Durante casi un mes, Daniel Hartman dio el mismo paseo lento cada tarde.
Se decía a sí mismo que era para tomar aire fresco, una forma de despejarse tras largas mañanas mirando números que ya no significaban mucho para él. Pero en el fondo, sabía que la verdad era más dura que eso.
Tres semanas antes, su padre había fallecido sin previo aviso. Un instante vivo, al siguiente desaparecido. Sin un largo adiós. Sin oportunidad de hacer las preguntas que Daniel siempre había pospuesto.
Daniel tenía cuarenta y un años y, según cualquier estándar, era rico sin límites. Hoteles. Edificios de oficinas. Inversiones repartidas por ciudades que ya rara vez visitaba. La herencia había sido suya mucho antes del funeral, pero ahora la sentía como una carga que no sabía cómo llevar.
Su ático, antaño símbolo de éxito, se le hacía insoportable. Demasiado silencioso. Demasiado limpio. Demasiado vacío. Por la noche, el silencio lo oprimía hasta que le resultaba imposible dormir.
La voz de su padre resonaba en sus pensamientos, las mismas palabras que había repetido durante años.
“Si alguna vez te sientes perdido”, solía decir su padre, “ve donde vive la gente de verdad. El dinero no te enseña nada de la vida”.
Así que Daniel caminó.
Todas las tardes, recorría Riverside Commons, un modesto parque encajonado entre viejos edificios de apartamentos y una estrecha ribera en Portland. No era un paisaje como prometen los folletos de viajes, pero estaba lleno de vida. Los niños corrían por senderos agrietados. Las parejas sentadas en los bancos conversaban en voz baja. Los vendedores ofrecían comida sencilla en carritos que humeaban en el aire frío.
Se sentía real.
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