SU MARIDO LE DIO UN LADRILLAZO Y LA ENTERRÓ… SU SUEGRA CRUEL LO AYUDÓ, PERO NO IMAGINABAN LO QUE…
Fue entonces cuando vio las luces. Al final de la calle, donde la carretera de Arandas se conectaba con la autopista que iba hacia Guadalajara, había una gasolinera que permanecía abierta a las 24 horas. Las luces fluorescentes de los surtidores brillaban como faros en la oscuridad.
Dolores comenzó a caminar hacia allá, sintiendo que cada paso era un esfuerzo sobrehumano. Las piernas le temblaban tanto que varias veces estuvo a punto de caerse, pero siguió adelante, aferrándose a la idea de que en esa gasolinera encontraría ayuda. Cuando llegó a la zona iluminada, pudo verse por primera vez desde que había salido de la tumba. Su reflejo en los cristales de la gasolinera la horrorizó.
Parecía un zombie. Su cabello negro estaba completamente enredado y sucio de lodo, con pedazos de hojas secas y pequeñas piedras pegadas. Su cara estaba cubierta de barro seco, mezclado con sangre coagulada de la herida en la cabeza. Su vestido azul claro, que esa mañana había estado limpio y planchado, ahora era apenas reconocible, desgarrado, manchado de tierra y sangre. colgando de su cuerpo como los arapos de un espantapájaros.
Pero lo más impactante eran sus ojos, incluso cubiertos de suciedad, brillaban con una intensidad que nunca había tenido antes. Era como si hubiera visto el fondo del infierno y hubiera regresado con una sabiduría terrible. En la gasolinera había un solo empleado, un joven de unos 25 años que estaba sentado detrás del mostrador leyendo una revista. Llevaba puesto el uniforme azul de la estación de servicio y una gorra que decía Pemex.
Cuando vio a Dolores acercándose por el cristal, primero pensó que estaba alucinando. La figura que caminaba hacia él parecía salida de una película de terror. Una mujer cubierta de lodo y sangre descalza, moviéndose como si cada paso le causara dolor. El joven, que se llamaba Roberto Vázquez, se levantó lentamente del mostrador.
Había trabajado en esa gasolinera durante 3 años y había visto de todo. borrachos, drogadictos, gente que había tenido accidentes en la carretera, pero nunca había visto algo así. Dolores llegó hasta la puerta de cristal y la golpeó suavemente con los nudillos. Sus manos dejaron manchas de lodo en el cristal limpio. “Por favor”, logró decir con una voz ronca que apenas se escuchaba.
“Ayúdeme!” Roberto abrió la puerta con mucha cautela. El olor que emanaba de dolores era una mezcla terrible de tierra húmeda, sangre y sudor. Señora, ¿qué le pasó? ¿Tuvo un accident? Dolores trató de hablar, pero las palabras no salían. Era como si su garganta se hubiera cerrado.
Solo pudo señalar hacia la dirección de donde venía y murmurar, “Me me enterraron. Me enterraron viva. Roberto pensó que la mujer estaba delirando. Tal vez había tenido un accidente y se había golpeado la cabeza. Tal vez había estado bebiendo o había tomado drogas, pero su instinto humano le decía que necesitaba ayuda urgente.
“Siéntese aquí”, le dijo acercándole una silla de plástico. “Voy a llamar a la Cruz Roja”. Dolores se sentó pesadamente, sintiendo que si no lo hacía inmediatamente se iba a desplomar. Roberto fue al teléfono que estaba detrás del mostrador y marcó el número de emergencias. Cruz Roja. Habla Roberto Vázquez de la gasolinera de la carretera Arandas, Guadalajara, kilómetro 5.
Tengo aquí a una señora que parece que tuvo un accidente. Está muy lastimada. Sí, muy lastimada. Está cubierta de sangre y lodo. No sé qué le pasó. Mientras Roberto hablaba por teléfono, Dolores se quedó sentada en la silla temblando.
La adrenalina que la había mantenido en movimiento durante su escape comenzaba a desvanecerse y ahora podía sentir realmente la magnitud de sus heridas. La cabeza le dolía con una intensidad que nunca había experimentado. Era como si tuviera un martillo golpeando constantemente contra el interior de su cráneo. Las manos le ardían por los cortes de cabar en la tierra. Los pies los tenía completamente destrozados por caminar descalza sobre las piedras, pero el dolor físico no era nada comparado con la confusión emocional que sentía. Estaba viva cuando debería estar muerta.
Estaba libre cuando debería estar enterrada. Era como si hubiera despertado en un mundo paralelo donde las reglas normales de la realidad no aplicaban. “Ya vienen por usted”, le dijo Roberto después de colgar el teléfono. “Van a estar aquí en 10 minutos. se acercó a ella con una botella de agua y un trapo limpio.
¿Quiere que le limpie un poco la cara? Dolores asintió con la cabeza. Roberto mojó el trapo y comenzó a limpiarle suavemente el lodo de la frente y las mejillas. Conforme la suciedad se iba quitando, él pudo ver las marcas que tenía. Un corte profundo en la parte superior de la cabeza, moretones en el cuello, rasguños por toda la cara.
Señora, se acuerda de su nombre. Dolores murmuró ella, Dolores Herrera Mendoza. Y se acuerda de qué le pasó. Dolores lo miró con esos ojos que brillaban con una luz extraña. Mi marido me golpeó con un ladrillo. Me enterró en el patio de la casa, pero no me morí. Roberto se quedó helado, enterrada viva. Eso era imposible.
Las personas no sobrevivían a eso, pero mientras más la miraba, más se daba cuenta de que el lodo que la cubría no era lodo común, era el tipo de tierra húmeda que se encuentra en los hoyos profundos y tenía ramitas, hojas descompuestas y pequeños gusanos pegados al cabello. “¿Su marido la enterró?”, preguntó Roberto con voz temblorosa.
Él y su mamá pensaron que estaba muerta, pero Dios me dio una segunda respiración. En ese momento llegó la ambulancia de la Cruz Roja. Roberto vio las luces rojas y azules acercándose por la carretera y sintió un alivio enorme. Él era solo un empleado de gasolinera.
No sabía cómo manejar una situación como esa. Dos paramédicos bajaron de la ambulancia, una mujer de unos 30 años llamada María Elena Soto y un hombre mayor llamado Jorge Castillo habían sido llamados a la gasolinera varias veces para atender a víctimas de accidentes carreteros, pero nunca habían visto algo así. Dios mío, murmuró María Elena cuando vio a Dolores.
¿Qué le pasó a esta mujer? Dice que su marido la golpeó con un ladrillo y la enterró viva explicó Roberto. Jorge y María Elena se miraron entre ellos. Habían escuchado historias increíbles en sus años como para médicos, pero esa era una de las más extremas. “Señora, soy María Elena, paramédica de la Cruz Roja”, le dijo la mujer a Dolores con voz suave. Vamos a llevarla al hospital para que la revisen.
¿Me permite tomarle los signos vitales? Dolores asintió débilmente. María Elena le puso el estetoscopio en el pecho y le tomó la presión arterial. Sus signos vitales estaban alterados, pero estables. Tenía la presión baja, el pulso acelerado y la temperatura corporal por debajo de lo normal, pero estaba consciente y respondía a las preguntas. “¿Puede caminar hasta la ambulancia?”, le preguntó Jorge.
Creo que sí, respondió Dolores tratando de ponerse de pie, pero cuando se levantó de la silla, las piernas le flaquearon y estuvo a punto de caerse. Jorge la sostuvo y la ayudó a llegar hasta la camilla de la ambulancia. Roberto, le dijo María Elena al empleado de la gasolinera, va a tener que venir con nosotros para dar su declaración. Usted fue quien la encontró. Declaración.
¿Para qué? Si lo que dice esta mujer es cierto, estamos hablando de un intento de asesinato. La policía va a querer hablar con usted. Roberto cerró la gasolinera y se subió a la ambulancia. Durante el trayecto al hospital regional de Guadalajara, que estaba a 40 minutos de Arandas, Dolores les contó su historia entre suspiros entrecortados.
les habló de su matrimonio con Ezequiel, de los años de maltrato de doña Ramona y sus humillaciones constantes. Les contó sobre la discusión del domingo, sobre el ladrillo, sobre despertar en terrada viva, sobreca cabar su salida con las manos desnudas. María Elena y Jorge la escuchaban con una mezcla de horror y fascinación.
Como profesionales de la salud habían visto muchos casos de violencia doméstica, pero nunca habían encontrado a una víctima que hubiera sobrevivido a su propio asesinato. “Señora Dolores”, le dijo María Elena mientras le limpiaba las heridas de las manos. “¿Estás segura de que su marido la creyó muerta cuando la enterró?” “Sí.” Doña Ramona le dijo que estaba muerta. Le tomó el pulso y todo.
¿Y cuánto tiempo estuvo enterrada? Dolores trató de calcular. No sé exactamente, tal vez cuatro o 5 horas. Cuando salí ya era de noche. Jorge movió la cabeza con incredulidad. Es imposible. Nadie sobrevive enterrado vivo durante tanto tiempo. Pero aquí estoy. Respondió Dolores con una sonrisa débil pero real.
Era la primera vez que sonreía desde hacía meses. Cuando llegaron al hospital ya había un pequeño grupo de personas esperándolos. Roberto había llamado por radio durante el trayecto y había contado la historia. La noticia se había extendido rápidamente entre el personal médico. El Dr.
Ernesto Jiménez, el médico de guardia, recibió a Dolores en la sala de emergencias. Era un hombre de 50 años con experiencia en casos de trauma, pero nunca había visto algo así. Vamos a hacerle una tomografía de la cabeza, le explicó mientras examinaba la herida del ladrillo. Necesitamos ver si hay daño cerebral por el golpe.
Mientras preparaban a Dolores para los estudios médicos, María Elena fue a hablar con la recepcionista. “Tienes que llamar a la policía”, le dijo. Esta mujer fue víctima de un intento de asesinato y si su historia es cierta, los agresores todavía andan libres. La recepcionista, una mujer mayor llamada Esperanza Lozano, marcó inmediatamente al Departamento de Policía de Guadalajara. Policía, habla Esperanza Lozano del Hospital Regional.
Tenemos aquí a una mujer que dice que su marido trató de matarla y la enterró viva. Sí, enterró viva. Necesitamos que venga alguien a tomar su declaración. En menos de una hora, el caso de Dolores Herrera se había convertido en la noticia más impactante que había llegado al hospital en años.
Las enfermeras hablaban de ella en susurros. Los médicos venían a verla aunque no fuera su paciente y hasta el personal de limpieza se asomaba por la puerta de su cuarto. Es un milagro, decía la enfermera Guadalupe mientras le ponía una vía intravenosa. Un milagro de Dios. ¿Usted cree en los milagros? le preguntó Dolores después de ver lo que le pasó a usted, ¿cómo no voy a creer? Esa noche en su cama del hospital, limpia por primera vez en días, con vendas limpias en las heridas y una bata blanca que olía a detergente y esperanza. Dolores se quedó despierta mirando el techo. No podía dormir. Cada
vez que cerraba los ojos, se sentía otra vez enterrada, aplastada por el peso de la tierra. Pero por primera vez en mucho tiempo no tenía miedo del futuro. Había muerto y había resucitado. Había sido enterrada y había emergido. Tenía una segunda oportunidad de vivir y esta vez nadie le iba a quitar esa oportunidad.
Lo que no sabía era que su historia ya había comenzado a extenderse más allá de las paredes del hospital y que para cuando amaneciera, todo el estado de Jalisco estaría hablando de la mujer que resucitó de su propia tumba. La justicia estaba a punto de despertar. El detective Armando Salazar recibió la llamada más extraña de su carrera a las 4:30 de la madrugada del lunes 9 de diciembre. Llevaba 23 años trabajando en la policía de Jalisco.
Había investigado asesinatos, secuestros, narcotráfico y todo tipo de crímenes violentos, pero nunca había recibido una llamada sobre alguien que había sobrevivido a su propio asesinato. “Detective Salazar”, le dijo la voz de la operadora desde el hospital regional, “neitamos que venga urgentemente.
Tenemos a una mujer que dice que su marido la enterró viva después de golpearla con un ladrillo. Armando se frotó los ojos tratando de despertar completamente. Enterró viva. ¿Estás segura de que eso fue lo que dijo? Sí, detective. La mujer se llama Dolores Herrera de Mendoza. Es de Arandas. Está aquí en el hospital viva después de haber estado enterrada durante varias horas.
Voy para allá, respondió Armando ya levantándose de la cama. Durante el trayecto al hospital, el detective trató de procesar lo que había escuchado en sus años de experiencia. Había visto casos donde los agresores creían que sus víctimas estaban muertas cuando en realidad solo estaban inconscientes. Pero que alguien sobreviviera a ser enterrado vivo era algo que solo había visto en películas.
Cuando llegó al hospital se encontró con una escena inusual. Era muy temprano, pero había más actividad de la normal. Enfermeras, médicos y personal administrativo hablaban en grupos pequeños y todos parecían estar comentando sobre lo mismo. Detective Salazar.
Lo recibió la doctora Patricia Moreno, la médica que había atendido a Dolores. Gracias por venir tan rápido. Tengo que decirle que en 30 años de ejercer la medicina nunca había visto algo así. ¿Cuál es el estado de la paciente? Estable, pero con trauma severo. Tiene una contusión craneal por un golpe contundente.
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