Trabajé para mario moreno y esa noche descubrí al hombre que nadie conocía…

Él lo leyó y su expresión se llenó de compasión. Me abrazó dejándome llorar en su hombro. Luego me dijo que preparara mis cosas, que viajaría a Guanajuato inmediatamente, que su chófer me llevaría, que no me preocupara por nada. Me dio dinero otra vez, mucho dinero. Me dijo que era para el funeral, para ayudar a mi mamá, para mis hermanos. Le dije que no podía aceptar tanto, que ya me había ayudado demasiado. Él insistió. me dijo que mi papá había sido hombre trabajador, que merecía un funeral digno, que mi familia merecía apoyo en ese momento difícil.

Viajé a Guanajuato con el corazón destrozado. El funeral fue simple, pero digno. Gracias al dinero del señor Mario pudimos darle a mi papá un entierro decente, comprar una lápida bonita, hacer una misa. Mi mamá, que había envejecido tanto en los últimos años, lloraba desconsolada. Mis hermanos, ya más grandes, intentaban ser fuertes, pero se les notaba el dolor. Me quedé dos semanas con mi familia. Les dejé la mayor parte del dinero que el señor Mario me había dado.

Con eso podrían sobrevivir varios meses mientras mis hermanos encontraban trabajo. Cuando finalmente volví a la Ciudad de México, llevaba un peso nuevo en el corazón. Mi papá había muerto sin conocer descanso, igual que millones de mexicanos pobres que trabajaban hasta morir. Cuando volví a la casa, el señor Mario me recibió con preocupación genuina. Me preguntó por mi familia, me ofreció más ayuda si la necesitaba. Le agradecí con el corazón lleno. Le dije que gracias a su generosidad, mi familia estaría bien por un tiempo.

Él restó importancia al asunto como siempre hacía, pero yo veía en sus ojos que mi gratitud lo conmovía. Rosalía volvió al trabajo en agosto, recuperada de su enfermedad. La casa volvió a su rutina normal, pero algo había cambiado en el señor Mario. Después de ayudar a la actriz embarazada, empezó a involucrarse más activamente en obras de caridad. Creó un fondo secreto para ayudar a empleados del cine que estuvieran en problemas. Pagaba operaciones, medicinas, funerales, lo que fuera necesario.

Una tarde me llamó a su estudio. Tenía una propuesta para mí. Me dijo que había anotado mi dedicación, mi discreción, mi bondad. Me ofreció un puesto diferente. Ya no sería solo empleada doméstica, sería su asistente personal para sus obras de caridad. Mi trabajo sería recibir solicitudes de ayuda, investigar cada caso, presentarle reportes, coordinar pagos, todo en absoluto secreto. Acepté inmediatamente. Era una oportunidad de hacer algo más significativo, de ayudar a más gente. El señor Mario me enseñó cómo manejar los fondos, cómo verificar que las solicitudes fueran genuinas, cómo entregar la ayuda sin que se supiera de dónde venía.

Trabajábamos juntos varias horas al día revisando casos, decidiendo a quién ayudar, organizando todo. Fue durante esos meses cuando más conocí su corazón. Cada caso de un niño necesitado lo afectaba profundamente. Cada madre soltera que pedía ayuda le recordaba a Marion. Cada padre que no podía pagar medicinas para sus hijos le rompía el alma. Él daba sin límite, sin condiciones, sin esperar nada a cambio. Una noche, mientras revisábamos solicitudes, encontramos el caso de un hombre cuyo hijo de 8 años necesitaba cirugía urgente de corazón.

La operación costaba una fortuna. El hombre había vendido todo lo que tenía, pero no era suficiente. El niño moriría sin la cirugía. El señor Mario leyó la solicitud en silencio, luego cerró los ojos por largo rato. Cuando los abrió, tenía lágrimas corriendo por su cara. me dijo que aprobáramos el pago completo de la cirugía, pero que además quería conocer al niño. Eso era raro. Normalmente él mantenía distancia, ayudaba anónimamente sin involucrarse emocionalmente. Pero este caso era diferente.

Este niño tenía la misma edad que tendría su hijo Mario Arturo. Organizamos un encuentro discreto. El padre trajo al niño a la casa una tarde. El niño era delgado, pálido, con ojos enormes, llenos de inocencia. El señor Mario pasó dos horas jugando con él, haciéndolo reír, contándole historias. El niño no sabía quién era realmente ese señor amable que jugaba con él. Solo sabía que era alguien bueno. Cuando el padre y el niño se fueron, el señor Mario se encerró en su estudio.

Yo lo escuché llorar otra vez. Entendí que cada niño que ayudaba era una forma de ser padre de su hijo ausente. Cada sonrisa de niño agradecido sanaba un poquito el dolor de no poder ver sonreír a su propio hijo. En octubre de 1953 sucedió algo inesperado. Llegó una carta de Estados Unidos. Era de Marion. Adentro venía una foto. Era su hijo Mario Arturo, ahora de 9 años, en su uniforme de béisbol. El niño había crecido, estaba más alto, sonreía con seguridad.

Al reverso de la foto, Marion había escrito, “Pensé que querrías ver cómo está creciendo. Es un niño feliz. Gracias por darme la libertad de darle la vida que merece.” El señor Mario miró esa foto durante horas. La puso en su escritorio donde pudiera verla mientras trabajaba. Yo notaba que sus ojos se iban constantemente hacia esa imagen. Su hijo estaba feliz. Estaba bien cuidado. Tenía una vida normal. Eso debería haberlo consolado, pero solo lo hacía sentir más la ausencia.

En noviembre recibimos una solicitud de ayuda que nos impactó a ambos. Era de una mujer que vivía en un pueblo remoto de Oaxaca. Su hija, de 15 años había sido violada y quedó embarazada. La familia quería expulsarla. El pueblo la señalaba. Ella quería quitarse la vida. La madre pedía ayuda desesperada para salvar a su hija. El señor Mario leyó esa solicitud y se levantó de su escritorio con expresión determinada. Me dijo que íbamos a traer a esa muchacha a la ciudad de México, que pagaríamos todo su cuidado durante el embarazo, que después la ayudaríamos a comenzar una nueva vida.

Pero más importante, quería que la muchacha supiera que no estaba sola, que no era su culpa, que merecía vivir. Viajamos a Oaxaca en su carro personal, sin chóer, sin acompañantes. Fue un viaje largo y silencioso. Cuando llegamos al pueblo, la pobreza era devastadora. Casas de adobe a punto de caer, niños descalzos con barrigas hinchadas de hambre, perros flacos buscando comida entre la basura. Era como volver al México que ambos conocíamos de nuestras infancias. La muchacha se llamaba Rosa.

Tenía apenas 15 años, pero sus ojos parecían de alguien mucho mayor. Habían visto demasiado dolor, demasiado horror. Su mamá nos recibió en su casa humilde, llorando de agradecimiento porque alguien había venido a ayudar. El señor Mario habló con Rosa con suavidad infinita. le dijo que lo que le había pasado no era su culpa, que ella no tenía que cargar con vergüenza por algo que le hicieron contra su voluntad. Le dijo que su bebé era inocente y merecía nacer en un ambiente de amor, no de rechazo.

Le ofreció traerla a la capital donde podría tener atención médica, donde podría decidir libremente si quería quedarse con el bebé o darlo en adopción, donde podría empezar de nuevo. Rosa aceptó entre lágrimas. Nos la llevamos ese mismo día. Su mamá nos agradeció mil veces llamándonos ángeles del cielo. Durante el viaje de regreso, Rosa iba callada en el asiento trasero. Yo me volteaba cada tanto para asegurarme de que estuviera bien. Sus ojos miraban por la ventana viendo pasar el paisaje, probablemente preguntándose qué le esperaba en su nueva vida.

En la ciudad de México la instalamos en una casa pequeña, pero cómoda que el señor Mario alquiló específicamente para esos casos. Ya había ayudado a otras mujeres antes, así que tenía todo organizado. Rosa tendría todo lo que necesitara: médicos, comida, ropa, apoyo psicológico y tendría tiempo para decidir su futuro sin presiones. Durante los siguientes meses visité a Rosa regularmente para asegurarme de que estuviera bien. Ella empezó a abrirse conmigo. me contó sobre la violación, sobre como su agresor era un hombre respetado del pueblo que todos defendieron, sobre cómo la habían culpado a ella por provocarlo.

Me contó sobre su deseo de morir, sobre las noches llorando, sobre el asco que sentía hacia su propio cuerpo, pero también empezó a hablar de esperanza. El bebé que crecía dentro de ella no era solo símbolo de su trauma. empezaba a verlo como una vida inocente que merecía amor. Los doctores le explicaron que nada de lo que pasó era culpa del bebé. Poco a poco Rosa empezó a sanarse emocionalmente. En febrero de 1954, Rosa dio a luz a una niña hermosa.

Decidió quedársela. Le puso Elena como yo, porque decía que yo había sido la primera persona que la trató con dignidad en meses. Cuando me lo dijo, lloré de emoción. Era un honor inmenso que esa muchacha valiente le diera mi nombre a su hija. El señor Mario pagó todo para que Rosa pudiera establecerse. Le consiguió un trabajo en una fábrica textil. Le pagó un curso de costura para que tuviera un oficio. Le alquiló un departamento pequeño donde podía vivir con su hija.

Rosa floreció. De la muchacha rota que rescatamos en Oaxaca surgió una madre fuerte y dedicada. Este fue solo uno de docenas de casos similares que manejamos durante esos años. El señr Mario ayudaba sin límite a cualquiera que lo necesitara y todo en secreto absoluto. Nadie podía saber que Cantinflas era quien estaba detrás de toda esa generosidad. En marzo de 1954, el señor Mario me confesó algo que me sorprendió. Me dijo que toda su generosidad, toda la ayuda que daba, era su forma de expiar culpas.

Se sentía culpable por tener tanto cuando millones de mexicanos tenían tan poco. Se sentía culpable por no poder ser padre de su propio hijo. Se sentía culpable por vivir una mentira pública mientras tanta gente sufría verdades terribles. Le dije que no tenía por qué sentirse culpable, que él había trabajado duro por lo que tenía, que su éxito era merecido. Él negó con la cabeza. Me explicó que sí había trabajado duro, pero también había tenido suerte. Millones de mexicanos trabajaban igual o más duro que él y seguían siendo pobres.

La diferencia no era solo el esfuerzo, era la suerte, las oportunidades, las circunstancias. Me habló sobre su filosofía de vida. decía que los que tienen mucho tienen obligación moral de ayudar a los que no tienen nada, que la riqueza no era para acumular egoístamente, sino para compartir, que al final de la vida lo único que importaba era cuántas personas habías ayudado, cuántas vidas habías tocado positivamente. Esas conversaciones filosóficas se volvieron frecuentes. El señor Mario era un pensador profundo, disfrazado de comediante.

Leía constantemente filosofía, historia, política, literatura. Su estudio estaba lleno de libros subrayados con notas en los márgenes. Me prestaba libros, me pedía mi opinión, aunque yo apenas había terminado la primaria. Una noche me prestó un libro sobre existencialismo. Intenté leerlo, pero era muy complicado para mí. Se lo devolví disculpándome por no poder entenderlo. Él sonrió y me explicó los conceptos básicos. me habló sobre el absurdo de la existencia, sobre como cada persona tiene que encontrar su propio significado en la vida, sobre como la autenticidad es más importante que la aprobación social.

Le pregunté si él sentía que vivía auténticamente. Se quedó en silencio largo rato. Luego me dijo que no, que su vida pública era completamente inauténtica, que Cantinflas era un personaje que él interpretaba, pero que no era realmente él. me dijo que solo en esos momentos privados, cuando ayudaba a gente en secreto, cuando conversábamos sin máscaras, sentía que era genuinamente el mismo. En abril de 1954 recibió otra carta de Marion. Esta vez traía malas noticias. Su hijo Mario Arturo estaba teniendo problemas en la escuela.

Se peleaba con otros niños, tenía mal comportamiento. Los maestros se quejaban. Marion estaba preocupada. El padrastro intentaba disciplinarlo, pero el niño se revelaba. Marion preguntaba si el señor Mario tenía algún consejo, si había algo que pudiera hacer a distancia. El señor Mario se atormentó con esa carta. Se sentía impotente. Su hijo necesitaba una figura paterna fuerte y él no podía estar ahí. Todo el dinero del mundo no servía de nada si no podía abrazar a su hijo, hablar con él, guiarlo.

Escribió una carta larga para Marion explicándole técnicas de disciplina positiva, hablándole sobre la importancia de la paciencia, del amor incondicional, pero después de enviar esa carta se derrumbó. Me dijo que era absurdo, que estaba dando consejos de paternidad por carta cuando debería estar ahí físicamente siendo padre. me dijo que su hijo estaba actuando mal, probablemente porque sentía la ausencia de su padre biológico, porque en algún nivel intuitivo sabía que algo no cuadraba en su vida. Le dije que tal vez algún día, cuando su hijo fuera adulto, podría conocer la verdad y entender por qué las cosas fueron como fueron.

El señor Mario negó con tristeza. Me dijo que prefería que su hijo nunca supiera la verdad, que creciera creyendo que su padrastro era su verdadero padre, que tuviera una vida normal sin la carga de saber que Cantinflas era su papá. biológico. En mayo de ese año, el señor Mario empezó a filmar una nueva película. Se llamaba El bolero de Raquel. Era una comedia sobre un hombre que se enamora, pero no puede expresar sus sentimientos. La ironía no se me escapó.

Estaba actuando una historia que reflejaba su propia vida. Durante la filmación de esa película, el señor Mario se volvió más introspectivo. Un día me confesó algo perturbador. Me dijo que a veces cuando actuaba en sus películas, cuando hacía reír a todo el equipo de producción, sentía como si estuviera viendo su propia vida desde afuera, como si Mario Moreno estuviera observando a Cantinflas actuar, completamente separados, dos personas distintas en el mismo cuerpo. Le pregunté si eso lo asustaba.

me dijo que sí, que a veces temía perder completamente a Mario Moreno, que Cantinflas lo absorbiera totalmente hasta que ya no quedara nada del hombre real. Por eso valoraba tanto nuestras conversaciones, porque cuando hablábamos yo me dirigía a Mario, no a Cantinflas. Eso lo mantenía anclado a su humanidad. En junio sucedió algo que puso a prueba nuestra discreción. Un periodista ambicioso empezó a investigar la vida privada del señor Mario. Hacía preguntas en el vecindario, hablaba con comerciantes locales, intentaba sobornar a empleados de otros hogares para que contaran chismes.

Era evidente que buscaba algo escandaloso para publicar. El señor Mario se puso muy nervioso. Si ese periodista descubría sobre su hijo secreto, sobre sus caridades anónimas, sobre su intento de suicidió, todo se vendría abajo. Su carrera terminaría, su imagen sería destruida. Rosalía y yo redoblamos nuestra vigilancia. No hablábamos con nadie de nada. Cuando el periodista intentó sobornarnos ofreciéndonos dinero por información, lo rechazamos inmediatamente. Una noche el periodista apareció en la puerta de la casa. Exigía hablar con el señor Mario.

Decía que tenía evidencia de algo que el público necesitaba saber. El señor Mario lo recibió en su estudio. Yo me quedé afuera, pero escuché parte de la conversación. El periodista acusaba al señor Mario de tener una amante secreta, de financiar a una mujer en Estados Unidos. El señor Mario manejó la situación con frialdad impresionante. Le dijo al periodista que podía publicar lo que quisiera, pero que primero debería considerar las consecuencias. Le recordó que él, Cantinflas, era amado por todo México.

Cualquier periodista que intentara destruir su imagen se ganaría el odio del pueblo mexicano. Su carrera periodística terminaría antes de que la de Cantinflas terminara. Además, le ofreció algo inteligente. Le dijo que si el periodista mantenía discreción, él le daría exclusiva sobre sus proyectos futuros, entrevistas privilegiadas, acceso que ningún otro periodista tendría. Era más beneficioso para su carrera ser el periodista favorito de Cantinflas que ser el que intentó destruirlo. El periodista aceptó el trato, se fue de la casa y nunca publicó nada comprometedor.

Pero ese incidente dejó al señor Mario muy alterado. Se dio cuenta de que su privacidad estaba constantemente amenazada, que en cualquier momento alguien podía descubrir sus secretos. Esa presión constante lo estaba matando lentamente. En julio de 1954 sucedió algo hermoso que le dio esperanza. Rosa, la muchacha de Oaxaca, a quien habíamos ayudado, nos visitó con su bebé Elena. La niña tenía 5 meses. Estaba gordita y saludable. Rosa lucía transformada, radiante, orgullosa de su hija. Nos contó que había conocido a un hombre bueno en la fábrica textil, alguien que la aceptaba con su historia y amaba a la bebé como propia.

 

 

 

 

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