“Señor… ¿busca una criada? Puedo limpiar, lavar ropa, cocinar… lo que sea. Por favor… mi hermanita no ha comido desde ayer.”
El personal de seguridad ya estaba tomando posiciones, entrenado para acallar escenas como esta antes de que se intensificaran. Víctor había recibido innumerables súplicas a lo largo de las décadas: historias cuidadosamente ensayadas, manos desesperadas, promesas hechas por necesidad. Había aprendido, desde pequeño y bien, a seguir caminando. En su mundo, detenerse significaba vulnerabilidad.
Normalmente, no se habría dado la vuelta.
Pero esta voz era diferente.
No era exigente. No era dramática. Sonaba frágil, como si pudiera derrumbarse si la ignoraban.
Se detuvo y miró hacia la puerta.
Una jovencita estaba allí, apenas una adolescente, con una figura alarmantemente delgada bajo una chaqueta demasiado grande que le cubría los hombros. Sus zapatos estaban manchados de tierra, su cabello recogido a toda prisa, mechones sueltos enmarcando un rostro marcado por un agotamiento que superaba con creces su edad.
Un bebé estaba atado a su espalda. No llevaba nada nuevo ni abrigado, solo una manta vieja y desgastada, cuidadosamente atada. La bebé parecía tranquila, demasiado tranquila. Víctor notó la leve elevación de su pequeño pecho, la inquietante quietud.
Una leve irritación lo recorrió. Esta era precisamente la clase de situación que sus medidas de seguridad debían prevenir.
Entonces, su mirada se desvió.
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