Un padre entregó a su hija de 19 años para saldar una deuda al hacendado más frío del pueblo… pero el tiempo, en silencio, escribió de nuevo el destino de ellos de la mejor maneraUn padre entregó a su hija de 19 años para saldar una deuda al hacendado más frío del pueblo… pero el tiempo, en silencio, escribió de nuevo el destino de ellos de la mejor manera
La hacienda era enorme, pero fría como un mausoleo. Los jardines estaban llenos de maleza y el polvo cubría los muebles. Juana se levantaba antes del amanecer para limpiar, coser cortinas, sacudir rincones olvidados y devolver brillo a la vieja plata. Rosa, la cocinera anciana, al principio la miró con lástima y después con respeto. Le contó que la casa había muerto el día en que Beatriz falleció, que don Pedro la amó con una pasión silenciosa y que, cuando ella murió en el parto, él se culpó por no haber llamado a un médico mejor; desde entonces cerró la habitación de su esposa y prohibió la música y las flores. Juana entendió por qué él evitaba mirarla: ella era un recordatorio vivo de todo lo que había perdido. Comían en extremos opuestos de una mesa larguísima y apenas intercambiaban palabras simples: “La comida está bien”. “Gracias”. Llegó el verano con un calor que quemaba la piel y una tarde, con el viento seco soplando con furia, el granero se incendió. El humo negro cubrió el cielo como un presagio. Don Pedro gritó órdenes y organizó el rescate. Juana se arremangó, tomó cubetas y se metió a la cadena junto a los hombres. Sus manos se llenaron de ampollas, el vestido se chamuscó, pero no se detuvo. Cuando el fuego por fin cedió, se sentaron exhaustos sobre la tierra. Don Pedro la miró de verdad por primera vez y le dijo que no tenía que haber hecho eso. Juana respondió con voz firme que esa también era su casa. Él soltó una risa seca, la primera en muchos años, y en la cocina le vendó las heridas con sus propias manos. El silencio entre ellos cambió: dejó de ser frío y se volvió tibio, como el de dos personas que han luchado juntas.
Pero justo cuando el corazón empezaba a encontrar un poco de calma, el destino volvió a golpear con más crueldad que nunca… y esta vez, ni el dinero ni la fuerza parecían suficientes para salvar la hacienda.
En otoño llegó la desgracia mayor, de esas que no avisan y lo ponen todo de cabeza. Una plaga diminuta, casi invisible, comenzó a atacar los viñedos de Santa Rita. Al principio fueron unas cuantas hojas amarillas, luego los tallos se debilitaron y, cuando quisieron darse cuenta, las raíces empezaron a pudrirse como si la tierra misma se estuviera enfermando. El olor a humedad y muerte se extendía por los surcos. Don Pedro caminaba entre las cepas en silencio, con el rostro endurecido por el miedo que no se atrevía a nombrar. Una mañana, al encontrar una planta completamente seca, cayó de rodillas sobre la tierra y, con la voz rota, susurró que todo había terminado, que el incendio ya había consumido las reservas y que, si perdían las viñas, perderían la hacienda, el trabajo de generaciones y hasta la razón para seguir luchando.
Juana lo observó desde lejos. No dijo nada al principio. Lo tomó del brazo y lo llevó a la biblioteca, ese lugar que había vuelto a llenarse de vida desde que ella llegó. Sacó un viejo libro de agricultura que había pertenecido a su abuelo, con las páginas amarillentas y anotaciones hechas a mano. Leyó en voz alta una receta casi olvidada: mezclar cal viva con la ceniza del incendio y agua, hasta formar una pasta espesa, y untarla en las raíces para matar la plaga y frenar su avance. Don Pedro negó con la cabeza. Dijo que los expertos recomendaban quemarlo todo para evitar que el mal se extendiera. Juana, con los ojos firmes y la voz serena, respondió que quemar significaba aceptar la muerte definitiva de Santa Rita, y que ya no tenían nada que perder, salvo la esperanza.
Reunieron a los peones y, durante tres días interminables, trabajaron bajo un sol implacable. Mezclaban la pasta ardiente con palas pesadas, el vapor les quemaba la piel y el cansancio se metía en los huesos. Juana supervisaba cada detalle, repitiendo que la mezcla debía quedar espesa como crema. Sus manos se llenaron de ampollas y su espalda ardía de dolor, pero no se detuvo ni un instante. Don Pedro trabajó a su lado, sin privilegios, cubierto de polvo y sudor. Mientras la veía resistir sin quejarse, su mirada hacia ella cambió para siempre: ya no era la mujer que había llegado por un trato frío, sino el pilar que sostenía la hacienda y su propia vida.
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