Un niño de la calle salvó a un millonario enterrado bajo tierra ¡y lo que dijo lo hizo llorar!
Se agachó, tocó la tierra que había acabado con miedo y prisa, con un corazón que solo quería evitar otra muerte sin nombre. Detrás de él, una voz infantil rompió el silencio. Aquí empezó todo, ¿verdad? Pedro se giró lentamente y vio a un niño de unos 8 años con la camiseta grande y mirada atenta, visitante de la casa de la esperanza. “Sí”, dijo Pedro.
“Fue aquí, en este pedazo de tierra, en ese agujero, el niño del ataúd.” El niño miró a su alrededor y tú cavaste. Pedro sacó la botella y se la mostró. Con esto y con mis manos. pensó por un momento y luego respondió, “Porque nadie me había sacado de ningún lugar.
Pero ese día descubrí que podía sacar a alguien y si podía salvar a alguien, quizás yo también merecía ser salvado.” El niño guardó silencio y preguntó con esperanza, “¿Puedo salvar a alguien?” Pedro se arrodilló y le entregó la botella con ambas manos. Puedes y lo harás. Quizás hoy, quizás en años, pero quien tiene el valor de mirar al otro ya lleva un rayo de luz consigo.
El niño tomó la botella con cuidado, como si fuera un tesoro, una antorcha. Pedro señaló el cartel, aquí nació la esperanza. Pero lo que nadie escribe es que también camina con nosotros, nos acompaña, vive cuando la cuidamos. A lo lejos, el grupo llamó para volver. Pedro se levantó. y miró una última vez el claro, no como quien se despide, sino como quien agradece.
De espaldas a la tierra que lo transformó, siguió caminando junto a la nueva generación con pasos firmes, memoria viva y el corazón de quien nunca olvida. Porque la esperanza no nace solo una vez, renace cada vez que alguien decide no callar.
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