—Mírenlo ahora —bromeó, y su risa resonó en la noche—. Una sombra del hombre que solía ser.
La multitud soltó una risita nerviosa. El rostro de Adrien palideció, la vergüenza le quemaba el pecho. Se aferró a las ruedas de su silla, intentando no caerse.
Y entonces, detrás de él, la mano serena de Marbel se posó en el asa de su silla de ruedas. No dijo nada; su silenciosa fortaleza se interponía entre él y la humillación.
En ese momento, el corazón de Adrien se rompió por completo.
A la mañana siguiente, la mansión estaba en silencio, salvo por el tictac de un reloj. Cassandra seguía durmiendo arriba, y su perfume flotaba tenuemente en el aire. Adrien estaba sentado solo en su estudio, mirando fijamente la silla de ruedas que se había convertido en símbolo de su propia insensatez.
Él quería la verdad, y la encontró. Pero la verdad dolió mucho más de lo que esperaba.
Llamó a Cassandra para que bajara. Cuando ella apareció, bostezando y mirando su teléfono, él dijo en voz baja: «Cassandra, tenemos que hablar».
¿Puede esperar? Tengo planes para un brunch con…
—No —Su voz resonó en el aire.
La miró durante un largo rato, luego puso las manos en los brazos de la silla de ruedas. Lenta y deliberadamente, se puso de pie .
Cassandra se quedó paralizada. El teléfono se le resbaló de la mano y cayó con estrépito al suelo de mármol.

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