Un millonario finge estar paralizado para poner a prueba a su novia, pero encuentra el verdadero amor donde menos lo espera…
Adrien permaneció de pie en el silencio vacío de la mansión, sin sentir ninguna satisfacción, solo agotamiento.
Entonces oyó una voz suave desde la puerta. —¿Señor?
Era Marbel, que llevaba una bandeja con su desayuno. Se detuvo al verlo de pie, abriendo mucho los ojos.
—Supongo que ahora ya sabes la verdad —dijo con una débil sonrisa.
Marbel vaciló un instante y luego asintió. —Lo sospechaba. A veces movías las piernas… cuando creías que nadie te veía.
Exhaló, sorprendido. —¿Y no dijiste nada?

—Creí que tenías tus razones —dijo en voz baja—. No me importaba la mentira. Lo que vi fue soledad, y quise ayudar.
Su honestidad hirió más que cualquier acusación. A Adrien se le hizo un nudo en la garganta. —Lo siento —susurró—. Por el engaño… y por lo que me costó.
Marbel negó suavemente con la cabeza. —A veces, la verdad tiene un precio. Pero al menos ahora eres libre.
Por primera vez en meses, Adrien sintió que algo se elevaba en su interior; no alegría, sino claridad.
La mansión, antaño llena de música y fiestas, quedó en silencio tras la marcha de Cassandra. Adrien canceló las próximas galas, evitó ser el centro de atención y empezó a pasar los días en los jardines, no por tristeza, sino por reflexión.
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