SU MARIDO LE DIO UN LADRILLAZO Y LA ENTERRÓ… SU SUEGRA CRUEL LO AYUDÓ, PERO NO IMAGINABAN LO QUE…

Te prometo que voy a cambiar. Ya es muy tarde para promesas. Ezequiel levantó el ladrillo por encima de su cabeza con ambas manos. Sus ojos brillaban con una furia que Dolores nunca había visto antes, ni siquiera en las peores golpizas que le había dado. Ezequiel, “No”, gritó doña Ramona, “pero no para detener a su hijo. Aquí no.

Los vecinos nos van a escuchar. Pero Ezequiel ya no escuchaba a nadie. El alcohol, la rabia acumulada y algo más oscuro que había estado creciendo en su interior durante meses se habían combinado en una mezcla explosiva que ya no podía controlar. Dolores trató de correr, pero sus piernas no le respondieron.

El miedo la había paralizado completamente. Solo pudo levantar los brazos instintivamente para protegerse la cabeza. El ladrillo se estrelló contra su cráneo con un sonido horrible, como el de una sandía al partirse. Dolores sintió una explosión de dolor que le llenó todo el cerebro de luces blancas y después nada.

Su cuerpo se desplomó sobre el piso de cemento como un muñeco de trapo. La sangre comenzó a manar de una herida profunda en la parte superior de la cabeza, formando un charco rojo que se extendía lentamente bajo su cabello oscuro. Ezequiel se quedó parado ahí con el ladrillo manchado de sangre todavía en las manos, respirando agitadamente. Sus ojos se veían vidriosos, como si acabara de despertar de un trance.

Doña Ramona corrió hacia el cuerpo inmóvil de Dolores y le puso la oreja en el pecho. Después le tomó el pulso en el cuello con dedos temblorosos. Ezequiel, susurró con voz quebrada. Creo que creo que está muerta. La realidad de lo que había hecho comenzó a penetrar lentamente en la mente embotada por el alcohol de Ezequiel.

Dejó caer el ladrillo que se rompió en dos pedazos al chocar contra el suelo. ¿Qué? ¿Qué hice?”, murmuró llevándose las manos a la cabeza. “¿Qué chingados hice?” Doña Ramona se puso de pie y agarró a su hijo por los hombros, sacudiéndolo para que reaccionara. “Ezequiel, tienes que calmarte. Tenemos que pensar qué vamos a hacer.

Está muerta, mamá. La maté. Me van a meter a la cárcel. No te van a meter a ningún lado si nos apuramos.” La voz de doña Ramona se había vuelto dura, práctica, como si estuviera organizando la comida para una fiesta en lugar de planear cómo ocultar un asesinato. ¿De qué hablas? Nadie sabe que pasó esto. Los vecinos están acostumbrados a escuchar gritos de esta casa. Vamos a enterrarla y ya.

Diremos que se fue con su familia a Guadalajara o algo así. Ezequiel la miró como si hubiera perdido la razón. Enterrarla. ¿Estás loca? Estoy loca. El loco eres tú que mataste a tu esposa con un ladrillo. Ahora tenemos que arreglar tu pendejada antes de que sea muy tarde. Doña Ramona tenía razón en una cosa. Nadie había visto lo que había pasado.

El patio trasero estaba completamente oculto de la vista de los vecinos por las paredes altas que lo rodeaban. Y era domingo por la mañana, la hora en que la mayoría de la gente estaba en misa o descansando en sus casas. ¿Dónde la vamos a enterrar?, preguntó Ezequiel con voz temblorosa.

Aquí mismo, atrás de la casa, donde tienes pensado poner el cuarto de herramientas. Doña Ramona señaló un área del patio donde efectivamente Ezequiel había planeado construir una bodega para guardar sus herramientas de trabajo. Era un espacio de unos 3 m por 3 m ubicado en la esquina más alejada de la casa principal.

Ve por las palas”, le ordenó doña Ramona a su hijo. “las que tienes en el taller y trae también el pico.” Ezequiel obedeció como un autómata. Fue a buscar las herramientas mientras doña Ramona se quedó vigilando el cuerpo inmóvil de Dolores. Cuando regresó con las palas y el pico, su madre ya había extendido una lona vieja sobre el piso junto al cuerpo. “Ayúdame a ponerla aquí”, le dijo señalando la lona.

Entre los dos levantaron el cuerpo de dolores. Pesaba muy poco, como si la vida que se había ido de ella hubiera llevado consigo también su sustancia física. La envolvieron en la lona como si fuera un bulto de ropa sucia. “Ahora vamos a acabar”, ordenó doña Ramona. empezaron a excavar en la tierra dura del patio.

El sol del mediodía caía sobre ellos sin piedad, pero ninguno de los dos se quejó del calor. Estaban demasiado concentrados en su trabajo macabro para pensar en otra cosa. Cavaron durante 2 horas, turnándose las herramientas cuando uno se cansaba. El hoyo fue tomando forma, 2 metros de largo, uno de ancho y metro y medio de profundidad, lo suficientemente hondo para que nadie pudiera encontrar accidentalmente lo que iban a ocultar ahí.

“Ya está”, dijo doña Ramona, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano. “Ahora métela.” Ezequiel tomó el cuerpo envuelto en la lona y lo bajó cuidadosamente al hoyo. Dolores quedó en el fondo como si estuviera durmiendo en una cama muy estrecha y muy profunda. Comenzaron a echar tierra sobre el cuerpo.

Palada tras palada fueron cubriendo la lona hasta que ya no se veía nada. Después siguieron echando tierra hasta que el hoyo estuvo completamente lleno. “Pisa fuerte para que se compacte bien”, le dijo doña Ramona a su hijo. Ezequiel pisoteó la tierra recién movida hasta que quedó más o menos nivelada con el resto del patio. Después trajeron piedras, plantas en macetas y algunos ladrillos sueltos para disimular el área donde habían cabado.

Para las 4 de la tarde no quedaba ninguna evidencia visible de lo que había ocurrido. El patio se veía normal, como si nada hubiera pasado. “Ahora vamos a limpiar la sangre”, dijo doña Ramona con la misma voz práctica que había usado todo el día. Lavaron el área donde había caído dolores con cloro y agua. Restregaron hasta que no quedó ni la más mínima mancha roja en el cemento gris.

Cuando terminaron, se sentaron en las sillas de plástico, agotados por el trabajo físico y la tensión emocional. ¿Y ahora qué vamos a decir? Preguntó Ezequiel. Que Dolores se fue a visitar a su familia y decidió quedarse unos días después, que se fue a buscar trabajo a Guadalajara. Y si alguien pregunta mucho, que se fue con otro hombre.

Era un plan simple pero efectivo. En pueblos pequeños como Arandas no era raro que las mujeres jóvenes se fueran a las ciudades grandes buscando mejores oportunidades. Y los matrimonios infelices que terminaban en abandono tampoco eran extraordinarios. “Nadie va a sospechar nada”, continuó doña Ramona. “Todo mundo sabe que ustedes no se llevaban bien. Van a pensar que por fin se hartó y se largó.

” Ezequiel asintió con la cabeza, pero por dentro sentía un vacío terrible. No era remordimiento por haber matado a Dolores, era miedo de las consecuencias que podría enfrentar si alguien descubría lo que había hecho. Esa noche cenaron en silencio, como si fuera una noche normal. Doña Ramona había preparado quesadillas de flor de calabaza y frijoles refritos.

Ezequiel comió sin apetito, con la mirada perdida. Todo va a estar bien, mi hijo”, le dijo su madre poniéndole la mano en el hombro. “Hiciste lo que tenías que hacer. Esa muchacha te estaba volviendo loco con sus actitudes, pero a 3 met bajo tierra, envuelta en una lona vieja, Dolores Herrera de Mendoza no estaba tan muerta como ellos creían.

Su corazón todavía latía, muy débil, pero constante. Sus pulmones todavía tomaban pequeñas bocanadas de aire a través de los poros de la lona, y en algún lugar profundo de su mente inconsciente, una voz le susurraba que tenía que luchar, que tenía que sobrevivir, que su historia no podía terminar así. El milagro estaba a punto de comenzar. Lo que Ezequiel y doña Ramona no sabían era que habían cometido el error más grande de sus vidas.

Pensaron que habían enterrado a una víctima, pero en realidad habían plantado a una sobreviviente. Y bajo esa tierra aparentemente silenciosa, algo extraordinario estaba a punto de suceder. La primera sensación que tuvo Dolores no fue de dolor, sino de frío.

Un frío húmedo y penetrante que le calaba hasta los huesos, completamente diferente al calor asfixiante que recordaba del patio donde había estado colgando la ropa. Después vino la oscuridad, no la oscuridad normal de una habitación sin luz, sino una oscuridad absoluta, densa, que parecía tener peso propio y presionar contra sus ojos cerrados. Y luego llegó la comprensión terrible. No podía moverse.

Dolores trató de abrir los ojos, pero algo áspero y pesado se lo impedía. Quiso levantar las manos para tocarse la cara, pero sus brazos estaban como aplastados contra su cuerpo por una fuerza invisible. intentó gritar, pero el sonido se ahogó en su garganta y no llegó a ningún lado. Poco a poco, como piezas de un rompecabezas que se van acomodando, su mente comenzó a reconstruir lo que había pasado.

 

 

 

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