SU MARIDO LE DIO UN LADRILLAZO Y LA ENTERRÓ… SU SUEGRA CRUEL LO AYUDÓ, PERO NO IMAGINABAN LO QUE…

Múltiples laceraciones en las manos por haber cabado, cortes en los pies, deshidratación y, obviamente, trauma psicológico severo. Pero lo más impresionante es que no tiene daño cerebral permanente. Es como si algo la hubiera protegido. La doctora Moreno llevó al detective hasta el cuarto donde estaba Dolores. la encontró despierta, sentada en la cama del hospital, con el cabello limpio y recogido, vestida con una bata azul del hospital.

Sus manos estaban vendadas. Tenía un parche en la cabeza donde había recibido el golpe del ladrillo y su cara mostraba todavía los moretones y rasguños de su terrible experiencia. Pero lo que más impresionó al detective fueron sus ojos. brillaban con una claridad y una fuerza que no esperaba encontrar en una víctima de violencia doméstica.

Era como si hubiera pasado por el fuego y hubiera salido fortalecida. “Señora Mendoza”, le dijo Armando acercándose a la cama. “Soy el detective Armando Salazar. Vine a escuchar su versión de lo que pasó.” Detective, respondió Dolores con una voz clara y firme que sorprendió a Armando. Lo que le voy a contar va a sonar imposible, pero cada palabra es verdad.

Durante las siguientes dos horas, Dolores le contó toda su historia al detective. Empezó desde el principio. Su matrimonio arreglado con Ezequiel, los años de maltrato progresivo, las humillaciones de doña Ramona, el domingo fatal cuando la discusión escaló hasta el intento de asesinato.

Armando tomaba notas detalladas, pero también estudiaba cada expresión de dolores, cada gesto, cada inflexión de su voz. Había interrogado a cientos de testigos y víctimas y había desarrollado un instinto para detectar cuando alguien mentía. Dolores no estaba mintiendo. “Señora, ¿me puede describir exactamente dónde la enterraron?”, le preguntó el detective.

En el patio trasero de la casa, en la esquina donde Ezequiel quería construir un cuarto de herramientas. Es un área como de 3 m por 3 m junto a la pared que divide nuestra propiedad de la del vecino. Y dice que cabaron por 2 horas. Sí, yo estaba inconsciente, pero cuando desperté pude escuchar sus voces. Estaban hablando de cómo iban a explicar mi desaparición. Armando conocía bien el pueblo de Arandas.

Había nacido ahí y había trabajado algunos casos en la zona antes de ser transferido a Guadalajara. Conocía a la familia Mendoza de reputación. Ezequiel tenía el taller mecánico más próspero del pueblo y siempre había tenido fama de ser un hombre de carácter fuerte. Detective, le dijo Dolores inclinándose hacia delante, necesito que entienda algo. Yo estuve muerta, no inconsciente, no desmayada, muerta.

Mi corazón separó, mi respiración se paró, pero Dios me regresó a la vida porque tengo una misión que cumplir. ¿Qué misión? Hacer que se haga justicia, no solo por mí, sino por todas las mujeres que no tuvieron la oportunidad de salir de sus tumbas. Las palabras de Dolores le dieron escalofríos al detective. Había algo en su forma de hablar, una convicción absoluta que lo hizo creer que realmente había experimentado algo sobrenatural.

Señora Dolores, necesito que me firme una declaración formal y después vamos a ir a Arandas para investigar el lugar donde dice que fue enterrada. ¿Cuándo? Hoy mismo. Entre más rápido actuemos, mejor. Si lo que me dice es cierto, tenemos evidencia física que recolectar. A las 10 de la mañana, una caravana de vehículos policiales salió del cuartel de Guadalajara rumbo a Arandas.

Además del detective Salazar, iban dos agentes de investigación criminal, un fotógrafo forense y un especialista en medicina legal. Dolores había insistido en acompañarlos a pesar de las objeciones del personal médico. Es mi historia, había dicho. Tengo derecho a estar ahí cuando encuentren las pruebas. Cuando llegaron al pueblo, el detective se dirigió primero a la casa de los padres de Dolores.

Quería confirmar algunos detalles de su historia antes de enfrentar a los presuntos agresores. La reacción de Esteban y Esperanza Herrera cuando vieron a su hija bajar del auto policial fue de shock absoluto. “Dolores!”, gritó su madre corriendo hacia ella con lágrimas en los ojos. Mi hijita, pensamos que te habías ido. Ezequiel nos dijo que te habías largado con otro hombre.

Ezequiel les dijo eso, preguntó el detective Salazar. Sí, respondió Esteban con voz temblorosa. Ayer en la mañana vino muy temprano, como a las 7. Nos dijo que Dolores había empacado sus cosas y se había ido, que le había dejado una carta diciendo que ya no lo quería y que se iba a buscar una nueva vida.

¿Les mostró la carta?, preguntó Armando. No dijo que la había roto de la rabia. El detective miró a Dolores. Todo encajaba perfectamente con su versión de los hechos. Ezequiel y doña Ramona habían preparado una historia de encubrimiento, creyendo que nadie encontraría jamás el cuerpo. Señor Herrera, necesito que me acompañe a la casa de los Mendoza como testigo y traiga a algunos vecinos de confianza.

Quiero que haya varios testigos de lo que vamos a encontrar. Media hora después, una multitud se había reunido frente a la casa de cantera Rosa de Ezequiel Mendoza. La noticia de que Dolores había aparecido viva se había extendido por todo el pueblo con la velocidad del fuego y la gente salía de sus casas para ver qué estaba pasando.

Armando tocó la puerta principal. Fue Doña Ramona quien abrió vestida con una bata de casa color verde y expresión de fastidio. ¿Qué quieren?, preguntó con su voz chillona habitual. Policía de Jalisco, anunció el detective mostrando su placa. Venimos a investigar una denuncia por intento de asesinato. La cara de doña Ramona cambió completamente.

El color se le fue del rostro y comenzó a temblarle la voz. Intento de asesinato. ¿De qué están hablando? ¿Dónde está Ezequiel Mendoza? está en el taller trabajando. Vamos a necesitar que lo llame y también necesitamos registrar esta propiedad. En ese momento, Dolores se bajó del auto policial. Cuando doña Ramona la vio, sus piernas se doblaron y tuvo que agarrarse del marco de la puerta para no caerse. Dolores murmuró con voz casi inaudible.

Pero si tú si tú estás muerta, completó Dolores con una sonrisa fría. Eso pensaron usted y su hijo, pero Dios tenía otros planes. Doña Ramona se desplomó en una silla hiperventilando. El detective aprovechó su estado de shock para hacer la primera pregunta clave. Señora Ramona, ¿dónde creyó usted que estaba Dolores desde ayer? Yo yo Ezequiel me dijo que se había ido, que se había alargado.

¿Se había alargado o estaba muerta? La pregunta fue como un rayo. Doña Ramona se dio cuenta de que había caído en una trampa, pero ya era demasiado tarde. Yo no sé nada. Pregúntenle a mi hijo. El detective Salazar mandó a uno de sus agentes a buscar a Ezequiel al taller mecánico. Mientras tanto, él y el resto del equipo se dirigieron al patio trasero de la casa.

Lo que encontraron ahí fue evidencia irrefutable del crimen más bizarro que habían investigado jamás. En la esquina del patio, exactamente donde Dolores había dicho, había un área de tierra recién removida. Aunque habían tratado de disimularla con plantas en macetas y ladrillos, era obvio que alguien había acabado ahí recientemente.

“Ahí”, señaló Dolores. “Ahí es donde me enterraron”. El fotógrafo forense comenzó a tomar pictures desde todos los ángulos. El especialista en medicina legal empezó a tomar muestras de la tierra. “Vamos a acabar”, ordenó el detective. Con palas que trajeron del auto, comenzaron a excavar cuidadosamente.

A 30 cm de profundidad encontraron los primeros fragmentos de la lona que había envuelto a Dolores. A 50 cm encontraron manchas de sangre en la tierra. A un metro de profundidad encontraron los zapatos de Dolores que se habían quedado en el hoyo cuando ella salió. “Dios mío”, murmuró uno de los agentes. Es verdad, realmente la enterraron aquí.

La multitud que se había reunido alrededor de la casa comenzó a murmurar. Algunos gritaban insultos hacia la casa, otros se persignaban y murmuraban oraciones. Fue en ese momento cuando llegó Ezequiel, escoltado por el agente que lo había ido a buscar. Cuando vio la escena en su patio trasero, la policía acabando, los fotógrafos tomando evidencia, la multitud de vecinos mirando por encima de la barda, supo inmediatamente que todo había terminado.

Pero cuando vio a Dolores viva, parada junto al hoyo donde la había enterrado, su cara se transformó en una máscara de terror absoluto. “¡No!”, murmuró retrocediendo. No, no, esto no puede estar pasando, Ezequiel Mendoza anunció el detective Salazar con voz fuerte para que todos escucharan.

Está usted arrestado por intento de asesinato en primer grado contra Dolores Herrera de Mendoza. Ezequiel no opuso resistencia cuando le pusieron las esposas. estaba en estado de shock, murmurando incoherencias sobre fantasmas y resurrecciones. Doña Ramona también fue arrestada como cómplice. Cuando le pusieron las esposas, gritó, “Ella estaba muerta. Yo le tomé el pulso. Estaba muerta. Pero aquí estoy.

” Le respondió Dolores con calma sobrenatural. “Dios me trajo de vuelta para que ustedes pagaran por lo que hicieron.” La noticia de los arrestos se extendió por todo Jalisco antes del anochecer. Los medios de comunicación llegaron a Arandas en masa, transformando el pequeño pueblo en un circo mediático.

Dolores se convirtió instantáneamente en una sensación nacional. Los reporteros la bautizaron como la mujer del pozo, la resucitada de Arandas, el milagro viviente. Esa noche, en su cuarto del hospital, donde había decidido quedarse unos días más para recuperarse completamente, Dolores veía las noticias en televisión.

Una mujer de 21 años sobrevivió a ser enterrada viva por su propio esposo”, decía el reportero del canal 2. Dolores Herrera se ha convertido en un símbolo de supervivencia y esperanza para víctimas de violencia doméstica en todo México. Dolores apagó la televisión y se quedó mirando por la ventana hacia las montañas que rodeaban Guadalajara. Mañana comenzaría el proceso legal formal.

Tendría que revivir su historia una y otra vez frente a jueces, abogados y periodistas. Pero por primera vez en años no tenía miedo del futuro. Había muerto y había resucitado. Había sido enterrada y había emergido. Tenía una segunda oportunidad de vivir y esta vez nadie le iba a arrebatar esa oportunidad. La justicia terrenal había comenzado su curso, pero Dolores sabía que la verdadera justicia, la justicia divina, ya había sido servida en el momento en que pudo respirar bajo la tierra y encontrar la fuerza para acabar su camino hacia la libertad. En el juicio comenzó el martes 25 de febrero

del 2014, exactamente 2 meses y 17 días después de que Dolores resucitara de su propia tumba. El Tribunal Superior de Justicia de Jalisco, ubicado en el centro de Guadalajara, nunca había visto tanta expectación mediática para un caso de violencia doméstica. Desde las 5 de la mañana, cientos de personas se aglomeraron frente al edificio colonial de Cantera Gris, esperando conseguir uno de los escasos lugares disponibles para el público.

Había reporteros de televisión de todo México, corresponsales internacionales, activistas por los derechos de las mujeres, grupos religiosos que consideraban a Dolores un milagro viviente y simples curiosos que querían ver en persona a la mujer del pozo. Dolores llegó al tribunal a las 8 de la mañana acompañada por su abogada, la licenciada Carmen Solís.

Una mujer de 45 años especializada en casos de violencia de género. Dolores llevaba puesto un vestido negro sencillo, el cabello recogido en un moño bajo y un pequeño crucifijo de plata que le había regalado una monja del hospital. Ya no era la misma mujer flaca y aterrorizada que había estado casada con Ezequiel Mendoza.

En los últimos dos meses se había recuperado físicamente, había ganado peso y, sobre todo había desarrollado una presencia que impresionaba a todos los que la conocían. Sus ojos brillaban con una serenidad que parecía sobrenatural, como si hubiera encontrado una paz que venía de muy adentro. “¿Está lista a Dolores?”, le preguntó la licenciada Solís mientras subían las escaleras del tribunal.

He estado lista desde el día que salí de esa tumba”, respondió Dolores con una voz firme que no mostraba ni un rastro de nerviosismo. La sala del tribunal estaba completamente llena. En la primera fila, del lado derecho, estaban sentados los padres de Dolores, sus hermanos y algunos familiares que habían viajado desde diferentes partes de Jalisco para apoyarla.

Del lado izquierdo, en una sección mucho menos poblada, estaban los pocos familiares de Ezequiel que habían decidido asistir al juicio. En el centro de la sala, separados por un pasillo que parecía un abismo, estaban las mesas de la defensa y la acusación. Y en el banquillo de los acusados con uniformes anaranjados de presidiarios estaban Ezequiel Mendoza y su madre, doña Ramona.

 

 

 

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