Un millonario finge estar paralizado para poner a prueba a su novia, pero encuentra el verdadero amor donde menos lo espera…

Al principio, era perfecta. Lloraba desconsoladamente a su lado, llamándolo «mi valiente». Pero en una semana, Adrien empezó a notar las grietas. Ella suspiraba con impaciencia cuando él dejaba caer el teléfono.

Les pedía a las criadas que le dieran de comer porque «no podía soportar verlo». Y una noche, la oyó hablar por teléfono, riéndose con una amiga.

“Sinceramente, es patético. Un hombre como él, postrado en una silla de ruedas. No puedo vivir así para siempre.”

Esas palabras se le grabaron a fuego. Sin embargo, en silencio, alguien más notó su dolor: Marbel , una nueva doncella del campo. Era de voz suave y serena, nunca intrusiva, pero siempre presente cuando él la necesitaba.

Cuando Cassandra olvidó traerle la medicación, Marbel lo hizo. Cuando la manta de Adrien se resbaló, ella la arregló con delicadeza.

Los días se convirtieron en semanas. Las visitas de Cassandra se hicieron más cortas, sus excusas más largas. Adrien vio cómo la mujer que creía amar se alejaba, su compasión reemplazada por fastidio.

Llegó entonces la noche de la fiesta de cumpleaños de su amigo. Cassandra le suplicó que asistiera, diciéndole que sería “bueno para su imagen”. Pero una vez allí, rodeado de invitados deslumbrantes, lo dejó solo en una mesa apartada: un hombre en silla de ruedas, olvidado por la mujer que decía amarlo.

Cuando finalmente regresó, su voz resonó por la terraza, ligera y cruel.

 

 

 

 

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