Un padre entregó a su hija de 19 años para saldar una deuda al hacendado más frío del pueblo… pero el tiempo, en silencio, escribió de nuevo el destino de ellos de la mejor maneraUn padre entregó a su hija de 19 años para saldar una deuda al hacendado más frío del pueblo… pero el tiempo, en silencio, escribió de nuevo el destino de ellos de la mejor manera
Pasaron dos semanas de espera angustiosa. Cada amanecer traía miedo y cada atardecer, dudas. Hasta que una mañana el capataz llegó corriendo, con la voz quebrada por la emoción, anunciando que las raíces estaban limpias y que las hojas comenzaban a reverdecer. El milagro había ocurrido. La plaga se había detenido. Don Pedro cayó de rodillas, llorando como no lo hacía desde la muerte de su primera esposa, y delante de todos abrazó a Juana con fuerza, agradeciéndole por haber salvado Santa Rita y por no haberlo dejado rendirse. Esa noche se abrieron botellas guardadas desde hacía años, la música volvió a sonar en la hacienda y las risas llenaron el aire, rompiendo un silencio que había durado demasiado.
Tiempo después, don Pedro le regaló a Juana una tela de seda azul profundo y, con el corazón en la mano, se arrodilló frente a ella. Le pidió perdón por haberla comprado como si fuera mercancía, por haberla hecho pagar las culpas de otros, y le pidió casarse de nuevo, esta vez sin deudas ni contratos, sólo por amor y gratitud. Juana aceptó con lágrimas en los ojos. Renovaron sus votos con flores frescas y música viva, y todo el pueblo fue testigo de aquel nuevo comienzo. Tuvieron una hija y, con las viñas salvadas, produjeron un vino al que llamaron “Ceniza”, en honor a la desgracia que los había unido y a la vida que había renacido de ella.
Años después, un antiguo amor regresó con documentos falsos para reclamar la hacienda. Creyó que Juana seguiría siendo la muchacha débil del pasado, pero se encontró con una mujer firme y sabia. Ella demostró la verdad, la justicia triunfó y Santa Rita quedó a salvo para siempre. Ya ancianos, con el cabello blanco y las manos marcadas por el trabajo, Juana y don Pedro se sentaban juntos al atardecer, tomados de la mano, mirando los viñedos verdes mecerse con el viento. Comprendieron que el amor no nace de un arrebato ni de promesas vacías, sino del trabajo compartido, de las pruebas superadas y de la decisión de quedarse cuando todo parece perdido. Lo que comenzó como el contrato más frío terminó siendo el amor más duradero, uno que creció lento, profundo y verdadero, como las raíces que salvan una tierra.
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