Un mensaje audaz que inesperadamente despertó reflexión

La notificación apareció en mi pantalla temprano esa mañana: roja brillante, insistente, imposible de ignorar.
Ni siquiera había terminado mi café. Sus palabras prometían prosperidad, un momento propicio y puertas a punto de abrirse. Pero en lugar de emoción, sentí una silenciosa vacilación. Había visto mensajes así antes: seguros, rotundos, diseñados para llamar la atención. Este hizo algo diferente. Me hizo detenerme.

La palabra «atención» se quedó conmigo, no como una orden, sino como una pregunta. ¿A qué estaba prestando realmente atención en mi vida? Mucha gente se siente atraída por las señales y predicciones porque ofrecen consuelo. Sugieren claridad donde habita la incertidumbre. Implican que el éxito llegará de repente, anunciado a viva voz, envuelto en certeza. Pero el verdadero progreso rara vez funciona así. No surge de repente. Se acumula —lentamente, casi invisiblemente— mediante la disciplina, la paciencia y pequeñas decisiones repetidas a lo largo del tiempo. La imagen en mi pantalla parecía menos un pronóstico y más un símbolo de la facilidad con la que la esperanza puede ser externalizada. Los sistemas de creencias, ya sean espirituales, culturales o simbólicos, a menudo no generan resultados por sí solos. Lo que sí generan es impulso. Recuerdan que es posible mejorar, y a veces ese recordatorio basta para impulsar la acción. Cuando alguien cree que se avecinan días mejores, tiende a actuar con más confianza, a asumir riesgos que antes evitaba y a mantenerse firme ante los reveses. En ese sentido, los mensajes de esperanza no dictan el futuro, sino que activan el presente.

 

 

 

 

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