vida mejor de la que tiene ahorita. Esteban, que trabajaba como jornalero y apenas ganaba lo suficiente para mantener a su familia de seis hijos, vio en esa propuesta la oportunidad de aliviar la carga económica que pesaba sobre sus hombros. “Dolores es buena muchacha, te va a ser feliz”, había

respondido, sellando el destino de su hija mayor, sin consultarle. La ceremonia se celebró en la Iglesia de San José, una construcción colonial de piedra que había visto pasar generaciones de familias arandenses. El padre Guadalupe, un hombre mayor de 68 años que conocía a Dolores desde que era niña, notó la tristeza en sus ojos mientras recitaba los votos matrimoniales.

Dolores Herrera, ¿aceptas a Ezequiel Mendoza como tu esposo para amarlo y respetarlo en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza? hasta que la muerte lo separe. “Sí, acepto”, murmuró Dolores con una voz tan baja que el Padre tuvo que pedirle que repitiera las palabras. Ezequiel, vestido con un traje negro que había mandado hacer especialmente para la ocasión, respondió con voz firme y clara, “Sí, acepto.

” Pero cuando se inclinó para besar a su nueva esposa, el gesto fue frío, mecánico, como si estuviera cumpliendo con un protocolo más. que expresando amor. En la primera fila de la iglesia, del lado del novio, estaba sentada doña Ramona Mendoza, la madre de Ezequiel. Era una mujer de 58 años, pequeña pero de presencia imponente, con el cabello gris recogido en un moño apretado y los labios fruncidos en una expresión de desaprobación permanente.

Sus ojos negros, idénticos a los de su hijo, se clavaron en dolores con una frialdad que la hizo sentir un escalofrío a pesar del calor. Doña Ramona había sido viuda desde hacía 10 años. Su esposo Rodolfo había muerto en un accidente en la carretera que conectaba Arandas con Guadalajara, dejándola sola para criar a Ezequiel, quien tenía 22 años.

Desde ese momento había desarrollado una relación posesiva y enfermiza con su único hijo, considerando que ninguna mujer sería suficientemente buena para él. Esa muchachita solo busca tu dinero. Le había dicho a Ezequiel la noche anterior a la boda mientras preparaba el mole que serviría en la recepción. Las mujeres de esa familia son todas iguales, flojas y aprovechadas.

Ezequiel había escuchado a su madre en silencio, asintiendo con la cabeza. Desde pequeño había aprendido que contradecir a doña Ramona tenía consecuencias desagradables. Era más fácil darle la razón y hacer lo que ella consideraba correcto. [Música] La recepción se llevó a cabo en el patio trasero de la casa de los Mendoza, una construcción de dos pisos que contrastaba con las viviendas modestas del resto del pueblo.

Había mesas de madera decoradas con manteles blancos y los invitados comían mole rojo, arroz con pollo y frijoles refritos, mientras el mariachi local tocaba canciones tradicionales. Dolores apenas probó la comida. Sentada en la mesa principal junto a su nuevo esposo, sentía como si estuviera viendo la celebración desde fuera, como si fuera una espectadora en lugar de la protagonista.

Las señoras del pueblo se acercaban a felicitarla, pero sus sonrisas no llegaban a sus ojos. “Qué suerte tienes, Dolores”, le decía doña Consuelo, la dueña de la tienda de abarrotes. “Ezequiel es un buen partido. Vas a vivir como una reina.” “Sí, mucha suerte”, respondía Dolores automáticamente, forzando una sonrisa que no sentía.

Conforme avanzaba la tarde, Dolores notó como Ezequiel bebía cada vez más cerveza. Con cada botella su rostro se ponía más rojo y su carácter más áspero. Cuando su primo Aurelio hizo una broma sobre la luna de miel, Ezequiel le lanzó una mirada tan feroz que el hombre se cayó inmediatamente. “A mí no me falten al respeto”, murmuró Ezequiel entre dientes con una voz que solo Dolores pudo escuchar, “Y menos delante de mi mujer.

” Esas palabras fueron como un presagio de lo que vendría. Dolores sintió que algo frío le recorría la espalda, pero trató de convencerse de que eran solo nervios de recién casada. Cuando llegó la noche, los invitados comenzaron a despedirse. Dolores abrazó a su familia sin saber que sería una de las últimas veces que los vería siendo la misma persona. Su madre, Esperanza, le susurró al oído.

Pórtate bien, mi hija. Haz que tu marido esté contento. Sí, mamá, respondió Dolores, sintiendo que las palabras se le atascaban en la garganta. Ezequiel y Dolores se dirigieron a la casa que él había construido en las afueras del pueblo a unos 10 minutos caminando del centro.

Era una construcción moderna de dos pisos, con fachada de cantera rosa y un jardín bien cuidado. Por fuera parecía el hogar perfecto para una familia feliz. Pero desde el momento en que cruzaron el umbral, Dolores supo que algo estaba terriblemente mal. Ezequiel cerró la puerta con llave y se volvió hacia ella con una expresión que nunca había visto antes.

Sus ojos brillaban con una intensidad que la asustó. “Ahora vamos a establecer las reglas de esta casa”, le dijo con voz calmada, pero amenazante. Aquí se hace lo que yo digo cuando yo digo y como yo digo. ¿Entendido? Dolores asintió con la cabeza, demasiado sorprendida para hablar. Quiero que lo digas con palabras. Sí, sí, entendido. Tartamudeó Dolores.

En la parte trasera de la casa, en una construcción adicional que había sido pensada originalmente como casa de huéspedes, vivía doña Ramona. había insistido en mudarse ahí después de la boda, argumentando que necesitaba cuidar a su hijo y enseñarle a la nueva nuera cómo se hacían las cosas correctamente.

 

 

 

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