Un niño de la calle salvó a un millonario enterrado bajo tierra ¡y lo que dijo lo hizo llorar!
Pedro se arrodilló, pegó la oreja al barro. Nada, hasta que el toc toc volvió como un grito ahogado pidiendo ayuda. Sin pensarlo, agarró un palo grueso caído junto a un tronco y empezó a cabar. El lodo ofrecía resistencia, pesado y denso, pero Pedro cababa con hambre, con miedo, con rabia. El palo se partió, lo arrojó lejos y siguió con las manos, las uñas llenas de barro, los dedos congelados y entonces tocó algo duro, metal, una lata vieja de pintura afilada en los bordes que usó para seguir escarvando. La tierra húmeda cedía centímetro a centímetro hasta que
golpeó madera. El sonido hueco lo dejó sin aliento. Con dedos temblorosos limpió lo que parecía una superficie de madera, tal vez una tapa. Su corazón latía tan fuerte que casi le dolía. Se inclinó y susurró sin saber si deseaba respuesta. ¿Estás ahí? Toc toc. Con cuidado forzó la tapa. Estaba floja. Crujió al moverse. El olor fue lo primero que salió.
Mo, sudor, miedo y entonces lo vio un hombre cubierto de tierra, los ojos abiertos, el pecho subiendo y bajando con esfuerzo. Pedro dio un paso atrás, no corrió, solo se apartó, pero volvió de inmediato y tiró de la tapa con más fuerza. El hombre parpadeó, los labios secos y agrietados. “Ayúdame, Pedro”, dijo con voz rota.
Pedro no preguntó cómo sabía su nombre, simplemente lo agarró de los brazos blandos como masa y tiró jadeando hasta sacarlo del agujero. Lo apoyó contra un árbol con la respiración entrecortada como si hubiera corrido una maratón. Pedro sacó de su mochila una botella cortada por la mitad. Había recogido un poco de agua de una canaleta rota el día anterior. Toma, despacio. Vale.
El hombre bebió, tosió, se atragantó, bebió más. Su mano temblaba como hoja seca. Pedro lo observaba entre el asombro y el miedo. No parecía un vagabundo. Su piel era pálida, pero cubierta de tierra. Llevaba una camisa desgarrada, pantalones elegantes, buenos zapatos. ¿Qué hacía alguien así enterrado en medio del bosque? ¿Te enterraron vivo? Preguntó Pedro apenas en un murmullo.
El hombre intentó hablar, pero solo negó con la cabeza. Los ojos llenos de lágrimas. Pedro miró a su alrededor. Todo parecía igual, pero no. Nada era igual después de encontrar un hombre bajo tierra. ¿Quién eres? ¿Cómo llegaste ahí? ¿Quién te hizo esto? El hombre lo miró como si acabara de ver un milagro. Pedro sintió algo arder en la garganta.
Se dio la vuelta para que no le viera llorar. No llores dijo el hombre. No lloro respondió Pedro limpiándose la cara con el dorso sucio. Solo hice lo que debía hacer. El silencio volvió. Solo se oían las gotas sobre la hierba y la respiración irregular del hombre. ¿Cómo te llamas, Marcelo? Dijo al fin. Su voz era apenas un soplido. Pedro asintió, bajó la mirada al suelo.
Luego, con una voz tan simple como poderosa, dijo algo que Marcelo jamás olvidaría. A mí nadie me ha sacado de ningún sitio, pero yo sí puedo sacarte a ti, señor. Si quieres, claro. Marcelo se derrumbó. Lloró como un niño y en ese instante, aunque ninguno de los dos lo supiera aún, dos mundos rotos se encontraron.
Uno salido del barro, otro del lujo, y juntos empezarían a excavar algo más profundo que tierra. empezarían a desenterrar verdades. Marcelo intentaba mantener los ojos abiertos, pero la claridad blanquecina del cielo nublado le hacía girar el mundo como un tío vivo lento. El frío del bosque, húmedo y silencioso, le calaba hasta los huesos y cada respiración le pinchaba las costillas como cuchillas invisibles.
Estaba sentado con la espalda apoyada en un árbol enorme y frente a él, ese niño flaco con los ojos oscuros y la cara tiznada por la calle ofrecía algo que parecía imposible. Una galleta envuelta, un poco húmeda, pero entera. “Tenga, señor, no es gran cosa, pero engaña al estómago”, dijo Pedro sujetando su bolsa deilachada con una mano y la galleta con la otra.
Marcelo la aceptó con manos que temblaban más por la debilidad que por el frío. Quiso decir que no, que no podía, pero el hambre pesaba más que la vergüenza. El primer bocado le supo a cartón mojado, pero tragó igual, sin apartar la vista del chico, que calzaba una chancleta vieja en un pie y nada en el otro. “¿Cómo me encontraste?”, preguntó Marcelo. Pedro se encogió de hombros como si nada. Buscaba latas.
Escuché un ruido raro y escarvé con una lata vieja. Pensé que era un perro o algo así. Marcelo tragó con esfuerzo. Recordar la oscuridad, el encierro, ese olor a encierro y desesperación, la madera encima, sus propios puños sangrando de tanto golpear. Sí, estaba en un ataúd. Pedro asintió como si no fuera la cosa más extraña del mundo. No estabas muy profundo. Menos mal. Marcelo cerró los ojos.
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