Tres pruebas, un solo error y perdería a su burro… y su alma…

¡El Diablo llegó cargando un saco de oro y puso sus ojos en Matías… y el campesino terminó aceptando un trato que podía costarle la vida! Tres pruebas, un solo error y perdería a su burro… y su alma. Pero lo que nadie esperaba: un burro “de a pie”, aparentemente normal, vio las trampas antes que todos y cambió el rumbo de todo.

En un pueblito escondido entre cerros verdes y campos de maíz, donde el amanecer huele a tierra mojada y a café de olla recién hecho, vivía Pedro, un campesino de manos ásperas y mirada serena. Su casa era humilde: madera antigua, techo de lámina que cantaba cuando llovía, y un patio donde las gallinas correteaban como si el mundo fuera un juego. Pedro no tenía lujos, pero poseía algo que en el campo vale más que cualquier moneda: una vida honrada y un compañero fiel.

Ese compañero era Matías, un burro gris de orejas grandes y mirada profunda, casi humana. No era un animal que obedeciera solo por rutina: Matías observaba, analizaba y comprendía. Había llegado a la vida de Pedro como regalo de un amigo que se fue al norte, “para buscarle”, y desde entonces el burro se convirtió en su sombra: cargaba costales, jalaba la carreta, llevaba leña, subía veredas imposibles y, cuando el cansancio apretaba, se quedaba a un lado de Pedro como si supiera lo que pesa la vida.

Pedro hablaba con él como se habla con un hermano. Le contaba cosas que no se atrevería a decirle a nadie: que le daba miedo envejecer sin haber dejado algo bueno; que a veces la pobreza se sentía como una piedra en el pecho; que soñaba con comprar otra parcela, arreglar el techo, que su mesa nunca volviera a quedarse sin frijol. Y Matías, sin hablar, respondía con un resoplido suave, un empujón en el hombro, con la paciencia de un ser que no juzga pero acompaña.

Una tarde, mientras el sol descendía y el cielo se pintaba de naranja como cempasúchil, Pedro se sentó sobre un tronco a descansar. Matías se acomodó a su lado, rendido, y Pedro le acarició el lomo con cariño.

—Matías… —murmuró— no sé qué haría sin ti. A veces siento que eres lo único que no me falla.

El burro inclinó la cabeza y la recargó en su brazo. Pedro miró el campo, y por un instante todo parecía en calma. Pero la calma, como el humo del copal, se desvanece cuando menos se espera. Porque esa misma semana, en el tianguis del pueblo, apareció alguien que no parecía de ahí… y con su llegada el aire cambió, como si el monte contuviera la respiración.

Era un hombre vestido de negro, con sombrero ancho, botas brillantes y un cinturón con hebilla que reflejaba el sol. Parecía un charro salido de las historias que cuentan los abuelos cuando ya es de noche y nadie quiere salir al patio. Caminaba despacio, sin prisa, y aun así la gente se hacía a un lado. No era miedo exacto… era una incomodidad, como cuando te observan desde lejos y no sabes por qué. Sus ojos eran oscuros, demasiado quietos, como un pozo donde no llega la luz.

Pedro lo vio entre los puestos de fruta y chiles secos. Estaba vendiendo calabazas cuando el hombre se le acercó.

—Buenos días —dijo Pedro por educación, como le enseñaron—. ¿Se le ofrece algo?

El forastero lo miró como si ya lo conociera.

—Busco algo especial —respondió con voz grave—. He oído que aquí tienen un burro… uno que no es como los demás. Matías, le dicen.

A Pedro se le heló la espalda. No por el nombre, sino por la forma en que lo dijo, como si lo saboreara.

—Matías es mío —respondió con cautela—. Es trabajador y es… mi compañero. ¿Por qué?

El forastero sonrió apenas, y esa sonrisa no calentó nada: enfrió.

—Te doy oro por él. Oro de verdad. Lo suficiente para que no vuelvas a doblar la espalda en el surco.

Pedro tragó saliva. En su mente aparecieron imágenes como relámpagos: un techo nuevo, una mesa llena, una parcela más grande, ropa para los niños, medicinas sin tener que pedir fiado. La tentación golpeó directo al corazón.

—Necesito pensarlo —dijo—. No es cualquier burro.

 

 

 

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