Trabajé para mario moreno y esa noche descubrí al hombre que nadie conocía…
Él cerró los ojos. Otra vez entró en pánico. Le grité su nombre, lo sacudí, pero no respondía. Rosalía volvió corriendo. Me dijo que el doctor venía en camino, que había dicho que era amigo personal del señor Mario, que era de confianza, que llegaría en 20 minutos. 20 minutos que parecieron 20 horas. Nosotras nos quedamos junto a él, turnándonos para hablarle, para mantenerlo con nosotras. El doctor llegó finalmente. Era un hombre de unos 50 años, serio, profesional. evaluó la situación rápidamente.
Nos preguntó qué había tomado. Le mostramos la botella de whisky y el frasco de pastillas. Eran sedantes fuertes. El doctor trabajó rápido. Le dio algo para provocarle el vómito. El señor Mario vomitó violentamente. Fue horrible verlo así, pero era necesario. Después de limpiar todo, el doctor nos ayudó a moverlo a su cama. le puso un suero, le inyectó algo, le tomó los signos vitales constantemente, estuvo trabajando por más de una hora. Finalmente, cuando el señor Mario parecía estabilizado, el doctor nos llamó a Rosalía y a mi afuera de la habitación.
nos miró muy serio, nos preguntó si alguien más sabía lo que había pasado. Respondimos que no, que la señora Valentina estaba en Cuernavaca y que no había otros empleados en la casa esa noche. El doctor asintió y dijo que eso era bueno, que lo que acababa de pasar no podía salir de esas paredes nunca, que la reputación del señor Mario, su carrera, todo se destruiría si alguien se enteraba. El doctor nos explicó que el señor Mario había intentado quitarse la vida.
Las pastillas combinadas con el alcohol podían haberlo matado si no lo hubiéramos encontrado a tiempo. Nos dijo que él se quedaría toda la noche vigilándolo, que necesitábamos limpiar el estudio completamente, deshacernos de cualquier evidencia, actuar como si nada hubiera pasado. Rosalía y yo pasamos las siguientes dos horas limpiando el estudio. Recogimos todas las pastillas del piso, tiramos la botella vacía, lavamos todo, ventilamos la habitación, trabajamos en silencio. Ambas enoc por lo que había pasado. Ambas conscientes de que acabábamos de presenciar algo que podía destruir al hombre más famoso de México.
El doctor se quedó hasta el amanecer. A las 6 de la mañana, el señor Mario despertó. Estaba confundido, desorientado, avergonzado. El doctor habló con él en privado por largo rato. No sé que le dijo exactamente, pero cuando salió de la habitación, el doctor nos instruyó que cuidáramos al señor Mario muy de cerca los próximos días, que no lo dejáramos solo, que si notábamos cualquier cosa extraña, lo llamáramos inmediatamente. Antes de irse, el doctor me miró a los ojos y me dijo algo que nunca olvidé.
me dijo, “Ustedes acaban de salvar la vida de un hombre que trae alegría a millones. Ese es un regalo que no muchas personas pueden dar, pero también es una carga. Ahora conocen su secreto más oscuro. Tendrán que llevarlo con ustedes por el resto de sus vidas.” Los días siguientes fueron extraños. El señor Mario se quedó en cama con la excusa de que tenía gripe fuerte. Canceló todas sus filmaciones y compromisos. La señora Valentina volvió de Cuernavaca, pero apenas entró a verlo.
Rosalía y yo nos turnábamos para cuidarlo, llevarle comida, asegurarnos de que tomara sus medicinas, de que no estuviera solo. Una tarde, cuando le llevé el almuerzo a su habitación, me pidió que me sentara. Yo obedecí nerviosa. Él me miró con ojos llenos de vergüenza y me agradeció por haberle salvado la vida. Le dije que no tenía que agradecerme nada, que solo había hecho lo correcto. Entonces me dijo algo que me rompió el corazón. Me dijo que esa noche había llegado a un punto donde simplemente ya no podía seguir actuando.
Toda su vida era una actuación constante. En público actuaba de ser el comediante alegre. En su matrimonio actuaba de ser el esposo contento. Con su hijo secreto actuaba de ser el padre ausente por buenas razones. Estaba cansado de actuar. Cansado de mentir, cansado de vivir una vida que no era realmente suya, le pregunté si había pensado en su hijo, en cómo se sentiría el niño si supiera algún día lo que había intentado hacer. Los ojos del señor Mario se llenaron de lágrimas.
Me dijo que pensaba en su hijo todo el tiempo, que ese niño era lo único real en su vida, pero que precisamente por eso dolía tanto, porque no podía ser padre de verdad, porque tenía que esconderse, porque otro hombre iba a criar a su hijo. Lloramos juntos esa tarde. Él en su cama, yo en la silla junto a él. Dos personas de mundos completamente diferentes, conectadas por un momento de dolor humano absoluto. Cuando finalmente me levanté para irme, él me tomó la mano y me hizo prometer algo.
Me hizo prometer que nunca contaría lo que había pasado esa noche, que lo llevaría a la tumba. Le prometí, esa promesa la he guardado durante 70 años hasta hoy. Y la razón por la que finalmente la rompo es porque creo que el mundo necesita saber la verdad, no para destruir el legado de Cantinflas, sino para humanizarlo, para que entiendan que detrás del comediante más grande de México había un hombre que sufría, que lloraba, que estaba tan roto que quiso terminar con su vida.
A finales de junio de 1952, el señor Mario volvió al trabajo. Retomó las filmaciones, las entrevistas, los eventos públicos. Volvió a hacer cantinflas, pero las cosas nunca fueron iguales en casa. Yo lo miraba diferente. Ahora, cada vez que lo veía sonreír en público, pensaba en esa noche en su estudio. Cada vez que hacía reír a millones en la pantalla, recordaba sus palabras. Estoy cansado de actuar. En julio de 1952, Marion se casó con el hombre americano. Rosalía me contó que el señor Mario recibió una carta de ella explicándole la situación, agradeciéndole por todo, despidiéndose.
Esa noche el señor Mario se encerró en su estudio otra vez. Yo me quedé despierta toda la noche escuchando, vigilando, aterrada de que intentara algo otra vez, pero no lo hizo. Esta vez solo lloró. Lloró toda la noche. Yo lo escuché a través de la puerta. Fueron horas interminables de llanto ahogado, de dolor que no podía contenerse. A las 5 de la mañana, finalmente hubo silencio. Me asomé por la rendija de la puerta. Él estaba sentado en su sillón mirando por la ventana con la cara hinchada de tanto llorar.
Los meses siguientes fueron de adaptación difícil. El señor Mario intentaba seguir adelante con su vida, con su carrera, pero era evidente que una parte de él había muerto. Ya no salía los martes y viernes. Ya no había esas visitas secretas que lo hacían feliz por unas horas. Su hijo se había ido de su vida para siempre. En agosto recibió una última carta de Marion. Rosalía me contó que en esa carta Marion le enviaba una foto del niño en su primer día de escuela.
El niño sonreía en el uniforme nuevo, sosteniendo una lonchera. Marion escribía que el niño estaba feliz, adaptándose bien a su nueva vida, que el padrastro lo trataba con amor. Supuestamente eso debía consolarlo, pero solo lo hundió más. Una tarde de septiembre lo encontré en el jardín sentado en una banca mirando al vacío. Me acerqué y le pregunté si necesitaba algo. Él negó con la cabeza, pero me pidió que me sentara con él un momento. Yo obedecí. Nos quedamos en silencio por largo rato.
Luego él habló. Me contó sobre la primera vez que cargó a su hijo. Fue en un hospital en Los Ángeles donde Marion dio a luz. Él había viajado en secreto usando un nombre falso. Cuando la enfermera le puso al bebé en los brazos, sintió algo que nunca había sentido antes, un amor tan grande que dolía físicamente. Supo en ese momento que daría su vida por ese niño sin dudarlo. le contó sobre las visitas secretas durante los años siguientes, cómo jugaba con su hijo en el departamento discreto que le pagaba a Marion, como le enseñó a decir papá, aunque el niño no podía llamarlo así en público.
Como celebraban cumpleaños a escondidas con pasteles pequeños y regalos que el niño no podía mostrarle a nadie más porque nadie podía saber de dónde venían, me contó sobre la última vez que vio a su hijo. Fue dos días antes de que Marion le dijera que se iba a casar. Jugaron con carritos en el piso. El niño se rió con esa risa pura que solo tienen los niños. Lo abrazó muy fuerte antes de irse y el niño le preguntó por qué lo abrazaba tan duro.
Él le dijo que era porque lo quería mucho. El niño respondió, “Yo también te quiero, tío Mario. Tío Mario, no podía decirle papá, tenía que decirle tío.” Esas palabras le rompieron el corazón entonces y se lo seguían rompiendo cada día. Mientras me contaba todo esto, las lágrimas corrían por su cara sin control. Yo también lloraba. No había palabras de consuelo que pudiera ofrecer. solo podía estar ahí escuchando, siendo testigo de su dolor. Después de esa conversación, el señor Mario y yo desarrollamos una relación diferente.
Ya no era solo mi patrón, era un ser humano que había confiado en mí su dolor más profundo. Yo dejé de verlo como Cantinflas, el ídolo, y empecé a verlo solo como Mario, un hombre roto intentando sobrevivir. En octubre de ese año empecé a notar que el señor Mario hacía algo diferente. Comenzó a buscar formas de ayudar a niños pobres. Donaba dinero anónimamente a orfanatos. Pagaba cirugías para niños enfermos. Financiaba becas escolares. Todo en secreto, sin publicidad, sin reconocimiento.
Le pregunté a Rosalía si sabía por qué hacía eso. Ella me explicó que era su forma de lidiar con el dolor. Si no podía ser padre de su propio hijo, al menos podía ayudar a otros niños. Cada niño que ayudaba era como salvar un pedacito de su hijo. Era su forma de seguir siendo padre, aunque fuera de forma indirecta. En noviembre de 1952 sucedió algo inesperado. La señora Valentina anunció que se mudaría permanentemente a Cuernavaca. Ya no vivirían juntos.
Mantendrían las apariencias en eventos públicos. Aparecerían juntos cuando fuera necesario, pero cada uno tendría su propia vida. El divorcio oficial no era posible por la imagen pública, pero esto era lo más cercano que podían tener a la separación. El señor Mario no peleó la decisión. Creo que en el fondo hasta se sintió aliviado. Ya no tendría que fingir ni siquiera en casa. Podría ser el mismo, al menos en la privacidad de sus paredes. La señora Valentina se fue una mañana de diciembre con varias maletas.
Se despidió de nosotras con educación distante. No hubo lágrimas. No hubo drama, solo una partida tranquila que marcaba el final de una farsa que había durado demasiado tiempo. Con la casa vacía, solo el señor Mario, Rosalía, yo y un jardinero que venía tres veces por semana, la atmósfera cambió completamente. Ya no había tensión constante, ya no había que actuar. El señor Mario se relajó un poco. Empezó a pasar más tiempo en casa, a conversar más con nosotras, a ser menos la estrella y más el hombre.
Una noche de diciembre me pidió que le preparara chocolate caliente y pan dulce. Lo llevé a su estudio y él me invitó a sentarme con él. “Quería compañía”, dijo. Nos sentamos en silencio por un rato, bebiendo chocolate, mirando el jardín oscuro a través de la ventana. Entonces me preguntó sobre mi vida, me preguntó sobre mi infancia, sobre mi familia, sobre mis sueños. Le conté cosas que no le había contado a nadie. Le hablé de como de niña soñaba con ser maestra, de como quería enseñar a leer a los niños de mi pueblo, pero que la pobreza me había obligado a dejar la escuela a los 12 años.
Le conté sobre mi papá, sobre cómo trabajaba hasta que su cuerpo ya no podía más, sobre mi mamá, que lavaba ropa ajena con las manos agrietadas sangrando de tanto restregar. Él escuchó todo con atención genuina. Cuando terminé de hablar, me dijo algo que me sorprendió. Me dijo que él y yo éramos más parecidos de lo que parecía. Ambos habíamos venido de la pobreza. Ambos habíamos tenido que sacrificar sueños por necesidad. Ambos cargábamos pesos que no podíamos compartir con el mundo.
La diferencia era que él tenía dinero y fama, pero eso no lo hacía más libre ni más feliz. Me habló de su infancia en el barrio de Tepito, de como su familia era pobre, de como tuvo que trabajar desde muy chico para ayudar a su mamá. me contó que de joven fue zapatero, carpintero, torero. Probó mil trabajos diferentes antes de descubrir que podía hacer reír a la gente y cuando lo descubrió, lo convirtió en profesión, pero nunca imaginó que esa profesión se convertiría en una prisión.
Me explicó que cuando eres pobre y desconocido tienes libertad. Puedes llorar en público, puedes estar triste, puedes ser tú mismo, pero cuando te conviertes en ídolo nacional, pierdes libertad. Tienes que ser lo que la gente espera que seas. Tienes que sonreír aunque estés muriendo por dentro. Tienes que actuar siempre, sin descanso, sin tregua. Esa noche entendía algo fundamental. La fama no es un regalo, es una maldición disfrazada. El señor Mario había ganado el amor de millones, pero había perdido su libertad, su privacidad, su derecho a ser humano.
Aby zobaczyć pełną instrukcję gotowania,
ver continúa en la página siguiente
Aby zobaczyć pełną instrukcję gotowania, przejdź na następną stronę lub kliknij przycisk Otwórz (>) i nie zapomnij PODZIELIĆ SIĘ nią ze znajomymi na Facebooku.
