Todos los días, camino al trabajo, le daba una moneda a un hombre sin hogar… hasta que una sola frase suya hizo que ya no me atreviera a regresar a casa.
Se llamaba Don Esteban Morales. Tenía setenta y seis años y había sido maestro de historia hasta que una estafa le robó su pensión y lo empujó a la calle. Al principio solo le sonreía al pasar, como se sonríe a alguien que forma parte del paisaje. Hasta que un día dejé una moneda de cinco pesos en su vaso. Nada heroico. Nada generoso. Él levantó la vista y me dijo que Dios me cuidara, con una voz cálida, profunda, que me tocó más de lo que esperaba.
A partir de ahí empezamos a hablar. Primero de cosas pequeñas, del clima, del ruido de la ciudad, del cansancio de los años. Luego de mi viudez, de su soledad, de las vidas que se rompen sin previo aviso. Don Esteban escuchaba de verdad. No interrumpía. No corregía. No daba consejos. Solo estaba. Y en ese estar silencioso, se volvió mi único amigo, la única persona que conocía toda mi historia sin juzgarla.
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