Un padre entregó a su hija de 19 años para saldar una deuda al hacendado más frío del pueblo… pero el tiempo, en silencio, escribió de nuevo el destino de ellos de la mejor maneraUn padre entregó a su hija de 19 años para saldar una deuda al hacendado más frío del pueblo… pero el tiempo, en silencio, escribió de nuevo el destino de ellos de la mejor manera

A finales del siglo XIX, en el campo mexicano donde los magueyes se alzan como lanzas silenciosas y la tierra seca cruje bajo los pasos, el viento soplaba lento y el silencio pesaba como una promesa que nadie se atrevía a romper. Allí creció Juana, una muchacha de diecinueve años, en una casa humilde de adobe que siempre olía a lavanda seca y a cera de abeja. Su padre, don Bernardo, había sido en otros tiempos un comerciante respetado de telas y mantas, un hombre al que todos saludaban con aprecio, pero el vicio del juego le fue arrancando la fortuna poco a poco, como si alguien deshilara su vida hilo por hilo, hasta dejarlo con las manos vacías y el alma endeudada. La madre de Juana murió de fiebres altas cuando la joven tenía apenas dieciséis años, y desde entonces ella quedó sola frente a la sombra cada vez más oscura de la adicción de su padre. En sólo dos años todo desapareció: las alhajas heredadas, la poca plata guardada, la tienda que alguna vez dio orgullo a la familia. Juana cosía hasta que los dedos le ardían y daba clases de música a quien pudiera pagarle unas cuantas monedas, pero nunca era suficiente. Una tarde fría de diciembre, cuando el sol caía temprano y alargaba las sombras, alguien golpeó la puerta: era don Pedro, dueño de la hacienda Santa Rita, el hombre más rico de la región y también el más temido.

Don Pedro era alto, de hombros anchos, barba espesa y ojos negros tan profundos que parecían no parpadear. Vestía siempre de negro desde el día en que su esposa Beatriz y el hijo que esperaba murieron durante un parto difícil. En el pueblo lo llamaban “el hombre de piedra”, porque nadie recordaba haberlo visto sonreír. Venía a cobrar una deuda, una deuda tan grande que don Bernardo estaba a punto de perder la casa y todo lo poco que le quedaba. Sentado en la sala, con la voz fría como una hoja afilada, don Pedro dijo que había una sola manera de borrar aquella deuda: necesitaba una esposa, no por amor ni por compañía, sino una mujer que se encargara de la casa y devolviera el orden a su hacienda, sumida en el abandono. A cambio, él pagaría todas las cuentas, devolvería la casa y le daría a Bernardo dinero para empezar de nuevo. La condición no dejaba lugar a dudas: Juana debía ser su mujer. Don Bernardo bajó la cabeza, temblando, y murmuró apenas: “Trato hecho”. Juana escuchó detrás de la puerta; no gritó, no huyó, no reclamó. Sólo lloró en silencio, con el corazón hecho pedazos. Una semana después, la boda se celebró sin ruido en una iglesia casi vacía: sin flores, sin fiesta, sin risas. Don Pedro se la llevó a Santa Rita en un carruaje negro. En el camino le habló sin rodeos: nada de llantos ni sentimentalismos, aquello era un contrato; él se haría cargo de lo material y ella de la casa; no compartirían habitación ni afectos. Juana asintió, sintiendo una extraña mezcla de alivio y dolor que le apretaba el pecho.

 

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