Un niño de la calle salvó a un millonario enterrado bajo tierra ¡y lo que dijo lo hizo llorar!

Prefería estar con los niños, con aquellos que adoptaban nuevos nombres y con quienes aún soñaban sin miedo. “La fama es solo un eco”, decía él, mientras el verdadero grito de verdad resonaba en las habitaciones de la casa. En un pequeño pueblo del interior de Paraná, niños de un albergue iniciaron un proyecto inspirado en Pedro.

Pintaron en rojo la fachada con la frase, “Aquí también vive la esperanza”. Marcelo recibió la foto, la miró, leyó y se quedó en silencio. Desde el balcón de la sede renovada veía a Pedro en el patio riendo y jugando al fútbol con otros niños. recordó la primera vez que vio al niño cubierto de tierra con ese seño fruncido de quien ya sabía demasiado.

Ahora ese mismo niño hacía que el mundo mirara hacia donde nunca quiso mirar. ¿En qué piensas? Preguntó Pedro una tarde sentado junto a Marcelo. ¿Cómo te convertiste en todo esto? Marcelo se encogió de hombros. Solo empecé a acabar, ¿recuerdas? Marcelo sonrió y terminó por encender un fuego que no se apagaría, plasmado en un mural llamado Herederos de la llama.

Allí pegaron dibujos, frases, historias y fotos de niños de todo el país que como Pedro encontraron un nombre o lo crearon. Fue el legado de un niño que un día dijo, “Nadie me ha sacado nunca de ningún lugar, pero que ahora había sacado aentos de la oscuridad, no con fuerza, sino con fuego. La maleza había crecido, pero el sendero seguía allí.

El viento soplaba suave entre los árboles altos y la luz del atardecer dibujaba largas sombras en el suelo de tierra. Pedro, ahora con 17 años, caminaba en silencio por aquel claro donde años atrás encontró un ataúdio enterrado y dentro una vida que nadie quería ver.

Llevaba en su mochila una botella de plástico aplastada, la misma que usó para darle agua a un hombre cubierto de miedo y tierra. No la había tirado. Era un símbolo, un recuerdo vivo. Frente a él, una placa de madera clavada en la tierra. Allí había nacido la esperanza. Pedro se detuvo, miró la placa y el cielo le pareció otro mundo. La brisa mecía suavemente las hojas y el lugar parecía un secreto sagrado.

 

 

 

 

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