Tres pruebas, un solo error y perdería a su burro… y su alma…

 

La última prueba los llevó a la cima de un cerro, donde el aire corta y el silencio pesa. Una cueva oscura se abría como boca hambrienta.

—Entra —ordenó el Diablo—. Ahí vive tu mayor temor. Si sales con el símbolo de tu victoria, ganas. Si no… te quedas conmigo.

Pedro sintió que no era fuerza lo que se probaba. Era el alma.

Entró con Matías pegado a él. La oscuridad parecía tener manos. Las paredes se encendieron con escenas: Pedro viejo y solo, Pedro arrodillado pidiendo limosna, Pedro viendo a Matías llevado por una sombra, Pedro escuchando risas que lo llamaban tonto por no venderse. De pronto, vio la peor imagen: él atrapado, sin voz, sin voluntad.

Una voz salió del pozo:

—Ríndete. Nadie te salva. Nadie te entiende. Nadie te ama.

Por un segundo, Pedro sintió su corazón roto. Porque ese era su miedo real: no el hambre, no la deuda, no el trabajo… sino ser invisible, inútil, olvidado.

Matías rebuznó fuerte, golpeando la mentira. Se plantó frente al pozo, firme, y miró a Pedro. Pedro entendió algo sencillo: el amor no necesita palabras. La lealtad existe. Él no estaba solo.

—¡No! —gritó Pedro con fuerza desde el estómago—. No me voy a rendir. Yo sí valgo. Mi vida sí vale. Y mi amistad… vale más que tu oro.

Tomó una piedra y la lanzó al pozo. Las sombras temblaron. Figuras fantasmales surgieron susurrando dudas. Pedro avanzó paso a paso. Matías respiraba con él, sosteniéndolo sin tocarlo. Poco a poco, como humo golpeado por viento, las sombras desaparecieron.

En el centro apareció un amuleto luminoso, un “milagrito” dorado como los que cuelgan en las iglesias cuando se pide ayuda. Pedro lo levantó y sintió paz. Salió de la cueva con Matías. Afuera, el Diablo esperaba, pálido de rabia.

—Ganaste —escupió—. No puedo romper el pacto.

El viento se llevó su figura, como si nunca hubiera existido. Pero antes de desaparecer, dejó una última mirada: la tentación siempre vuelve… solo que ya no te encuentra igual.

Pedro regresó al pueblo con Matías y el amuleto. Los vecinos salieron a verlos. Alguien lloró, alguien rezó. Los niños se acercaron al burro como a un héroe verdadero. Esa noche hicieron fiesta: música, tamales, risas, velas bajo el cielo abierto. Pedro contó lo sucedido, no para presumir, sino para dejar enseñanza:

—El Diablo no me quiso comprar un burro —dijo mirando a todos—. Me quiso comprar a mí… con mi miedo. Pero Matías me recordó que uno no se vende cuando ama de verdad.

Los años siguieron, y la vida mejoró. No porque el oro cayera del cielo, sino porque Pedro ya no caminaba con la cabeza agachada. Trabajó con más fe, ayudó a otros, compartió lo que pudo. El amuleto quedó colgado en su casa, no como trofeo, sino recordatorio: la prosperidad más grande es tener alguien que te sostenga cuando la noche tiembla.

Y Matías… Matías envejeció en esos campos como un rey humilde, recibiendo caricias, cargando menos, descansando más. A veces, al caer la tarde, Pedro se sentaba en el mismo tronco y le hablaba como antes.

 

 

 

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