Un millonario finge estar paralizado para poner a prueba a su novia, pero encuentra el verdadero amor donde menos lo espera…

A la mañana siguiente, la mansión estaba en silencio, salvo por el tictac de un reloj. Cassandra seguía durmiendo arriba, y su perfume flotaba tenuemente en el aire. Adrien estaba sentado solo en su estudio, mirando fijamente la silla de ruedas que se había convertido en símbolo de su propia insensatez.

Él quería la verdad, y la encontró. Pero la verdad dolió mucho más de lo que esperaba.

Llamó a Cassandra para que bajara. Cuando ella apareció, bostezando y mirando su teléfono, él dijo en voz baja: «Cassandra, tenemos que hablar».

¿Puede esperar? Tengo planes para un brunch con…

—No —Su voz resonó en el aire.

La miró durante un largo rato, luego puso las manos en los brazos de la silla de ruedas. Lenta y deliberadamente, se puso de pie .

Cassandra se quedó paralizada. El teléfono se le resbaló de la mano y cayó con estrépito al suelo de mármol.

—¿Tú… tú no…? —tartamudeó.

—No —dijo Adrien simplemente—. No estoy paralizado. Quería saber si me amabas a mí o a mi fortuna. Ahora tengo mi respuesta.

Su rostro se contrajo entre la furia y la vergüenza. “¿Me engañaste? ¿Sabes lo cruel que es eso?”

Él la miró con calma. «No hay nada más cruel que fingir amar a alguien que nunca te importó».

La voz de Cassandra se alzó con ira, pero sus palabras se perdieron en la distancia. En menos de una hora, se había marchado: su ropa hecha la maleta, sus pendientes de diamantes olvidados en la cómoda.

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