Un hombre rico perdió lentamente la vista hasta que una chica tranquila en el parque le susurró: "No te estás quedando ciego, es tu esposa quien te está poniendo algo en la comida", revelando un plan oculto que nadie quería ver.
Desde el hotel, vigilaban la casa, porque Reid había organizado discretamente una vigilancia legal que cumplía con las normas locales, y porque Harlan había aprendido que la verdad a menudo sale a la luz cuando dejas de preguntarla con educación.
La primera tarde, un sedán oscuro se estacionó frente a la puerta, y salió un hombre con aspecto refinado, como quien espera ser recibido. Caminó hacia la puerta como si perteneciera a ese lugar, y Marina lo dejó entrar sin dudarlo.
Harlan apretó los puños hasta que le dolieron los nudillos, porque la traición duele incluso cuando uno se prepara para ella; sin embargo, bajo el dolor se percibía una leve sensación de alivio, porque el miedo ya no era frívolo.
"Ese no es un vecino", dijo Reid en voz baja, observando las marcas de tiempo.
Pasaron horas antes de que el hombre se marchara, ajustándose la chaqueta como si nada hubiera pasado, y Harlan miraba la pantalla como se mira una grieta en el cristal, porque una vez que la ves, no puedes fingir.
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