SU MARIDO LE DIO UN LADRILLAZO Y LA ENTERRÓ… SU SUEGRA CRUEL LO AYUDÓ, PERO NO IMAGINABAN LO QUE…
Esa primera noche, mientras Dolores se cambiaba en el baño, pudo escuchar a través de las paredes delgadas la conversación entre madre e hijo en el patio. “Esa muchacha es muy callada”, decía doña Ramona. “Las calladas son las peores, siempre están tramando algo. No te preocupes, mamá. Yo la voy a mantener en línea respondió Ezequiel. Dolores se miró en el espejo del baño.
El vestido de novia estaba colgado en un gancho y ella ahora llevaba puesto un camisón blanco que le había regalado su madre, pero ya no se sentía como una novia, se sentía como una prisionera que acababa de ser trasladada a una nueva celda. Cuando salió del baño, Ezequiel estaba sentado en la orilla de la cama quitándose los zapatos. no la miró cuando ella entró a la habitación.
“Mañana te voy a enseñar cómo quiero que se hagan las cosas en esta casa”, le dijo sin voltear a verla. “Mi mamá va a venir a explicarte todo. Espero que seas buena alumna.” Dolores se acostó en su lado de la cama, lo más cerca posible de la orilla. Ezequiel apagó la luz y se volteó hacia la pared, dándole la espalda.
En la oscuridad, Dolores escuchó los sonidos del pueblo que se iba quedando dormido, los perros ladrando a lo lejos, el silvato del sereno que hacía su ronda nocturna, el rumor de la brisa entre las hojas del árbol de mango que crecía frente a su ventana. Pero por primera vez en su vida, esos sonidos familiares no la tranquilizaron. En lugar de eso, se sintieron como los últimos ecos de la libertad que acababa de perder para siempre.
Mientras sus ojos se acostumbraban a la oscuridad, Dolores pudo distinguir la silueta de Ezequiel durmiendo a su lado. Su respiración era pesada, regular, la de un hombre que dormía con la conciencia tranquila. Ella, en cambio, permaneció despierta hasta el amanecer, preguntándose en qué momento su vida había tomado ese rumbo y si alguna vez podría encontrar la forma de cambiarlo.
No sabía que esa sería solo la primera de muchas noches en vela. que pasaría en esa casa. No sabía que los meses que vendrían serían una lenta erosión de todo lo que había sido antes de convertirse en la señora Mendoza y definitivamente no sabía que un día esa misma casa que ahora la acogía como hogar se convertiría en el escenario del crimen más terrible que el pueblo de Arandas había visto jamás. El primer golpe llegó tres semanas después de la boda.
Dolores estaba en la cocina preparando el desayuno cuando dejó caer una taza de porcelana que se hizo pedazos contra el piso de mosaico. El ruido resonó en toda la casa como un disparo. Antes de que pudiera siquiera agacharse a recoger los fragmentos, sintió la mano de Ezequiel estrellarse contra su mejilla izquierda con tanta fuerza que la hizo tambalearse contra la estufa.
vieja torpe”, le gritó Ezequiel con los ojos inyectados de sangre por la cruda de la noche anterior. “Esa taza era de mi abuela. Ahora, ¿qué le voy a decir a mi mamá?” Dolores se llevó la mano a la mejilla, sintiendo como la piel le ardía y comenzaba a hincharse. Las lágrimas le brotaron automáticamente, pero trató de contenerlas. Ya había aprendido que llorar solo empeoraba las cosas.
“Lo lo siento mucho, Ezequiel.” Fue sin querer. Te prometo que voy a comprar otra igualita”, murmuró con voz temblorosa. ¿Con qué dinero? Con el que yo te doy para los gastos de la casa. Ese dinero es para comida, no para pagar tus pendejadas.
Doña Ramona apareció en la cocina como si hubiera estado esperando el momento exacto para hacer su entrada triunfal. Llevaba puesta una bata de casa color mostaza y las pantuflas de felpa que arrastraba por toda la casa, haciendo un ruido constante que se había convertido en la banda sonora de la pesadilla diaria de Dolores. “¿Qué pasó aquí?”, preguntó la mujer mayor, aunque por su expresión era evidente que había escuchado todo desde su cuarto.
Sus ojos, pequeños y maliciosos se pasearon entre los pedazos de porcelana en el suelo y la mejilla roja e hinchada de su nuera. Tu nuera rompió la taza de la bisabuela Gertrudis”, contestó Ezequiel como si fuera un niño acusando a su hermana con la mamá. Doña Ramona suspiró teatralmente y movió la cabeza de lado a lado. “Ay, Ezequielito, ya te había dicho yo que esta muchacha no sabía cuidar las cosas finas.
En su casa seguramente usaban platos de peltre.” Las palabras de la suegra le dolieron a dolores más que el golpe mismo. Era cierto que en casa de sus padres no había lujos, pero su madre Esperanza había sido muy cuidadosa con las pocas cosas bonitas que tenían. La vajilla de talavera que habían heredado de la abuela materna solo se usaba en ocasiones especiales y nunca se había roto ni una sola pieza. “Yo sé cuidar las cosas.
” Se atrevió a defender dolores con voz apenas audible. Solo fue un accidente. La respuesta de doña Ramona fue inmediata y cruel. Los accidentes pasan cuando uno es descuidado y las mujeres descuidadas no sirven para mantener una casa decente. Ezequiel asintió con la cabeza, como si su madre acabara de pronunciar una verdad universal. Tienes razón, mamá.
Dolores. Vas a tener que aprender a ser más cuidadosa. No me voy a pasar la vida reponiendo cosas que rompes por andar distraída. Esa fue la primera lección de muchas que Dolores recibiría en su nueva vida como señora Mendoza. La segunda llegó esa misma tarde.
Dolores había pasado toda la mañana limpiando la casa de arriba a abajo, tratando de demostrar que sí era una buena ama de casa. Había trapeado los pisos hasta que brillaran. Había sacudido cada mueble dos veces. Había acomodado las plantas del jardín y había preparado comida para tr días. Cuando Ezequiel regresó del taller a las 6 de la tarde, Dolores corrió a recibirlo con una sonrisa nerviosa.
Llevaba puesto un vestido amarillo que él le había comprado y se había peinado el cabello suelto como a él le gustaba. “¿Cómo te fue en el trabajo, mi amor?”, le preguntó mientras él se quitaba las botas embarradas en la entrada. Ezequiel la miró de arriba a abajo con expresión crítica. “¿Por qué tienes esa cara?” Dolores se llevó instintivamente la mano a la mejilla, que aún mostraba la marca rojiza del golpe matutino.
Había tratado de cubrirla con polvos compactos, pero la hinchazón era evidente. “Fue por lo de esta mañana”, contestó Dolores confundida por la pregunta. “Exactamente por lo de esta mañana. ¿Y crees que andando con esa jeta de víctima vas a conseguir que me sienta mal? ¿Crees que vas a conseguir que la gente del pueblo hable mal de mí? Dolores no entendía qué había hecho mal ahora.
No, Ezequiel, solo pensé que no pensaste nada. Esa es tu problema que no piensas. La voz de Ezequiel subió varios tonos resonando por toda la casa. Si te pegué es porque te lo merecías. Y si andas por ahí enseñando la marca como si fueras una mártir, te voy a dar algo de quejarte de verdad.
En ese momento, doña Ramona salió de su cuarto como si hubiera estado esperando la señal. ¿Qué pasa, mijo? ¿Por qué gritas? Es tu nuera, mamá. Anda haciendo drama por una cachetadita que le di en la mañana. Mírala nada más. Como si le hubiera roto un hueso. Doña Ramona se acercó a Dolores y le examinó la cara con la frialdad de un médico forense.
Ay, por favor, eso no es nada. En mis tiempos, los maridos sí sabían poner a sus mujeres en su lugar. Mi Rodolfo, que en paz descanse, me daba unas cintareadas que sí dolían y nunca anduve quejándome por los rincones. ¿Ves? Le dijo Ezequiel a Dolores con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
Mi mamá sí sabe lo que son los matrimonios de verdad, no como las muchachitas de ahora que creen que los esposos son para andarles rogando y consintiéndolas. Desde ese día, la rutina en la casa de los Mendoza quedó establecida. Dolores se levantaba a las 5 de la mañana para preparar el desayuno. Tenía que tener listos los huevos estrellados exactamente como le gustaban a Ezequiel.
La yema medio cruda, la clara bien cocida, con frijoles refritos al lado y tortillas recién hechas. El café tenía que estar caliente, pero no hirviendo. Endulzado con dos cucharadas razas de azúcar. Si algo estaba diferente a como él lo esperaba, venía el regaño. Si la sal estaba muy fuerte, venía el grito. Si las tortillas no estaban suficientemente calientes, venía el golpe.
Doña Ramona tenía su propio sistema de tortura psicológica. Todos los días, después de que Ezequiel se iba al taller, llegaba a la casa principal con una lista de quejas y correcciones. Dolores, ¿por qué lavaste los trastes con ese jabón tan corriente? En esta casa siempre hemos usado jabón palmolive.
Dolores, esa forma de doblar la ropa no es correcta. Mi Ezequielito está acostumbrado a que sus camisas estén planchadas de cierta manera. Dolores, el piso de la sala no está bien trapeado. Se ve que no le pusiste el suficiente cloro. Nunca había un gracias. Nunca había un qué bien te quedó. Solo críticas constantes que iban minando la autoestima de la joven poco a poco. Los fines de semana eran los peores.
Ezequiel se quedaba en casa y su presencia llenaba todos los espacios con una tensión que Dolores podía sentir físicamente. Él se sentaba en su sillón de cuero café en la sala con una cerveza en la mano y los ojos clavados en el televisor, pero Dolores sabía que estaba vigilando cada uno de sus movimientos. Si ella hacía mucho ruido al lavar los platos. Dolores, no estoy sordo. Bájale a ese escándalo.
Si se demoraba mucho en el baño. Dolores, ¿qué tanto haces ahí adentro? Esta no es un hotel. Si se sentaba a descansar aunque fuera 5 minutos. Dolores, ven acá. Las mujeres decentes no se sientan mientras hay trabajo que hacer. Pero los domingos eran especialmente crueles. Ezequiel tenía la costumbre de invitar a sus amigos del taller a ver el fútbol en su casa.
Llegaban como a las 2 de la tarde con sus cajas de cerveza y sus voces ruidosas y se instalaban en la sala como si fuera su propia casa. Dolores tenía que servirles botanas, mantener sus cervezas frías, limpiar lo que ensuciaran y, sobre todo, mantenerse invisible.
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