Tres pruebas, un solo error y perdería a su burro… y su alma…

—Piénsalo rápido —susurró el hombre—. Las oportunidades… no se repiten.

Se fue y dejó detrás un olor extraño, como tierra mojada mezclada con ceniza. Pedro recogió sus cosas sin sentirlas. Esa noche, mientras Matías masticaba tranquilo en el corral, Pedro le habló con la voz quebrada:

—Me ofrecieron una fortuna por ti —confesó—. Una vida distinta, Matías… pero ¿cómo se vende a un amigo?

Matías lo miró fijo, largamente, como entendiendo el peso exacto de esa palabra: vender. Y en ese silencio, Pedro sintió algo extraño. No solo él estaba siendo probado; el burro también reflexionaba. Sus ojos no mostraban miedo… sino alerta viva, como de quien ya vio venir la tormenta.

Al día siguiente, el forastero regresó. Traía un saco y, al abrirlo, el brillo de las monedas parecía encender el aire. Varias personas del pueblo se asomaron desde lejos, murmurando.

—Aquí está tu futuro —dijo el charro de negro—. Solo dámelo.

Pedro miró el oro. Luego miró a Matías, que estaba quieto, como si el tiempo se hubiera detenido a su alrededor. Pedro sintió que la garganta se le apretaba.

—No puedo —dijo al fin, con firmeza—. No está a la venta.

En los ojos del forastero pasó una chispa roja. No levantó la voz, no se enojó. Solo sonrió, con malicia desnuda.

—Entonces no entiendes con quién estás jugando, Pedro.

El viento sopló raro. Las gallinas se alborotaron. Hasta el perro, que siempre ladraba, metió la cola y se fue a esconder.

Esa noche, el aire en la casa se puso pesado. Pedro intentó dormir, pero el sueño no llegaba. Matías estaba inquieto, golpeando el suelo con una pezuña. De pronto, una ráfaga helada apagó la vela y la oscuridad se tragó todo. En medio de ese silencio apareció el forastero, más alto, más sombrío, como si la sombra le perteneciera.

—Yo soy quien te ofreció el trato —dijo—, pero no era una compra común. Soy el que se lleva lo que desea. Soy el Diablo… y ese burro me interesa por razones que tu corazón apenas sospecha.

Pedro sintió que el suelo se le movía.

—No te lo llevarás —dijo, aunque le temblaban las piernas.

El Diablo soltó una risa que sonó como trueno lejano.

—Te propongo un pacto: tres pruebas. Si las superas, Matías será libre y tú conocerás prosperidad. Si fallas… me llevo al burro y tu alma.

Pedro volteó a ver a Matías. El burro no se movía, pero sus ojos brillaban con determinación, como diciendo: “Aquí estoy”.

—Acepto —susurró Pedro, porque no había otra salida.

Cuando el Diablo desapareció, Matías empujó a Pedro con el hocico hacia afuera. Lo guió por un sendero entre árboles hasta un claro que Pedro nunca había visto. Allí, un círculo de piedras antiguas brillaba bajo la luna. Matías se paró en el centro y rebuznó con fuerza. El aire vibró… y apareció una figura luminosa, como neblina con corazón.

—Pedro —dijo la voz, suave como agua—. Soy el guardián del monte. Tu burro me llamó porque vio el peligro antes que tú. Confía en Matías. Él ve lo que otros no ven. Recuerda: el Diablo no solo tienta con oro… tienta tus heridas.

La figura se desvaneció. Pedro quedó temblando, pero ya no de miedo: de comprensión. Abrazó a Matías como si abrazara su destino.

La primera prueba llegó al amanecer. El Diablo los llevó hasta un río crecido, de esos que se vuelven furiosos cuando baja el agua de la sierra. No había puente. El agua era espuma, fuerza, amenaza.

—Crúzalo —ordenó—. Sin ayuda. Solo con tu burro.

Pedro miró el río y sintió que era imposible. Matías, en cambio, caminó a la orilla, olfateó y observó. Encontró un tramo donde el agua se estrechaba y unas piedras grandes formaban un camino incierto. Matías dio el primer paso con calma que parecía burla. Pedro lo siguió, temblando, saltando de roca en roca, escuchando el rugido del agua bajo sus pies. Resbaló una vez, y Matías se colocó a su lado para sostenerlo, como si supiera cuándo la vida te suelta. Al final, llegaron al otro lado.

El Diablo frunció el ceño.

—Bien —escupió—. Solo fue el comienzo.

La segunda prueba fue un laberinto de espejos en medio del monte, como si alguien hubiera sembrado paredes de cristal entre los árboles. El sol pegaba y todo reflejaba: el rostro de Pedro, el lomo de Matías… y también cosas que no estaban ahí.

—Aquí —dijo el Diablo— verás lo que más deseas y lo que más temes. Tráeme la gema del centro si quieres seguir vivo.

Pedro entró. Al primer giro se vio con la casa en ruinas, la gente señalándolo, la milpa seca, su madre llorando, sus manos vacías. Vio oro, montones de oro, pero nadie a su alrededor. Ni Matías. Ni risas. Solo eco.

El laberinto mareaba. Las sombras se movían en los espejos. Pedro sintió que su mente se rendía. Entonces escuchó el rebuzno de Matías, firme, cortando el miedo como machete. El burro avanzaba con la cabeza alta, y cada vez que un espejo mostraba una ilusión, Matías desviaba el paso, como olfateando la mentira.

Pedro decidió mirar solo a Matías, como quien se agarra de una cuerda en plena corriente. Lo siguió, respiró con él, confió en él. Tras horas que parecieron años, llegaron al centro: una gema sobre un pedestal de cristal, brillando como estrella.

Pedro la tomó y sintió claridad. Como si esa piedra le recordara que el miedo no manda cuando el amor sostiene. Salieron del laberinto juntos, y el Diablo los esperaba con la mandíbula tensa.

—Una más —dijo—. Y te juro que querrás morir….

 

 

 

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