Trabajé para mario moreno y esa noche descubrí al hombre que nadie conocía…

Trabajé para mario moreno y esa noche descubrí al hombre que nadie conocía…

Hola, mi nombre es Elena Vargas y tengo 94 años. Sé que a mi edad debería estar tranquila disfrutando mis últimos días en paz, pero hay algo que me ha perseguido durante 70 años. Algo que nunca le conté a nadie, ni siquiera a mis hijos. Es una historia sobre el hombre más famoso de México, sobre el comediante que hizo reír a millones, sobre Cantinflas. Pero no voy a hablarles del Cantinflas que ustedes conocen. Voy a hablarles del hombre que yo conocí.

del hombre que lloraba en las noches, del hombre que casi nadie vio realmente. Mi nombre es Elena Vargas. Nací en 1931 en un pueblo pequeño de Guanajuato. Crecí en la pobreza como tantos en esa época. Mi papá era campesino y mi mamá trabajaba lavando ropa ajena. éramos seis hermanos y yo era la mayor. Desde muy chica aprendí a cocinar, a limpiar, a cuidar a mis hermanos menores. La escuela fue un lujo que solo pude tener hasta los 12 años.

Después de eso, solo trabajo. Cuando tenía 19 años, en 1950, mi mamá enfermó gravemente. Los doctores decían que necesitaba medicinas caras, tratamientos que nosotros no podíamos pagar. Mi papá trabajaba de sol a sol. Pero no era suficiente. Mis hermanos eran demasiado chicos para ayudar. Entonces tomé una decisión. Me fui a la Ciudad de México a buscar trabajo como empleada doméstica. La capital era enorme, ruidosa, aterradora para una muchacha de pueblo como yo. Llegué con una maleta de cartón y la dirección de una prima lejana que trabajaba en una casa en la colonia Roma.

Ella me dejó quedarme en su cuarto de servicio mientras buscaba empleo. Durante semanas toqué puertas, ofrecí mis servicios, pero nadie me contrataba. Era muy joven, muy inexperta, muy provinciana. Fue en octubre de 1951 cuando todo cambió. Mi prima me contó que una señora que conocía estaba buscando empleada para una casa muy importante. No me dijo de quién era la casa, solo que pagaban muy bien y que necesitaban alguien discreta. trabajadora que supiera cocinar comida tradicional mexicana. Me arreglé lo mejor que pude con mi ropa más decente y fui a la entrevista.

La casa estaba en la colonia Nápoles. Era enorme, elegante, con jardines hermosos y una fuente en la entrada. Toqué el timbre temblando de nervios. Me abrió una mujer de unos 40 años, seria, bien vestida. Era la administradora de la casa. me hizo pasar a una sala pequeña y me entrevistó durante casi una hora. Me preguntó de dónde venía, qué sabía hacer, si tenía familia a la ciudad, si sabía leer y escribir, si podía guardar secretos. Esa última pregunta me pareció extraña, pero respondí que sí, que yo era muy discreta.

Me dijo que hacía aproximadamente 8 años. En 1944, el señor Mario había conocido a una mujer llamada Marion Roberts. Era una actriz norteamericana que había venido a México para trabajar en una película. Se enamoraron. Fue un romance intenso, apasionado, real. Pero el señor Mario estaba casado con Valentina y su imagen pública no podía mancharse con un escándalo de adulterio. La relación continuó en secreto durante casi un año. Marion quedó embarazada. Cuando se lo dijo al señor Mario, él entró en crisis.

Amaba a Marion. Quería estar con ella, quería tener ese hijo, pero no podía. Su carrera, su imagen, su estatus como ídolo nacional. Todo estaba en juego. Si se divorciaba de Valentina para casarse con una gringa embarazada, la prensa lo destruiría. Su carrera terminaría, México le daría la espalda. Marion volvió a Estados Unidos y tuvo al niño allá. Era un varón. Le puso Mario Arturo, igual que su padre. El señor Mario le envía dinero todos los meses. Paga todos los gastos del niño, pero no puede reconocerlo públicamente.

No puede ser su padre de verdad. Solo puede visitarlo en secreto dos veces por semana cuando Marion viene a México a quedarse en un departamento discreto que le paga. Rosalía me contó todo esto con voz baja, mirando constantemente hacia la puerta para asegurarse de que nadie nos escuchara. me dijo que la señora Valentina sabía de la existencia del niño, que por eso se había distanciado tanto del señor Mario, que por eso vivían vidas separadas bajo el mismo techo.

Pero todos guardaban las apariencias, todos actuaban, todos mentían. Me quedé en soc absoluto. El señor Mario tenía un hijo secreto, un hijo que no podía reconocer, un hijo que amaba, pero que tenía que esconder del mundo. De repente, todo tenía sentido. La tristeza en sus ojos, el llanto nocturno, la música melancólica a las 2 de la mañana. No era solo infelicidad matrimonial, era el dolor de un padre que no podía ser padre. Los días siguientes observé al señror Mario con otros ojos.

Cuando salía los martes y viernes, yo sabía que iba a ver a su hijo. Cuando volvía con expresión más relajada, yo sabía que había pasado unas horas preciosas siendo simplemente papá, sin cámaras, sin prensa, sin mentiras. Y cuando se encerraba en su estudio por las noches, yo sabía que estaba pensando en el niño que crecía sin poder llevar su apellido. En mayo de 1952 sucedió algo que me destrozó el corazón. Era un martes por la tarde. El señor Mario había salido como siempre a su visita secreta.

Yo estaba en el jardín regando las plantas cuando escuché que su carro entraba. Era muy temprano. Apenas había estado fuera una hora. Algo estaba mal. Lo vi bajar del carro con expresión devastada. Tenía los ojos rojos, la cara pálida, los movimientos lentos como de alguien en shock. entró a la casa sin verme siquiera. Escuché sus pasos subiendo las escaleras hacia su estudio. Luego escuché el portazo. Rosalía apareció en el jardín unos minutos después. Me preguntó si había visto al señor Mario.

Le dije que sí, que había llegado, pero que se veía muy mal. Rosalía entró a la casa preocupada. Yo continué con mi trabajo, pero no podía dejar de pensar en esa expresión devastada que había visto en su rostro. Esa noche, alrededor de las 10, Rosalía me llamó a su cuarto, cerró la puerta y me contó lo que había pasado. Marion le había dicho al señor Mario que se iba a casar. Había conocido a un hombre en Estados Unidos, un hombre bueno que quería casarse con ella y adoptar al niño legalmente.

 

 

 

 

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