Un millonario vuelve tras 17 años… y se queda en shock al descubrir que su esposa tiene dos hijos …

Valeria permitió que se lo pusiera. Al sentir su perfume cerca, Alejandro recordó que el amor verdadero se construye con acciones y constancia, no con regalos.

Con el tiempo, Alejandro y Valeria caminaron juntos hacia la reconciliación total. Una tarde soleada, cerca del río donde se enamoraron de jóvenes, Alejandro se arrodilló con un anillo simple y delicado:

—Valeria Santos… ¿quieres casarte conmigo? No para borrar el pasado, sino para construir algo nuevo. Para que nuestros hijos vean que el amor también sabe reparar.

Valeria miró a Miguel y Mateo, con ojos brillantes, y luego a Alejandro:

—Sí —dijo, con la voz temblorosa de emoción—. Sí.

Los años siguientes estuvieron llenos de vida real: graduaciones, goles en finales escolares, libros publicados, cenas con risas, discusiones pequeñas y reconciliaciones rápidas. Y un día llegó Helena, una niña de ojos verdes como los suyos y sonrisa dulce como la de su madre. Alejandro la sostuvo en brazos y lloró distinto: esta vez estuvo presente desde el principio.

En un domingo familiar, con la casa llena de nietos ruidosos, Alejandro levantó su vaso:

—Brindo por los errores que nos enseñan, por las segundas oportunidades que transforman y por el amor que, cuando es verdadero, decide quedarse.

Valeria le apretó la mano bajo la mesa. Miguel rió como cuando era niño. Mateo lo miró con esa calma profunda de siempre. Helena corrió entre las sillas con una flor silvestre en la mano.

Y Alejandro, el hombre que un día creyó que la vida se medía en cifras, finalmente entendió que la verdadera riqueza se encuentra en los momentos simples, en una familia unida y en el hogar donde se siente amor y pertenencia.

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