SU MARIDO LE DIO UN LADRILLAZO Y LA ENTERRÓ… SU SUEGRA CRUEL LO AYUDÓ, PERO NO IMAGINABAN LO QUE…

Si alguno de los amigos la miraba demasiado o le dirigía la palabra más de lo necesario, Ezequiel se ponía celoso y después ella pagaba las consecuencias. ¿Viste cómo te miró el checo? Le reclamaba Ezequiel después de que se fueran los invitados. ¿Viste cómo se te quedó viendo cuando te agachaste a recoger las botellas? Ezequiel, yo no hice nada, solo estaba sirviendo como me pediste. No me contradigas. Yo vi cómo le sonreíste.

Seguramente le estás coqueteando a mis espaldas. Y venían los golpes. Primero cachetas, después puñetazos en los brazos y el estómago, lugares donde no se notaran las marcas. Ezequiel había aprendido a pegar donde doliera, pero no se viera. Para el mes de octubre, 6 meses después de la boda, Dolores ya había perdido 8 kg. Su cara se veía demacrada. Sus ojos habían perdido todo el brillo y se sobresaltaba con cualquier ruido fuerte.

Había desarrollado un tic nervioso que la hacía parpadear constantemente cuando estaba nerviosa, lo cual era prácticamente todo el tiempo. Sus padres notaron el cambio cuando fue a visitarlos un domingo después de misa. Su madre, Esperanza, la jaló a un rincón de la cocina mientras las demás mujeres de la familia preparaban la comida.

Dolores, hija, te veo muy flaca. ¿Estás comiendo bien? Sí, mamá, estoy bien. Mintió Dolores tratando de sonar convincente. ¿Y por qué parpadeas tanto? ¿Te duelen los ojos? No, es solo que me he desvelado mucho. Ezequiel llega tarde del taller y tengo que esperarlo despierta.

Esperanza la miró con esos ojos de madre que ven más allá de las palabras. Dolores, si algo estuviera mal en tu matrimonio, me lo dirías, ¿verdad? Por un momento, Dolores estuvo a punto de contarle todo, de hablarle de los golpes, de los gritos, de doña Ramona y sus humillaciones constantes, pero en ese momento escuchó la voz de Ezequiel desde la sala hablando con su padre.

Don Esteban, le agradezco mucho que me haya dado a su hija. Dolores es una mujer muy obediente. Me tiene muy contento. Las palabras de su esposo la paralizaron. ¿Cómo iba a decirle a su madre que el hombre que su padre había elegido para ella, el hombre que supuestamente la iba a hacer feliz, la estaba destruyendo pedazo a pedazo. Estoy bien, mamá. De verdad, Ezequiel me cuida mucho.

Esa noche, durante el camino de regreso a casa, Ezequiel manejó en silencio por varios minutos antes de hablar. ¿De qué estuviste hablando con tu mamá en la cocina? de nada importante. Solo me preguntó cómo estaba y que le dijiste que estaba muy bien, que eres un buen marido. Ezequiel asintió con satisfacción.

Más te vale, porque si algún día se te ocurre hablar mal de mí con tu familia, te vas a arrepentir. Esta familia tiene su prestigio en el pueblo y no voy a permitir que una vieja chismosa lo dañe. Cuando llegaron a casa, doña Ramona los estaba esperando en la sala con una expresión preocupada. Ezequielito, tengo que hablarte de algo importante”, le dijo a su hijo, ignorando completamente a Dolores.

¿Qué pasa, mamá? Es sobre tu esposa. Creo que está haciendo cosas raras cuando tú no estás. Dolores sintió que el corazón se le detenía. Cosas raras. ¿De qué está hablando doña Ramona? Ayer la vi hablando con el cartero por más de 5 minutos y antier estaba en el jardín cuando pasó el lechero y también se puso a platicar con él.

Ezequiel volteó a ver a Dolores con los ojos entrecerrados. Es cierto eso, Ezequiel, el cartero solo me preguntó si habías recibido unas cartas del banco y el lechero me estaba cobrando la quincena. No estaba platicando con ellos. No me mientas. Mi mamá no miente. El primer puñetazo le dio en el estómago, dejándola sin aire. El segundo fue en la espalda haciéndola caer de rodillas.

Doña Ramona se quedó parada ahí, viendo la golpiza con una expresión de satisfacción en el rostro. Así se hace, mi hijo. Las mujeres tienen que aprender cuál es su lugar. Esa noche, Dolores se acostó con dolor en todo el cuerpo y una certeza terrible creciendo en su pecho. Su matrimonio no era una unión, era una condena.

Y cada día que pasaba esa condena se hacía más pesada. Pero lo que Dolores no sabía era que los golpes, los gritos y las humillaciones eran solo el ensayo. La función principal estaba aún por venir y sería mucho más terrible de lo que su mente aterrorizada podría imaginar. En los meses siguientes, la casa de cantera rosa se convertiría en el escenario de un horror que ni siquiera las pesadillas más oscuras de Dolores habían anticipado. La casa, que había parecido un palacio desde afuera, se había revelado como lo que realmente era.

Una prisión con dos carceleros despiadados. Pero Dolores aún no sabía que lo peor estaba por venir. Los gritos y los golpes eran solo el preludio de algo mucho más siniestro que se gestaba en las mentes enfermas de Ezequiel y doña Ramona.

El domingo 8 de diciembre del 2013 sería recordado en Arandas como el día más caluroso del año. A las 11 de la mañana el termómetro ya marcaba 38ºC y el aire parecía gelatina caliente que se pegaba a la piel y dificultaba la respiración. Dolores estaba en el patio trasero de la casa, colgando la ropa recién lavada en el tendedero que Ezequiel había instalado junto a la pared de adobe que dividía su propiedad de la del vecino.

Llevaba puesto un vestido de algodón azul claro que ya le quedaba grande por la pérdida de peso y tenía el cabello recogido en una cola de caballo despeinada por el sudor. Había estado trabajando desde las 5 de la mañana. Primero había preparado el desayuno, después había lavado toda la ropa de la semana a mano, porque Ezequiel decía que la lavadora gastaba mucha luz.

Luego había limpiado la casa de arriba a abajo y había preparado la comida para toda la semana. Sus manos estaban rojas e hinchadas por el detergente y el agua caliente. En los nudillos tenía pequeñas heridas que se abrían y cerraban cada vez que doblaba los dedos, pero no se atrevía a quejarse. Ya había aprendido que cualquier muestra de cansancio o dolor se interpretaba como flojera o drama innecesario.

Ezequiel estaba sentado en una silla de plástico blanco bajo la sombra del árbol de mango, bebiendo su quinta cerveza. Corona de la mañana. tenía puesta una camiseta blanca sin mangas que mostraba sus brazos morenos y musculosos, fortalecidos por años de trabajo en el taller mecánico. Sus ojos, pequeños y oscuros seguían cada movimiento de dolores con la intensidad de un depredador observando a su presa.

“Dolores”, le gritó de repente, sobresaltándola. “¡Ven acá!” Dolores dejó la sábana que estaba colgando y corrió hacia él, limpiándose las manos húmedas en el delantal. ¿Qué necesitas, Ezequiel? Quiero otra cerveza y que me traigas unas pepitas con chile. Ahorita te la traigo, respondió Dolores dándose la vuelta para ir a la cocina.

Espérate, la detuvo Ezequiel agarrándola del brazo con más fuerza de la necesaria. ¿Por qué tienes esa cara de fastidio? Dolores se quedó helada. No sabía que su cansancio se notara en su expresión. No tengo cara de nada, Ezequiel. Solo estoy un poco cansada.

¿Cans? ¿De qué estás cansada? Si lo único que haces es estar en la casa. No es como si trabajaras de verdad como yo. La voz de Ezequiel subió varios tonos y Dolores pudo oler el alcohol en su aliento. Cuando había bebido mucho, se ponía especialmente agresivo y cualquier cosa podía provocar su furia. Tienes razón. No debería estar cansada. Ya voy por tu cerveza.

Pero Ezequiel no la soltó. Sus dedos se clavaron más profundamente en el brazo de Dolores, seguramente dejándole moretones que se sumarían a los que ya tenía en otras partes del cuerpo. ¿Sabes qué? Me tienes hasta la madre con esa actitud de víctima. Todo el día andas con cara de que te estoy haciendo un favor al mantenerte, como si no fueras afortunada de estar casada conmigo.

En ese momento, doña Ramona salió de su cuarto en la parte trasera de la casa. Llevaba puesto un vestido de casa color verde limón y las mismas pantuflas que arrastraba por todos lados. Su cabello gris estaba recogido en rollos pequeños cubiertos con una red de dormir que se había olvidado de quitarse.

¿Qué pasa aquí?, preguntó con esa voz chillona que Dolores había llegado a odiar más que cualquier otro sonido en el mundo. Esto no era mamá. otra vez con sus caras y sus actitudes. Ya me tiene harto. Doña Ramona se acercó a ellos con esa sonrisa maliciosa que siempre aparecía en su rostro cuando iba a decir algo particularmente cruel.

Ay, Ezequielito, ya te había dicho yo que esta muchacha no te convenía. Mírala nada más, flaca como un palo de escoba y siempre con esa cara de amargada. No parece esposa, parece empleada doméstica mal pagada. Las palabras de su suegra le dolieron a dolores más que los golpes. Era cierto que había perdido mucho peso, que su ropa ya no le quedaba bien, que su piel se veía opaca y enfermiza, pero no era por gusto, era por el estrés constante, por las comidas que se salteaba para que hubiera suficiente comida para Ezequiel y doña Ramona, por las noches en vela esperando a que llegara su marido para no recibir un regaño por estar dormida.

No es cierto, doña Ramona. Yo trato de hacer todo lo mejor que puedo. Todo lo mejor que puedes. Ja. Si supieras hacer las cosas bien, mi hijo no estaría siempre de mal humor. Ezequiel soltó una carcajada amarga. Tienes razón, mamá. Desde que me casé con esta vieja, no he tenido ni un día de paz en mi casa. Pues será porque no la has educado bien, mijo.

A las mujeres hay que ponerlas en su lugar desde el principio, si no se suben a la cabeza. Ya la he puesto en su lugar varias veces. Pero parece que no entiende. Dolores los escuchaba hablar de ella como si no estuviera presente, como si fuera un objeto defectuoso que necesitaba reparación. Las lágrimas se le acumularon en los ojos, pero hizo un esfuerzo sobrehumano para no llorar.

Sabía que las lágrimas solo provocarían más violencia. “Mejor voy por tu cerveza, Ezequiel”, murmuró tratando de liberarse de su agarre. Pero Ezequiel la jaló hacia él con tanta fuerza que Dolores perdió el equilibrio y cayó de rodillas sobre el piso de cemento del patio. El impacto le raspó las rodillas a través de la tela delgada del vestido.

No te dije que te fueras. Te dije que te quedaras aquí para que habláramos de tu actitud. Dolores se levantó lentamente, sintiendo como la sangre le corría por las piernas. Perdóname, Ezequiel, no era mi intención. ¡Cállate! Ya me tienes harto con tus perdónames y tus no era mi intención. Pareces disco rayado.

” Doña Ramona aplaudió con sarcasmo. “Así se hace, mi hijo. No la dejes que te maneje con sus yoriqueos.” Ezequiel se levantó de la silla tambaleándose ligeramente por el alcohol. Era un hombre grande de 1,85 m de estatura y cuando se ponía de pie frente a Dolores, quien apenas medía un metro60, la diferencia de tamaño se hacía abrumadora.

¿Sabes que es tu problema Dolores? Que crees que porque estás casada conmigo ya la hiciste, que ya no tienes que esforzarte por complacerme. Eso no es cierto, Ezequiel. Yo siempre trato de cállate cuando te estoy hablando. El grito de Ezequiel resonó por todo el patio y seguramente se escuchó en las casas vecinas. Pero en Arandas los vecinos habían aprendido a no meterse en los asuntos domésticos de los Mendoza.

Todos sabían que Ezequiel tenía mal carácter, pero nadie se atrevía a enfrentarlo. Era un hombre respetado en el negocio, tenía dinero y contactos y nadie quería problemas con él. Mi mamá tiene razón. No te he educado bien. He sido demasiado blando contigo. Ezequiel caminó hacia la pila de ladrillos que tenía almacenados junto a la pared del fondo.

Los había comprado para hacer una extensión en la casa, pero el proyecto se había quedado pausado por varios meses. Los ladrillos estaban ahí apilados ordenadamente esperando su uso. Tomó uno de los ladrillos con la mano derecha. Era de los grandes, de esos que usan para construcción pesada. Pesaba más de 2 kg y tenía los bordes ásperos que podían cortar la piel con facilidad.

¿Sabes qué, Dolores? Creo que necesitas una lección que no se te olvide. Dolores vio el ladrillo en la mano de su marido y sintió como el terror más absoluto se apoderaba de todo su cuerpo. Sus piernas comenzaron a temblar incontrolablemente y su respiración se volvió agitada y superficial. Ezequiel, por favor, no hagas nada malo.

 

 

 

ver continúa en la página siguiente