SU MARIDO LE DIO UN LADRILLAZO Y LA ENTERRÓ… SU SUEGRA CRUEL LO AYUDÓ, PERO NO IMAGINABAN LO QUE…

El patio, Ezequiel bebiendo cerveza. Doña Ramona con sus comentarios venenosos, la discusión, el ladrillo levantándose por encima de la cabeza de su marido, el dolor explosivo y después nada. Hasta ahora, Dolores estaba enterrada viva. El pánico se apoderó de ella como una avalancha.

Su respiración se aceleró y se volvió superficial, consumiendo rápidamente el poco oxígeno que tenía disponible en el espacio minúsculo donde se encontraba. Su corazón latía tan fuerte que podía sentir cómo le palpitaba en las cienes exactamente donde el ladrillo la había golpeado.

“Cálmate”, se dijo a sí misma con el pensamiento, porque hablar era imposible. “Cálmate, Dolores, tienes que pensar.” Pero era casi imposible mantener la calma cuando cada fibra de su ser le gritaba que corriera, que huyera, que saliera de ese lugar espantoso. El instinto de supervivencia más primitivo la empujaba a moverse violentamente, a arañar, a patear, a hacer cualquier cosa para liberarse.

Resistió el impulso. Algo en lo profundo de su mente le decía que si se movía desesperadamente, si gastaba su energía en una lucha inútil, moriría más rápido. En lugar de eso, se concentró en evaluar su situación. Estaba envuelta en algo que parecía ser una lona o plástico grueso.

Podía sentir la textura áspera contra su piel. Sus brazos estaban pegados a los costados del cuerpo, pero tenía un poco de espacio para mover los dedos. Encima de ella había tierra, mucha tierra. Podía sentir el peso aplastante presionando la lona contra su cuerpo.

Cuando trataba de levantar la cabeza, aunque fuera un centímetro, algo sólido se lo impedía. Pero había algo más, algo que le daba una esperanza microscópica. Podía respirar, no bien, no cómodamente, pero podía respirar. El aire le llegaba en pequeñas bocanadas que se filtraban a través de los poros de la lona y los espacios diminutos entre la tierra. Era aire caliente, húmedo, con olor a barro y a gusanos, pero era aire.

“Si puedo respirar”, pensó, “significa que no estoy tan profundo. Significa que hay una posibilidad.” Dolores empezó a mover los dedos de las manos con mucho cuidado. Primero el índice derecho, después el medio, después el anular. Pequeños movimientos que no gastaran mucha energía, pero que le dieran información sobre su entorno.

Sintió que la lona cedía ligeramente cuando presionaba con las yemas de los dedos. No mucho, pero lo suficiente para saber que la tierra encima de ella no estaba completamente compactada. Era entonces cuando se dio cuenta de algo más. Estaba lloviendo. No podía ver la lluvia, obviamente, pero podía sentir como el agua se filtraba poco a poco a través de la tierra, haciendo que la lona se volviera más húmeda y que el barro se volviera más suave y manejable. La lluvia era su salvación.

Dolores había vivido toda su vida en Jalisco y conocía bien el clima de la región. Las lluvias de diciembre eran pocas, pero intensas, capaces de ablandar la tierra más dura en cuestión de horas. Y por el sonido que llegaba amortiguado hasta donde estaba, esta no era una lluvia ligera, era una tormenta. “Gracias, Dios mío”, murmuró mentalmente. “Gracias por la lluvia.

” Comenzó a mover los dedos con más propósito, tratando de crear pequeños espacios en la tierra húmeda que la rodeaba. Cada movimiento era agotador y le costaba un esfuerzo enorme, pero poco a poco fue ganando centímetros de espacio. Primero logró doblar ligeramente los codos, después pudo mover las muñecas en pequeños círculos. Cada pequeña victoria le daba fuerzas para continuar. El tiempo pasaba de manera extraña ahí abajo.

No había forma de saber si habían pasado minutos u horas desde que había despertado. Su único reloj era el ritmo de la lluvia, que había comenzado suave y ahora caía con fuerza, empapando la tierra y haciéndola más suave. Dolores se concentró en su mano derecha, que parecía tener un poco más de espacio para moverse.

Comenzó a empujar la tierra húmeda con la palma, creando una pequeña cavidad junto a su cuerpo. Era un trabajo lento y meticuloso, pero cada puñado de tierra que lograba desplazar le daba más espacio para respirar y moverse. Sus pulmones comenzaron a funcionar mejor cuando creó ese pequeño espacio de aire junto a su cuerpo. Ya no tenía que luchar tanto por cada respiración.

podía pensar con más claridad. Tengo que salir por arriba, razonó. No puedo cabar hacia los lados porque no sé qué tan grande es el hoyo, pero si cabo hacia arriba, tarde o temprano voy a llegar a la superficie. Era más fácil decirlo que hacerlo. Cavar hacia arriba significaba que toda la tierra que removiera le caería encima, llenando el pequeño espacio que había creado. Pero no tenía otra opción.

Dolores comenzó a empujar con ambas manos hacia arriba, tratando de crear un túnel vertical. La tierra mojada se desmoronaba constantemente, pero ella seguía empujando, abriendo camino centímetro a centímetro. Sus manos se lastimaron con las piedras pequeñas y las raíces que encontró en el camino. Podía sentir cómo se le abrían las uñas y cómo la sangre se mezclaba con el barro, pero no paró.

El dolor era secundario comparado con la necesidad desesperante de salir de ahí. Después de lo que le pareció una eternidad, sus dedos tocaron algo diferente. No era tierra compacta, sino algo más suelto, más esponjoso. Tierra que había sido removida recientemente y que la lluvia había convertido en lodo. “Ya casi”, se dijo a sí misma.

Ya casi llego, pero sus fuerzas estaban llegando al límite. El golpe en la cabeza la había dejado débil y el esfuerzo de cabarle había consumido la poca energía que le quedaba. Sus movimientos se volvían más lentos, menos precisos. Fue entonces cuando escuchó algo que le heló la sangre. Voces. Voces que venían de arriba, amortiguadas por la tierra, pero claramente audibles.

Voces que reconocía. ¿Tú crees que esté bien enterrada? escuchó la voz de doña Ramona. Sí, mamá. La metimos bien profundo. Nadie la va a encontrar nunca. Era la voz de Ezequiel, su marido, el hombre que había jurado amarla y protegerla hasta que la muerte lo separara. Espero que tengas razón, mijo, porque si alguien se entera de lo que hicimos, nadie se va a enterar.

Y si alguien pregunta por ella, ya sabemos qué decir. Las voces se alejaron. Pero Dolores las había escuchado lo suficientemente claro como para entender que estaban revisando su tumba, que estaban ahí arriba parados sobre la tierra que la cubría, asegurándose de que estuviera bien muerta y bien enterrada. Una nueva oleada de pánico se apoderó de ella.

Y si decidían echar más tierra, ¿y si se daban cuenta de que la lluvia había ablandado el terreno y decidían compactarlo mejor? Tengo que salir ahora, pensó desesperadamente. Tengo que salir ahora o nunca más voy a poder hacerlo. Con las pocas fuerzas que le quedaban, Dolores empujó hacia arriba con toda la desesperación de una mujer que se está ahogando y ve la superficie del agua justo encima de su cabeza.

Empujó con las manos, con los codos, con los hombros, con todo el cuerpo. La tierra se dio de repente como si fuera una tapa que se abriera. Dolores sintió que sus manos atravesaban la última capa de lodo y tocaban algo que no había sentido en horas. Aire libre. empujó con más fuerza, ensanchando el agujero que había creado.

Primero salió una mano, después la otra, luego su cabeza cubierta de barro y sangre emergió de la tierra como una flor macabra brotando de un jardín maldito. Dolores abrió la boca y tomó la primera bocanada de aire fresco que había respirado desde que el ladrillo la había golpeado. Nunca en su vida había sabido tamban bien el aire.

Nunca había sido tan consciente del milagro simple de poder respirar libremente, pero no podía quedarse ahí. Tenía que salir completamente antes de que alguien la viera. Con un esfuerzo sobrehumano, logró sacar los hombros, después el torso. Sus piernas estaban entumecidas y apenas le respondían, pero logró liberarlas del agujero fangoso que había sido su tumba.

Cuando finalmente estuvo completamente fuera, se desplomó sobre la tierra húmeda, temblando de frío, de miedo y de agotamiento. Estaba cubierta de lodo de la cabeza a los pies, con la ropa desgarrada y el cabello pegado al cráneo por la mezcla de sangre seca y barro fresco, pero estaba viva. Dolores se quedó ahí tirada durante varios minutos, simplemente respirando, sintiendo como el aire entraba y salía de sus pulmones, como su corazón latía fuerte y constante en su pecho.

Estaba viva cuando debería estar muerta. Había salido de una tumba cuando debería haberse quedado ahí para siempre. Era un milagro. No había otra explicación. Lentamente, muy lentamente, se incorporó hasta quedar sentada. El mundo le daba vueltas y tuvo que esperar varios minutos hasta que el mareo pasó.

Cuando su visión se aclaró, pudo ver dónde estaba. Seguía en el patio trasero de la casa de Ezequiel, pero ahora todo se veía diferente. La lluvia había parado, pero el suelo estaba empapado y lleno de charcos. Los ladrillos que Ezequiel y Doña Ramona habían puesto sobre su tumba estaban esparcidos por todos lados, desplazados por su salida.

En la casa había luz, podía ver las ventanas iluminadas y las sombras de las personas moviéndose adentro. Ezequiel y doña Ramona estaban ahí, probablemente cenando o viendo televisión, creyendo que habían resuelto su problema para siempre. Dolores se puso de pie con mucha dificultad. Sus piernas estaban débiles y le temblaban, pero logró mantenerse erguida. Tenía que salir de ahí.

tenía que alejarse de esa casa antes de que alguien la viera, pero cuando trató de caminar se dio cuenta de que estaba descalsa. Sus zapatos se habían quedado en algún lugar del hoyo y el suelo estaba lleno de piedras y vidrios rotos que le cortaban los pies. No importaba. Había salido de una tumba. Unos pies cortados no la iban a detener.

Dolores comenzó a caminar hacia la puerta del patio trasero, la misma por donde tantas veces había entrado cargando las bolsas del mercado o llevando la ropa limpia, pero ahora se sentía como una extraña en su propia casa, como si fuera un fantasma visitando los lugares donde había vivido cuando era humana.

abrió la puerta con mucho cuidado tratando de no hacer ruido. El pasillo que conectaba el patio con la entrada principal estaba oscuro, pero ella conocía cada centímetro de esa casa. Podía caminar por ahí con los ojos cerrados. Llegó hasta la puerta principal y la abrió lentamente. Las bisagras hicieron un pequeño chirrido que le pareció el sonido más fuerte del mundo. Pero nadie vino a investigar.

Dolores salió a la calle. Era de noche, probablemente muy tarde, porque no había ni una sola luz encendida en las casas vecinas. Las calles empedradas brillaban con la humedad de la lluvia y el aire olía a tierra mojada y a flores. Dolores comenzó a caminar por la calle principal de Arandas, descalza, cubierta de lodo, con la ropa desgarrada y el cabello enmarañado.

Parecía una aparición, un espíritu que había regresado del más allá con una misión por cumplir, pero no era un espíritu. Era una mujer que había sobrevivido a lo imposible y que ahora tenía una segunda oportunidad de vivir. Lo que no sabía era que su verdadera prueba apenas estaba comenzando. Dolores caminó por las calles vacías de Arandas durante lo que le parecieron horas.

Sus pies descalzos se habían cortado con las piedras del empedrado colonial y dejaba pequeñas manchas rojas sobre el pavimento húmedo, como si fuera Caperucita Roja perdida en un bosque de cemento. No tenía idea de qué hora era, pero por el silencio absoluto que reinaba en el pueblo, debían ser las 2 o 3 de la madrugada. Ni siquiera a los perros callejeros ladraban.

Era como si el mundo entero estuviera dormido y ella fuera la única criatura viva en un planeta desierto. Su mente funcionaba de manera extraña. A veces se sentía completamente lúcida, consciente de cada paso que daba, de cada dolor que sentía. Otras veces se sentía como si estuviera flotando, como si estuviera viendo a otra persona caminar por esas calles desde arriba. Necesito ayuda”, se repetía mentalmente.

“Necesito encontrar a alguien que me ayude.” Pero, ¿a quién? Sus padres vivían del otro lado del pueblo, en una zona que le tomaría por lo menos una hora llegar caminando. Y en su estado actual, débil, herida y desorientada, no estaba segura de poder hacer ese recorrido.

La casa de su hermana Carmen estaba más cerca, pero Carmen se había casado hacía dos años con un hombre que trabajaba para Ezequiel en el taller mecánico. Y si no le creía. ¿Y si pensaba que estaba loca? Y si le contaba todo a Ezequiel. Dolores se detuvo en medio de la calle, sintiéndose completamente perdida. El frío de la madrugada se le metía hasta los huesos a través de la ropa mojada y comenzó a temblar violentamente.

 

 

 

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