Todos los días, camino al trabajo, le daba una moneda a un hombre sin hogar… hasta que una sola frase suya hizo que ya no me atreviera a regresar a casa.

Un martes nublado de finales de marzo no estaba sentado en su banca. Estaba de pie, inquieto, mirando a la gente con una urgencia que nunca le había visto. Cuando me vio, se acercó rápido, me tomó del brazo con una fuerza que me sorprendió y, casi empujándome contra la pared fría de la biblioteca, me habló en voz baja. Me dijo que algo muy grave estaba ocurriendo en la fundación. Que desconfiara de la contadora pelirroja. Que revisara los registros de donaciones. Y, sobre todo, que no regresara a mi casa esa noche, que durmiera en cualquier otro lugar, donde fuera.

Yo sentí que el corazón se me subía a la garganta. Le pregunté cómo lo sabía. Él me miró fijo, con una seriedad que me heló la sangre, y solo me dijo que la gente habla frente a un indigente como si no existiera, y que él escuchaba todo.

En ese momento no sabía si creerle o no, pero esa misma noche entendería que algunas advertencias llegan justo antes de que todo arda.

Parte 2 …

 

En la fundación Manos Solidarias todo parecía normal. Demasiado normal. Las mismas sonrisas ensayadas, los mismos saludos automáticos, el mismo olor a café recalentado servido en vasos de unicel que se apilaban sobre la mesa de recepción como si el tiempo nunca avanzara en ese lugar. La gente entraba y salía con papeles en la mano, con historias difíciles en los hombros, buscando ayuda, buscando consuelo, buscando a alguien que los escuchara. Y yo estaba ahí, sentada detrás del mostrador, cumpliendo con mi trabajo como todos los días, mientras por dentro algo se iba apretando lentamente, como un nudo que no sabía cómo desatar.

La advertencia de Don Esteban me martillaba la cabeza sin descanso. Cada sonido me hacía brincar. Cada risa me parecía demasiado alta. Cada mirada, más larga de lo normal. Sentía el cuerpo tenso, como si estuviera esperando un golpe que no sabía de dónde vendría.

A media mañana, la directora me mandó llamar a su oficina.

Cerró la puerta con un cuidado excesivo, casi ceremonioso, y me indicó que me sentara frente a su escritorio. Tenía la misma expresión de siempre, esa mezcla estudiada de profesionalismo y cercanía que tantas veces había tranquilizado a voluntarios y donantes. Me habló con voz suave, pausada, explicándome que había un faltante grave en los registros de donaciones. Una suma importante. Dijo que la policía iba a investigar. Dijo que era solo un procedimiento. Que no debía preocuparme.

Pero sus ojos no sonreían.

Me observaban con atención, como quien evalúa cada gesto, cada respiración, buscando una grieta por donde empujar. Yo asentí, respondí lo justo, cuidé mis palabras como si fueran vidrio. Salí de la oficina con las piernas temblando, con la certeza incómoda de que algo ya se había puesto en marcha y que yo estaba, quisiera o no, dentro de ello.

Esa noche no regresé a casa.

Con los últimos ahorros que tenía renté un cuarto barato en un hotel viejo, cerca de una avenida ruidosa. Las paredes amarillentas estaban manchadas por la humedad y el aire olía a detergente barato y a abandono. Me senté en la cama sin quitarme los zapatos, abrazando mi bolsa como si fuera un salvavidas. No encendí la televisión. No recé. No lloré. Me quedé sentada, escuchando los sonidos de la calle, tratando de entender en qué momento mi vida había vuelto a torcerse.

A las dos de la madrugada sonó el teléfono.

 

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